Paula (tercera parte)

By 0:59 ,



Al llegar a la puerta de la peluquería, la dueña al verla le dijo:
    —¿Un mal día, chica?
    —Uno como los demás, así los tengo últimamente.
    —Bueno, todo es cuestión de actitud, mañana será un nuevo día, no pierdas la esperanza. —Le ofreció un cigarro y le dijo que se llamaba Rosita. También le dijo que se alegraba de tenerla de vecina, que el anterior inquilino era un sieso. Que los sábados por la noche quedaba con un grupo de amigas y se iban a bailar plena y que este sábado estaba invitada y no aceptaría un no.
Paula se terminó el cigarro y se despidió. Se sintió agradecida de tener un plan para salir, aunque lo de bailar plena le había dejado un poco intrigada. No había comprado comida, pero tampoco tenía hambre, se fue a dormir con una sensación extraña. Mezcla de tristeza y expectación. ¿Qué tenía guardado para ella el destino? ¿Llegaría a sentirse como en casa en aquella tierra lejana? En eso ocupaba su mente, intentando encontrar una postura en aquel martirio de colchón, maldiciendo por no haber priorizado su comodidad a su romanticismo absurdo. «Pero es que era tan guapo» y soñó que entraba en la librería, él la miraba y se enamoraba perdidamente de ella. Dejaba a la gente tirada en medio de la firma de libros y se la llevaba de la mano, mientras le decía lo hermosa y maravillosa que era. En medio de la noche se despertó sobresaltada. «¡Por dios! ¡Tengo cuarenta y cinco años! Ya basta de príncipes azules». Salió a la terraza y contempló El Viejo San Juan de noche. Todavía no era consciente de ello, pero la ciudad acababa de enamorarla para siempre. Le llegó el aroma salado del mar envuelto en una suave brisa que movió su pelo y se sintió en calma. «Se acabó la novela rosa».

    Estuvo un buen rato contemplando las estrellas y la ciudad, cuando el sueño se apoderó de ella se volvió a la cama. Se despertó con el sonido del timbre. El sol entraba por las rendijas de las contraventanas. Escuchó desde la calle: ¡Señora! ¡Sus muebles! «¡Por fin!». Una vez colocado todo; las cortinas, algunos cuadros y un par de macetas. La casa parecía un hogar y no un nido de ratas. Decidió acercarse a la redacción y conocer su nuevo lugar de trabajo. Estaba nerviosa.

    Caminaba por las calles de El Viejo San Juan, el barrio empezaba a despertarse. Las puertas de las tiendas comenzaban a abrirse y por cada esquina se encontraba gente que le dedicaba una sonrisa. El sol iluminaba las casas de colores y se creaba un espectáculo mágico. Llevaba muy poco tiempo allí pero ya se sentía a gusto. Comenzaba a sentirse en casa.

    Paula había estado documentándose. La redacción se encontraba en el distrito financiero del municipio de San Juan. Hato Rey. Hato significa granja de ganado, la granja de ganado del rey. También conocida como «la Milla de oro» emplazamiento de los grandes bancos de Puerto Rico, lugar de referencia de la economía del Caribe y hogar de la clase alta de la ciudad.
En una de sus grandes avenidas, la avenida Roosevelt, podías encontrar las mejores boutiques y restaurantes. En eso divagaba, mientras iba en la guagua, atestada de madrugadores trabajadores. «Tengo que informarme para convalidar la licencia de conducir»

    Con el móvil en la mano en modo de navegador logró llegar a la puerta del edificio. Era un rascacielos enorme. Se puso seria, talante de mujer segura, profesional y entró. Pasado el control de seguridad, subió en el ascensor y entró a la redacción. Una recepcionista muy amable le dijo que esperara. A los pocos minutos salió un hombre. Vestido de traje impecable le dedicó una amplia sonrisa.
    —¡Vaya! No te esperábamos hasta la semana que viene —dijo con un marcado acento de la isla— Me llamo Carlos.
    —Paula, encantada. He querido conocer la oficina antes de ponerme a trabajar.
    —Pasa, te la enseño. Aunque aquí estarás poco. Es en la calle donde suceden las noticias. Te enseñare tu despacho. —Paula le seguía mientras observaba a su alrededor. La gente trabajaba, sonreía, el ambiente contagiaba. No había caras largas o corbatas demasiado apretadas.
    Carlos, continuaba caminando. A todos los efectos sería su jefe en Puerto Rico, aunque ella dependía directamente de la delegación española. Tendría más o menos la misma edad que ella, pero parecía más joven. Era atractivo. O tal vez, su atractivo residía en su simpatía. Observaba las vistas de su despacho cuando sonó un teléfono. Carlos contestó con gesto serio.
    —Ha habido una balacera en Barrio Obrero. He de irme.
    —¿Un tiroteo? Y ¿no mandas a un redactor?
    —Este es el trabajo que me mueve. ¿Te gustaría acompañarme?
    —Me encantaría.

    Por el camino, Carlos le contó que era algo muy habitual en San Juan. Tenían un alto porcentaje de criminalidad. Drogas, bandas. Había ciertos barrios muy conflictivos.
Era la propia policía quien avisaba a los medios. Carlos tenía un contacto que le llamaba si el caso era importante y eso le hacía llegar de los primeros a la escena del crimen, por eso era importante que fuera él y no delegaba el trabajo.

    Al llegar la escena estremeció a Paula. Había siete cuerpos en el suelo. Llegaron al cordón policial y enseñaron el pase de prensa. Uno de los inspectores saludó a Carlos y le contó lo que habían averiguado. Por lo que pudieron saber, era un ajuste de cuentas por un asesinato previo, pero les estaban esperando, así que se convirtió en una masacre. Paula no podía dejar de pensar que eran muy jóvenes. De edades entre dieciséis y veinticinco años. Qué manera más absurda de morir. Se fijó en uno de ellos, tenía los ojos abiertos y una expresión de pánico. Había fallecido muerto de miedo, aquello pudo con ella, tuvo que retirarse fuera de la cinta. Las lágrimas rodaban por su cara.

    —No te preocupes. Lamentablemente uno se acaba acostumbrando —dijo Carlos mientras le ofrecía un cigarro—. Ya tengo lo necesario para escribir el artículo, vamos, te invito a un café. Voy a enseñarte algo más liviano de San Juan.

    Llegaron a El Viejo San Juan. Aparcaron frente un local que se llamaba «El patio de Sam», era una mezcla de restaurante y bar de copas. Tenía un patio interior lleno de mesas, una pareja bailaba salsa al fondo del local. El ambiente era distendido. Carlos pidió dos cafés y se sentaron.
    —Cuéntame de ti.
    —Hay muy poco que contar —afirmó Paula.
    —¿Qué le ha parecido a tú familia que te vinieras para acá?
    —No tengo familia.
    —¡Vaya! Mujer solitaria. ¿No tienes un marido por ahí?
    —Soy una solterona adicta al trabajo. Por no tener no tengo ni gato.
    —Aquí no te faltaran los pretendientes.
    —No es lo que vengo buscando.
    —A nadie le amarga un dulce.
    —Y tú. ¿Tienes mujer e hijos? —preguntó Paula para desviar el tema.
    —Dos hijos adolescentes y una exmujer disgustada. No aguantó mis horarios.

    Sacó una tableta, escribió el artículo, envió dos fotos y siguieron charlando. Era increíble verle trabajar. Esa pasión atrapaba. Después del café, dieron paso a las copas. No podía explicarlo, pero cada vez le veía más y más atractivo.

    —Párate. ¿Alguna vez has bailado salsa con un salsero?
    —No soy mucho de bailar, la verdad.
    —¡Por dios, mujer! ¡Suéltate un poco!
    La cogió de la mano y se la llevó a la zona de baile.
    —Déjate llevar —le susurró en el oído. Paula sintió un escalofrío por el espinazo. Carlos empezó a mover la cadera y a juntar su cuerpo contra el suyo. Hacía tanto que no se rozaba un cuerpo masculino, que tuvo la sensación de tener un orgasmo allí mismo. Sentía calor y ardor en sitios olvidados. Él la cogía de la cintura y la miraba a los ojos y ella sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Así estuvieron un rato. Carlos acompañó a Paula a casa. Iba nerviosa, hacía tanto tiempo que no intimaba con un hombre. Al llegar a la puerta, Carlos le dijo:
    —Lo he pasado genial. Nos vemos el lunes compañera. —Y se largó.
    Y allí se quedó ella, con cara de imbécil. Hubiera jurado que ese baile significaba que algo más iba a pasar. Subió a casa avergonzada, un poco bebida y con un calentón importante.

    Al día siguiente, decidió ir a la playa. Por la noche había quedado con Rosita y sus amigas para ir a bailar plena. Sentada en la arena, contemplando el mar, pensaba que las cosas no estaban sucediendo como ella las había imaginado. Su maldita manía de imaginarse la protagonista de una novela romántica. ¿Tan difícil era? Quería enamorarse, quería sentir la sensación de ser amada. Y lo quería con tantas fuerzas que no llegaba. Carlos le había gustado, así que se propuso conquistarle. Pensó en todos los consejos que le había dado su madre y decidió tirarlos a su «papelera de reciclaje» mental. Intentaría ser ella misma, pero más relajada. Empezaría por ser su amiga. Le había parecido un hombre interesante, digno de al menos tenerle como amigo y mentor. Sólo con ese pensamiento, consiguió relajarse y disfrutar del paraíso que tenía ante sus ojos.

    Por la noche se arregló y bajó a la puerta de la peluquería. Allí estaba Rosita con sus amigas. Vestidas con largas faldas de vivos colores, con volantes y flores en el pelo. Desprendían alegría.
Fueron caminando a un local en el barrio. Paula estaba disfrutando. El local tenía una pista grande de baile y un escenario. Había un grupo de músicos tocando en directo. Las mujeres se fueron a la pista, un grupo de hombres vestidos igual, con sombrero se fue hacia ellas. Hechas las parejas empezó a sonar la música y ellas empezaron a mover sus volantes. A dar giros. El ritmo era rápido, los pies se movían solos. El ambiente contagiaba de júbilo y celebración. Paula bailaba en un rincón, disfrutando del espectáculo, cuando se le acercó un hombre, la cogió de la mano y la llevó a bailar. Sonreía y le mostraba los pasos. Consiguió entregarse al baile por completo y soltarse. Abandonar su pose de mujer estirada y simplemente ser ella. Con sus defectos y virtudes. Empezaba a gustarle su nuevo yo. Terminó la canción y su pareja de baile, insistió en invitarle a un trago. «¿Por qué no? Menos pensar Paulita y más vivir, has tenido que alejarte tropecientos mil kilómetros de tu vida, para darte cuenta que era una basura. Se acabó. ¡Hoy empiezo a vivir!» Y se fue a beber con su nuevo amigo. Bailó, bebió, se rio con las chicas. Cuando llegaba la hora de irse, el compañero de baile se ofreció a acompañarla a casa. Ella no podía dejar de mirar sus brazos tornados del color del chocolate. Su preciosa sonrisa. Y sus fuertes manos.
    —Pero sólo si me dejas invitarte a la última en casa —dijo sonriendo y medio borracha.
    —Yo me dejo a lo que se te antoje, morena.

    Bebió el último trago, se despidió de sus nuevas amigas y caminó hasta la puerta del local, con la cabeza en alto y semblante de triunfo. «Tú te sueltas a lo grande...».



No dejes de leer

0 comentarios