Paula (cuarta parte)

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«Tengo cuarenta y cinco años y anoche experimenté el mejor sexo de toda mi vida. Mi vena periodística me obliga a plasmar en un papel mis sensaciones más íntimas. Me gustaría dentro de unos años, leer lo escrito y poder revivirlo.

    Llegué a casa acompañada, subimos al apartamento y no tuve tiempo ni de pensar en lo que iba a suceder. Se abalanzó sobre mí, al tiempo que me besaba me quitó toda la ropa. Tan rápido, que no soy capaz de describir cómo. Me sentó en el sofá y fue deslizando la ropa interior, despacio. Sus manos acariciaron mis muslos suavemente, me abrió las piernas y me obligó a sentarme en el borde, de tal forma que mi sexo quedaba completamente desprotegido y a su merced. Se quedó observando, paladeando el momento. Yo estaba cada vez más caliente, deseaba que hiciera algo, que me tocara, que me poseyera, pero allí seguía impertérrito. Sin moverse, sólo observando con una mirada lasciva. De rodillas, puso su mano en la cara interna de uno de mis muslos y lentamente fue subiendo, hasta acariciar mi sexo húmedo y caliente. No podía más. Mi corazón palpitaba a una velocidad de vértigo, gemía y jadeaba y todavía no me había tocado.

    Se acercó y hundió su cara entre mis muslos. Su lengua se adentró en mí, cálida y juguetona. Apreté los puños contra el cojín mientras recorría todos los rincones de mi sexo hambriento y abandonado. Nunca había experimentado un sexo oral tan salvaje y natural. Ahora que lo escribo y lo recuerdo, me hace sentir tan triste y desolada. En cuarenta y cinco años nadie lo había hecho así. Me dejó completamente extasiada, al tercer orgasmo no podía más. Me levantó del sofá y me flaquearon las piernas de puro placer. Me tumbó en la cama y mientras se quitaba la ropa, mis ojos disfrutaban con cada prenda que se iba quitando. Tenía un torso musculado, de color tostado y brillante. Absorta en esos abdominales marcados no me percaté que se había quedado desnudo, hasta que mis ojos se encontraron con su miembro erecto, suspendido en el aire, la imagen era tan excitante. Me obligó a tumbarme boca abajo, y me acarició la espalda provocando un escalofrío. Me levantó las nalgas y me fue penetrando, mientras se iba adentrando y me iba llenando, se me escapó un grito. Era increíble como ese hombre caribeño movía las caderas. Las palabras se agotan, me sudan las manos en el teclado al recordarlo. Estuvimos toda la noche, encima, debajo, en el suelo, en la pared. Estoy escribiendo y tengo agujetas. ¿Cómo he podido perderme algo así durante tantos años? Mi madre y su absurda obsesión por enseñarme que la mujer debe complacer al hombre, olvidándose de su propio placer. ¡Por dios! ¿Por qué le haría caso? Por qué he desperdiciado mis mejores años...

    Si tuviera la ocasión de dar algún consejo, basado en mi experiencia vital, sería para las mujeres socialmente condicionadas y acomplejadas. Disfrutad, disfrutad del sexo, sin tabúes ni tapujos. Nada sienta tan bien, no hay mejor antidepresivo, experimentad y sentiros únicas. Y, sobre todo, no busquéis el amor. Un hombre puede ser absolutamente tierno y dulce, sin amor de por medio».

    Paula apagó el ordenador, salió a la terraza y se encendió un cigarro. No era tarde, estaba a tiempo de sentirse libre. Y aquel era el lugar perfecto. En Puerto Rico podría sentirse ella misma, quizá no llegara a enamorarse, no importaba. Se sentía bien. Aquella experiencia le había hecho sentirse más mujer. Se sentía guapa, sensual e interesante. Y ya no importaba si los demás lo veían o no. Se gustaba y no había nada mejor. Se puso un vestido cómodo, las chanclas y bajo a la calle. Rosita estaba en la puerta de su negocio.

    —¡Tremendo mulato! —Le dijo al tiempo que se reía—. Qué buena cara tienes, ¡Chica!
    Se rieron, charlaron un rato y continuó su camino por aquel cautivador barrio. Llevaba el pelo suelto y desmelenado. Se miró en un escaparate y contempló una imagen de sí misma desenfadada que jamás había visto. Pasó un hombre y le dijo un piropo. Sonrió y entró en un bar. Desayunó y decidió ir a la oficina. Necesitaba empezar a trabajar y hacer algo productivo.
    Al llegar a su despacho y contemplar el paisaje, se sintió nuevamente llena de vida. Miles de nuevas experiencias la esperaban en aquella ciudad. Nuevos artículos, nuevas aventuras, nuevos hombres.
    Carlos entró a saludarla y se quedó mirándola sin decir nada. A los pocos segundos le dijo:
    —Te veo diferente.
    —Me siento diferente.
    —¿Preparada para trabajar?
    —Lista.
    —Perfecto. Tenemos que cubrir un asunto político. Estamos en campaña electoral. Por el camino te pongo al tanto de todo.

    Salieron de la oficina, y Paula notaba como Carlos la miraba disimuladamente. Se sentía radiante. Montó en el coche, sacó su libreta y fue tomando nota de todo. Los diferentes partidos políticos, las diferentes ideologías, la influencia norteamericana, hasta en el edificio, sede del poder legislativo puertorriqueño. El Capitolio. Estaba realmente feliz, por haber tomado la decisión de marcharse, por tener la oportunidad de vivir una nueva vida. Aparcaron y Carlos le entregó su pase de prensa. Una vez dentro de la rueda de prensa, comprobó que le costaba seguir el hilo. El acento tan marcado y las expresiones tan diferentes, conseguían que se perdiera la mayor parte del discurso. Carlos se dio cuenta al ver su cara y le susurró:
    —Te acostumbrarás...

    Paula sonrió pensó:

    «Claro que sí, me acostumbraré a la forma de hablar, a la forma de vivir y sobre todo a la forma de amar de Puerto Rico, me acostumbraré a vivir sin condicionamientos, a ser yo misma y a quererme como nadie...».


FIN


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