Paula (primera parte)

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«Me llamo Paula y soy adicta al amor». Podría haber sido la presentación de Paula en la típica reunión de alcohólicos anónimos. Había pasado su infancia adorando a las princesas de los cuentos. Su madre se había encargado de hacerle creer que llegaría un príncipe azul con un trabajo de directivo en una empresa energética, que tendría tres hijos, viviría en una urbanización exclusiva, y los domingos los pasaría en el club de golf. Vida que había intentado tener su madre, pero que se quedó en marido director de oficina bancaria, piso pagado en Fuenlabrada y una hija única a la que había destinado todos los esfuerzos para que ascendiera de nivel social.
Se habían endeudado para llevarla a los colegios más exclusivos. Su padre engañado, pensando que era por su futuro académico, pero su madre tenía un plan oculto. Quería casarla con un «niño bien».
Pero en la ecuación no contó con que su hija se rebelaría. Aprovechó sus estudios, se licenció suma cum laude en ciencias de la información y encontró un buen trabajo como redactora de informativos en un canal de televisión de difusión nacional. En el terreno emocional, gracias a su madre, había desarrollado una buena cantidad de taras que provocaban que los hombres salieran corriendo en la segunda cita.

    A pesar de que nunca había sido su sueño, tenía la esperanza de que encontraría el amor y viviría la vida que su madre había planeado para ella, lo que le produjo una frustración inmensa, verse con más de cuarenta y cinco años, soltera y emocionalmente inestable.

    Físicamente, no estaba mal. Siempre se había preocupado por la estética, por la dieta, por estar perfecta. Las mujeres de su alrededor la miraban con recelo y con envidia. La veían tan autosuficiente que mantenían la distancia. Los hombres la deseaban nada más verla, pero según iban compartiendo tiempo con ella, huían despavoridos.

    Una mañana, camino de la oficina, nada indicaba que su vida estaba a punto de cambiar. Ningún presagio o señal. Era una mañana común y corriente, conducía por las calles de Madrid. Llegó a la entrada del edificio, enseñó la acreditación a la persona de seguridad y aparcó en el garaje.
A primera hora, antes de la reunión de contenidos, tenía otra reunión con los directivos de la cadena. No le habían dicho para qué, tampoco estaba nerviosa. Seguramente, sería el análisis de audiencias.

    Sentada en la mesa de la sala de reuniones, siendo observada por tres de los jefes, empezó a sentirse incomoda.
    —Hola Paula, iremos directos al grano porque no tenemos mucho tiempo. El corresponsal destinado en Puerto Rico se jubila. Cubría la zona y las islas de alrededor, todo el Caribe en realidad. Hemos pensando en ti para sustituirle, si te apetece. Tienes mucha experiencia, trabajas muy bien sola, eres autosuficiente y además no tienes carga familiar que te retenga aquí.
    Paula se quedó perpleja, era increíble, como en tan pocas palabras, acaba de recordarle lo triste de su existencia. Mujer autosuficiente, que no necesita de nadie, que esta soltera y sola, porque no la aguanta nadie.
    —¿Puedo pensarlo?
    —Claro, tienes hasta el viernes.

    Salió de allí un poco mareada. Tenía la oportunidad de dejar la oficina, la rutina, las mismas caras de todos los días, las miradas de desprecio de muchas compañeras o las miradas de compasión de otras. Lo peor de todo es que no tenía con quien consultarlo. Sus padres habían fallecido y no tenía relación con los pocos familiares que le quedaban. Suponía un cambio de vida radical, podría dejar a un lado todas las noches de sexo a la desesperada buscando algo de calor o buscando pareja, como quien busca un jersey en Zara. Este sí, este no me vale, este color no está mal, pero no me emociona. Empezar desde cero. ¿Por qué no?

    Habló con su abogado y le dejó encargado del alquiler de la casa de sus padres. Su casa no la alquilaría, el dinero no le hacía falta. Le dejó una copia de las llaves por seguridad. Era el abogado familiar y lo más parecido que tenía a un pariente.
Organizó las cuentas bancarias para poder operar con ellas en Puerto Rico. También llamó a la operadora del móvil para tenerlo disponible allí.

    La empresa ponía a su disposición casa y todos los aparatos tecnológicos necesarios para trabajar desde allí. Con el equipaje preparado se fue a dormir. Estaba nerviosa. La aventura hacia lo desconocido le hacía sentir vértigo, pero también emoción.


(Siguiente parte)

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