El nombre del perro

By 9:31 ,



¿Recuerdas el canto de los grillos? Inundaban el aire con su chillido. Tú les llamabas bichos repugnantes y yo te decía que les llamarás grillos porque bichos repugnantes sonaba muy despectivo. Me gustaba pintar las flores para darles más brillo. Sonreír a los extraños. Decorar los desatinos. “La vida no es tan bonita como la pintas”, me decías. Y yo sentía lástima por ti. De verás pensaba que el mundo era un lugar amable. Qué ilusa. Ya te encargaste de demostrar que en un segundo todo se puede volver oscuro. Y descrees. Y desdices. Si te daña quien te quiso, ¿dónde queda la esperanza?

El pasado no se queda en su lugar. Vuelve para recordarte que hay sucesos sin el cierre correcto.

Un día caminas por un parque de una ciudad separada por miles de kilómetros de todo lo conocido. Has construido una casa de cristal. Resistente y honesta. Sin zonas sombrías. Sonríes por dentro, has conseguido escapar. Recoges los frutos caídos de las ramas. El aire huele a almendros y a libertad. Se oyen risas que proclaman juegos. “Papá, te toca”, escuchas a lo lejos. Los pasos que das son certeros, tranquilos, serenos. Llegas a la zona infantil, dos niños idénticos juegan con una pelota. “Pásamela” grita una voz adulta. Sigues el recorrido de las ondas sonoras en sentido contrario para descubrir al emisor y en tu cabeza suena un trueno. La tormenta se ciñe en torno a ti. Rayos, centellas, lluvia torrencial. Quieres salir corriendo. Desaparecer. Porque el pasado debe quedar enterrado en el pozo del olvido.

No. El pasado siempre vuelve. Giras despacio, con sigilo, esquivando hojas, piedras o cualquier objeto que pueda llamar la atención ajena. Caminas despacio. Tiras de la correa de tu perro, del que te habías olvidado por completo. Una voz femenina a tus espaldas.
—Mira, cariño. Un bobtail.
Maldices. Dos voces infantiles se acercan.
—¡Qué bonito perro!
Maldices de nuevo. Tu perro ajeno a la tragedia se deja acariciar. Vive con emoción su momento. Dos niños y una mujer se desviven en caricias con él. Su dueña, o sea yo, permanece quieta, de espaldas, tiesa como un perchero. Es una situación ridícula.
Una voz masculina irrumpe como huracán. Es diferente. Más grave. En tu cabeza la recuerdas más dulce. Rememoras su forma de gemir, aprietas los dientes. “No llores”, te dices.
—Es precioso. Perdona, ¿cómo se llama?
Susurras:
—Se llama: Pelos.
Cierras los ojos.
—¡Papá! ¡Se llama como el nuestro!
Cierras los puños. Recuerdas la conversación: “Tendremos un bobtail y le llamaremos Pelos”.
Entre los adultos reina el silencio absoluto hasta que ella dice:
—Es tarde, debemos regresar al hotel.
Él sigue mudo. Sientes sus ojos clavados como puñales en tu espalda.

El pie derecho coge la iniciativa y comienza a caminar. Te vas alejando sin darte la vuelta. No quieres mirar. Resistes a un pasado que juraste olvidar, o al menos lo intentaste. Y maldices de nuevo por continuar con los planes que trazasteis. Por el nombre del perro, por la ciudad dónde hubierais vivido si él no hubiera decidido priorizar otros caminos. Piensas que has salido airosa, pero una mano te obliga a detenerte.
—No estarás pensando en largarte sin saludar...
Y maldices de nuevo.

No dejes de leer

0 comentarios