Paula (segunda parte)

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El viaje se le hizo eterno. La facturación del equipaje, la espera, las mil horas de vuelo...
Aterrizó en el aeropuerto Luis Muñoz Marin, con sensación de entumecimiento completo. Desde la punta de los pies hasta las neuronas. Con acento caribeño, la azafata les informaba muy amablemente que habían llegado. Al levantarse poco a poco las articulaciones fueron respondiendo. Les esperaba un autobús para acercarles a la terminal. Cuando salió a la escalera para bajar del avión, la temperatura la abofeteó sin piedad. El calor era húmedo, pegajoso y se metía por los poros.
Se montó en el autobús rodeada de parejas luciendo sonrisas y muestras de cariño. No podía verse, pero sabía que ella lucía su cara de amargura de siempre.

    No sabía si era real o no, pero daba la impresión de que todo el mundo sonreía y cuanto más la sonreían, más amargura sentía. Se sentó en el asiento trasero de un taxi, sólo podía pensar en una ducha larga y relajante. Le dio la dirección al taxista y hundió la espalda en el respaldo. El paisaje estaba lleno de contrastes, casas nuevas y modernas mezcladas con edificios desvencijados. La intriga se apoderaba de ella. ¿Cómo sería la vivienda? Estaba acostumbrada a ciertas comodidades. En eso pensaba cuando el coche paró en un semáforo y pudo observar en la acera una escena que la conmovió. Un hombre hablaba con un grupo de niños, estos le rodeaban y reían. Era alto y moreno. Tenía la sonrisa más bonita que había visto jamás. El coche arrancó y durante un segundo pensó gritar: «¡Pare! ¡Me bajo aquí!», pero nunca había sido una persona impulsiva. La imagen de aquel hombre se grabó en su cabeza. ¿Cómo podría encontrarlo?

    El taxi paró delante de un edificio de dos plantas. La fachada estaba pintada de color azul eléctrico. Por la zona del tejado la pintura empezaba a desconcharse. El taxista le dijo que tenía mucha suerte, que estaban en uno de los barrios más tranquilos y turísticos de Puerto Rico: El Viejo San Juan. Aquello tranquilizó a Paula. Siempre tan pesimista, se había imaginado la típica casa semiderruida, en un barrio peligroso, estilo Detroit. En la parte de abajo del edificio había un local. Una peluquería con un cartel grande que rezaba: Hair studio. La mezcla de español e inglés era algo habitual. Una señora grande con gafas de pasta de color rosa le gritaba a otra mujer:
    —¡Apúrate chica!
    La chiquilla corría de un lado para otro, cepillo de barrer en mano, mientras un grupo de señoras se reían.

    Paula, levantó la vista. La casa tenía un balcón de madera con dos puertas grandes. Era la típica casa que salía en las fotos de Puerto Rico. Subió por una escalera estrecha y abrió la puerta. Segunda vez que se tranquilizó, la llave funcionaba. También había imaginado que en la casa habría unos okupas y que tendría que ir a un hotel. Olía a cerrado. Abrió las contraventanas de madera y una nube de polvo inundó la estancia. La decoración dejaba mucho que desear. Una mesa camilla, dos sillas, un sofá mugriento, un espejo en la pared. En la habitación; una cama y una mesita de noche, poco más. Buscó el cuadro de luz y anotó mentalmente, mañana por la mañana comprar muebles.

    Se sentó en una de las sillas, apoyó la cabeza entre los brazos y pensó: «¿Qué has hecho, loca?» Se sintió más sola que nunca. Además, el jet lag la tenía con mal cuerpo. Se tumbó en la cama. Cada vez que intentaba ponerse en una postura cómoda, la cama chirriaba. Olía a moho. Menuda noche la esperaba.

    Por la mañana despertó con el cuerpo y la cabeza doloridos. Había dormido a ratos, vencida por el cansancio. Necesitaba una cama nueva. Se levantó, se metió en la ducha y aunque salía poca agua, pudo disfrutar de una ducha agradable. Se miró en el espejo del baño y se dio ánimos: «Vamos Paula, ¡arriba! Peor que estabas en España no vas a estar» Salió a la calle con decisión. Entró en la peluquería y le preguntó a la señora donde podía comprar muebles. Muy amablemente le hizo el interrogatorio pertinente y le indicó donde había unos grandes almacenes, herencia norteamericana, donde podía comprar de todo. Le indicó el número de guagua (autobús) que tenía que coger y se despidieron. Había podido constatar en tan poco tiempo, que los portorriqueños eran gente amable y dispuesta a ayudar.

    Comprados los muebles, sencillos, cómodos y sobre todo disponibles en el almacén, le dijeron que se los llevarían por la tarde. Así que aprovechó para conocer el barrio.
El Viejo San Juan era un barrio colonial de estilo español declarado Patrimonio de la Humanidad, los boricuas cuidaban de él con mimo.

    Andando por una de las estrechas calles, de adoquines y edificios de colores encontró un bar con mucho encanto y se sentó en la terraza a tomar un café. Con la mirada perdida observaba a su alrededor hasta que en una de las cristaleras del bar vio varios carteles, uno de ellos llamó su atención. Se acercó para verlo y se le pusieron los pelos de punta. ¡Allí estaba! Su desconocido. Robert Shawn. Escritor y aventurero, se leía en el cartel. Firmaría su nuevo libro en una librería en El Viejo San Juan esa misma tarde. No podía creer en su suerte. ¡Volvería a verlo! Su inglés era bastante lamentable pero suficiente para hacerse entender. Como todo buen español que hubiera estudiado el idioma, mucha gramática y cero conversación. Pero haría lo que fuera por conocerle, llamó a la tienda de muebles y quedó con ellos a la mañana siguiente. Sacrificaría otra noche en aquella cama por conocer a ese hombre. Anotó la dirección de la librería y le preguntó al camarero donde estaba la calle. Le hicieron un pequeño mapa en una servilleta y se fue para allá, tenía la esperanza de verle llegar o encontrárselo por la zona. Sentía una emoción absurda. En su cabeza se iban formando escenas de cómo sería su encuentro romántico. Influenciada por su madre, había consumido demasiada novela rosa y eso le producía, en cuestión de hombres, adornar tanto la realidad que ningún encuentro llegaba a satisfacerla del todo. Ningún hombre cumplía sus expectativas.

    El trabajo en Puerto Rico consistía en cubrir las noticias locales para un periódico de tirada nacional, propiedad de la productora para la que trabajaba en España. A su vez, tendría que hacer de corresponsal si era necesario. Le habían concedido unos días para establecerse antes de ir a la redacción. Así que aprovecharía para hacer turismo e ir a la playa. Siempre había querido vivir cerca del mar, pero jamás imagino que terminaría viviendo en El Caribe.

    Llegó a la librería. Un cartel grande anunciaba el evento. Faltaba una hora, así que se metió en el bar de enfrente para comer algo y esperar. Escogió una mesa en el escaparate para no perderse nada. Observaba cada persona que pasaba por la acera, esperando ver a su futuro marido. Después de media hora, aburrida y harta de esperar, llegó un grupo de personas a la puerta del local. ¡Allí estaba! Su hombre, alto, moreno y guapo, de la mano de una mujer alta, morena y despampanante. «¡No!» «¡¿Por qué?!». La decepción se apoderó de ella. Ese simple gesto descartaba a hermanas, primas o amigas. Debía ser su mujer. No había contado con ese elemento en su romántica historia. Abatida, se levantó y fue hacía la puerta. Se puso las gafas de sol y caminó sin rumbo. ¿Tan difícil era ser la protagonista de una bonita historia de amor? Llamó de nuevo a la tienda para que le trajeran los muebles por la tarde, pero el chico le dijo muy cortésmente que no tenían transportistas libres. «Genial, sin mi hombre y teniendo que dormir otra noche en esa mierda de cama».

(Siguiente parte)

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