El taxista

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                                                                                   Imagen: Ryan Weidman.


La noche de los viernes era especialmente complicada. Una lista variopinta de especímenes nocturnos, paraban el taxi. Algunos a la salida de Club, otros buscaban transporte para llegar a un espectáculo concreto. Una cita romántica para cenar, un grupo de amigos celebrando una despedida de soltero, un cumpleaños o un ascenso.
Pero aquella noche subió ella... Ella, sí. Recuerdo cada palabra, cada mirada a través del espejo. Cada gesto.

    —Buenas noches.
    —Buenas noches.
    Una ola de melancolía inundó el asiento trasero. Ella bajó la cabeza y se quedó en silencio. Un momento tenso que tuve que interrumpir. El tiempo era dinero y la noche del viernes me salvaba el resto de días de la semana.
    —¿Dónde quiere ir?
    Ella levantó la mirada y me miró fijamente a los ojos. Puso cara de pánico.
    —No lo sé.
    Me dejó perturbado. ¿Me estaba tomando el pelo? La noche era fría y húmeda. Noviembre en Nueva York podía ser un acompañante despiadado e inhóspito. El taxi era un lugar cálido. Los seguros de las puertas echados, las ventanas cerradas. Un micro universo en una ciudad hostil. ¿Acaso buscaba refugio?
    —Disculpe, esto es un taxi. Debo llevarla a algún destino.
    Y rompió a llorar. Sin excesos, ni gritos. Las lágrimas brotaban sin control por las mejillas, como un torrente. Como una fuga en una presa que ha estado conteniendo un caudal a punto de desbordar. Las manos trataban de contenerlas. Estaba rota, desesperada. Abatida en el asiento trasero de mi taxi. ¿Qué podía hacer? Cualquiera que me conociera sabía que el consuelo ajeno no era una de mis virtudes. El mundo de las emociones me era desconocido y las sensiblerías me provocaban dolor de estómago. Me quedé en silencio, dejando que llorara. Concediéndole un rato para sacar toda esa tristeza que destilaba con cada lágrima.

    Después de un rato consiguió serenarse.
    —Lo siento.
    —No se preocupe.
    —¿Conoce algún hotel económico para pasar la noche?
    —Por supuesto que sí. Conozco uno perfecto donde la tratarán de maravilla. Es de mi primo, ¿sabe? Sin grandes lujos, pero limpio. En esta ciudad eso es un oasis en el desierto.
    —Perfecto. Lléveme por favor.

    Puse el coche en marcha, ella hundió la espalda en el respaldo del asiento. Contemplaba la ciudad maravillada.
    —¿Es su primera vez? —Me atreví a preguntar.
    —¿Disculpe?
    —Me refería a la primera vez que viene a Nueva York. Se nota, ¿sabe? Los ojos brillan sobrecogidos. Esta ciudad es mágica, aunque no fiel. Puede ser peligrosa, no hay que confiarse.
    —Es la primera vez, sí.
    —¿Trabajo o placer? —pregunté para distraerla.
    —Promesas de vida. —Por mi cara, comprendió que no entendía a qué se refería, porque añadió—. He venido para quedarme, para vivir aquí. Pero resulta que se trataba de una cortina de humo. Un engaño, una estafa.
    Los ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
    —¿Quiere hablar de ello? —Tan solo podía ofrecerle eso. Escucharla, a algunas personas les sentaba bien.
    —Soy de un pequeño pueblo de Arkansas, jamás había salido de allí. El dinero siempre ha escaseado y tuve que ocuparme del cuidado de mis hermanos. He estado trabajando durante nueve años en una cafetería, aguantando muchas cosas, con un único objetivo: ahorrar todo lo posible y huir de allí. Lo había conseguido. Paul vendría primero, alquilaría un apartamento, compraría los muebles. Llevábamos juntos tres años planeándolo. Mis hermanos ya son mayores, tienen sus vidas. Era perfecto. Un sueño cumplido. Viviríamos en Nueva York, la ciudad de las oportunidades, donde cualquiera puede ser lo que quiera. Yo abriría un pequeño café con comida sureña. Algo casero y coqueto y Paul buscaría trabajo de lo que fuera.
    De nuevo las lágrimas le impidieron seguir. Yo intuía por dónde iba a continuar el relato. El bueno de Paul había estado cocinando un plan a fuego lento y ahora estaría en México con todos los ahorros de la señorita.
    —Llegué a la dirección que me había dado y era un local mugriento donde se supone que venden pizzas grasientas. Ni rastro de Paul, ni del precioso apartamento. Y ahora no sé qué hacer. No puedo volver, prefiero tirarme desde el Empire State qué volver a Arkansas.
    —No diga eso por favor... La vida le ha dado un revés, pero no puede dejar que la tumbe. Ahora lo ve todo negro, pero verá, mañana cuando despierte, se va a dar un paseo por Central Park. Nueva York le tenderá la mano. Hay miles de trabajos que puede hacer para empezar y mi primo le puede hacer un precio razonable por todo el mes, ya se lo pagará cuando encuentre trabajo. Yo hablaré con él, no desespere. Por cada malnacido que se encuentre, aparecerán diez buenas personas. No deje que lo que le ha pasado la cambie. Usted no ha hecho nada malo.
    Y por primera vez sonrió y fue la sonrisa más bonita que había visto nunca.

    Doy gracias a la vida porque mis hijas hayan heredado su preciosa sonrisa y no la mueca absurda que le sale a su padre cuando sonrío de absoluta felicidad.

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