Paqui y Manuela

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Cuenta la leyenda…

«¡Qué leyenda, ni que payasadas!»
Cuenta mi vecina Paqui, la del segundo, que por fin han alquilado el piso vacío del sexto. Parece ser que al final lo ha alquilado un hombre soltero con muy buena planta. Y yo me pregunto: ¿Le habrán contado lo que sucedió en ese piso?

Según Paqui, el propietario harto de no poder alquilarlo, no le ha contado nada. Así que hemos quedado ella y yo, que se lo vamos a contar. No por cotillear ni nada de eso, nosotras no cotilleamos. Porque creemos que es lo correcto.

Esta tarde tengo que acompañar a mi hija, la mayor, al médico. La pobre está intentando quedarse embarazada, pero nada. Le han dicho que tienen que hacerse pruebas porque puede que alguno de los dos no sea fértil. Mi niña seguro que está bien, será el desgreñado del novio ese que tiene, que no quiere casarse. Y yo le digo que es por eso que no vienen los niños. Porque han de casarse como Dios manda.

Total, que Paqui quiere hablar con el señor del sexto cuanto antes, yo le he dicho que me espere, pero ella insiste que no y que no, que sube esta tarde…



Estoy muy preocupada, Paqui no aparece. He ido a la policía y me miran como una loca, pero yo estoy segura de que le ha pasado algo malo. El vecino del sexto tampoco aparece. Pero no hay evidencias de nada raro. No sé qué significa evidencias, pero no he querido preguntar al policía. Ese piso está endemoniado o algo. Tres muertos y dos desaparecidos. Yo no puedo dormir. Mañana voy a entrar con el propietario. Por mi Paqui, lo que haga falta.

—Mamá, ¿Y esa maleta?
—Ah, ¿Eso? Son cosas viejas que quiero guardar en el trastero, me ha dicho Antonio, el portero, que me las bajará luego.
— ¿Se sabe algo de Paqui?
—Nada hija. El sobrino no parece muy preocupado, la verdad. Y cómo no tiene hijos, está como loco porque quiere heredar el piso, el sinvergüenza. Nunca vino a verla. ¡Ay mi Paqui!
—Lo raro es que a estas alturas no haya aparecido el cadáver.
—¡Qué cadáver! ¡Anda calla! Que ves muchas series de esas de asesinatos. Seguro que aparece.
— ¿Después de un mes? Mira que lo dudo, mamá. Por cierto, que el tratamiento de fertilidad cuesta seis mil euros. Ya sabes que Joaquín es escritor y que ganará mucho dinero cuando acabe la novela, pero ahora con mi sueldo de cajera no nos da para hacerlo. Y he pensado que podías prestárnoslo tú con tus ahorros. Total, a ti no te van a hacer falta y Jaime vive en Londres y gana bien.
—Pero hija, como os vais a meter en tener un niño, ¿si el novio ese que tienes no puede manteneros?
—Bueno mamá, ¡es mi vida! Así estará siempre conmigo y dejará de tontear por ahí. Seré la madre de su hijo.
—Vale, vale. Ya lo hablaremos. Y ahora vete, que va a empezar la Ana Rosa en la tele.

«Hay que ver, mira que la quiero, pero esta niña siempre fue muy tonta. Bueno, lo tengo todo. Tengo que bajar con cuidado para que Antonio no me vea. El taxi está esperando ya. Es la hora del cafetito. En cuanto se vaya, salgo…»



— ¡Ay! Qué ganas tenía de verte, Paqui.
—Calla Manuela, que ahora no me llamo Paqui. Me lo he cambiado por Gabriela. Siempre me gustó ese nombre, de aquella telenovela que veíamos. ¿Te acuerdas?
—Y ¿dónde dices que nos vamos?
—A Venezuela, que allí no te buscan. A un sitio de esos, con playa, arena blanca y muchos morenitos.
—Ay, no sé. Que locura. Y ¿Qué hiciste con el hombre?
—Shhh. Calla Manuela. Ahora te cuento toda la historia en el avión. La del hombre, los tres muertos y el dinero.



—Verás, subí al sexto aquella tarde. Me abrió la puerta un señor educado pero sombrío. Que no me ofreció ni un vaso de agua. Total, yo le dije que me alegraba mucho de tener un vecino nuevo, pero que en esta casa habían aparecido tres muertos. Un matrimonio y una niña con un poco de retraso. Que el piso llevaba dieciséis años vacío. Fue un caso muy sonado en el barrio y nadie había querido alquilarlo, ni comprarlo. Se culpó del crimen al hijo mayor. Creemos que está en la cárcel, pero nunca supimos por qué.

El señor me miró con mala cara y me dijo que era normal que no se hubiera vuelto a alquilar la casa, si una vecina alcahueta subía con ese cuento. Alcahueta yo, Manuela. Que desfachatez.
El caso, es que cerró la puerta por dentro. Yo no entendía nada. ¿Para qué me encerraba allí dentro? Y entonces lo vi. Había movido el mueble grande del salón, y en la pared había un agujero enorme Manuela. Y justo debajo una bolsa con montones de billetes de esos moraos que nunca vemos. Y yo, que soy muy lista, me di cuenta que ese señor iba a matarme. Así que no lo pensé. Cogí una bola que pesaba mucho y cuando se dio la vuelta le aticé en la cabeza. Pensando que le dejaría atontao y podría llamar a la policía. Pero la bola esa era muy dura y salía mucha sangre Manuela. Vamos que me lo cargué sin quererlo.

Le quité la cartera y vi la documentación. Era él, Manuela. El hijo de los muertos que volvía al lugar del crimen a por el dinero. Lo que no sabremos nunca es de donde ha salido este dinero, pero no nos importa, ahora es nuestro.

— ¿Y qué hiciste con el cuerpo?
—Pues llamé con el teléfono del muerto a Mariano, el hijo de la Trini. Que está muy enganchao y tiene muchos contactos. Vino con dos amigos y se ocuparon de todo. Se llevaron el cuerpo, la bola y la alfombra. Les di unos billeticos.
—¿Y no tienes miedo que te denuncien?
—Son tres tiraos. Y además cómplices. No saben dónde estamos Manuela. Y tú, ¿Qué vas a decirles a tus hijos?
—Que me he escapado con un novio. Que volveré algún día. A Manuelita, que se lleve los geranios. Ya les he enviado la carta, desde casa, para que no supieran donde estábamos.
—Que lista eres jodía.
—No, no, aquí el cerebro eres tú. Son cómodos estos sillones del avión. Nunca pensé que fueran tan grandes. Y nos han dado sidra y todo.
—Ay Manuela, ¡cuánto tengo que enseñarte!

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