El joven del río

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                                                                              Imagen: Kyle Thompson.



Aquel joven sufría de debate interior, eso era más que evidente, si te tomabas los dos segundos que se tarda en mirar a otro y entender lo que le pasa. Dudé si acercarme, al fin y al cabo, es bien sabido que cuando alguien busca el olvido, es mejor concedérselo. Pero soy de naturaleza auxiliadora. Me gusta ayudar, al menos a la gente desconocida. A los que conozco bien, suelo dejarles a sus cosas. La gente tiende a cruzar líneas que no se deben cruzar. Te hacen pagar deudas que no te corresponden. Pero volvamos al caso que nos ocupa. Aquel joven estaba a punto de cometer una estupidez o ya la había cometido. Estaba quieto, cabizbajo, con una mano se sujetaba la cabeza, pero no la sostenía, trataba de comunicarse con su conciencia. Había perdido los zapatos, seguramente se los había llevado la corriente del riachuelo donde descansaba al lado de una pila de maletas viejas. Espeluznante es un adjetivo que le concede a la escena un tinte de dramatismo, que la escena en sí no poseía. No, espeluznante, no. Era inquietante, dejaba una buena ristra de interrogantes flotando en el aire. No pude resistirme. Llamé a Botón, mi fiel compañero, que en ese momento buscaba alguna madriguera y me acerqué al joven.
    —Buenas tardes, chico, parece que va a llover...
    Preguntar por su ausencia de calzado hubiese sido descortés. Peor, preguntar por el contenido de las maletas. Hablar del tiempo. Siempre es cordial hablar del tiempo.
    El joven levantó la mirada, me vio por primera vez y se asustó. Tanto que salió corriendo. Botón ladraba. No suelo entender sus ladridos, pero el tono era enfurecido. Será ingrato, seguro que ladraba Botón.

    Debí marcharme, pero no hubiera podido dormir pensando qué contenían las viejas maletas. La primera estaba vacía, salvo por una foto del joven con una mujer. Ambos sonreían. En la segunda reposaban unos zapatos de caballero. En la tercera... un vestido de mujer. La cuarta hizo que cayera sobre mi trasero del espanto. En ella había dos manos, entrelazadas, sesgadas a la altura de las muñecas...

    Corrí. Corría tan rápido que en vez de llevar a Botón a mi lado, corriendo con la correa, el pobre iba volando por el aire, incapaz de posar las patas en el suelo. Fui derecho al cuartel. Al principio el guardia que escuchaba mi relato atropellado me miraba con lástima, como normalmente se mira a las personas ancianas. El “batallitas” debía pensar el hombre al oírme relatar el esperpento de escena que acababa de vivir. No encontraron rastro de las maletas, ni del joven.

    Desde ese día han sucedido dos cosas: no he vuelto a salir a pasear por el río y los vecinos me rehuyen, dando por hecho que la edad me está friendo el cerebro. Menos mal que tú estás conmigo, Botón. Menos mal, que hablamos y tú sabes perfectamente que es verdad lo que digo.

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