Los planes de Carol - 9

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Carol colgó el teléfono después de hablar con el pequeño Juan. Siempre que lo hacía, sentía un cosquilleo en el estómago. «Todo bien mamá. El abuelo me está enseñando a nadar y papá me ha comprado una pelota nueva». Se alegraba mucho de que el gandul hubiera decidido volver a vivir con sus padres que se volcaban con el niño. Asumido por su parte que se le había terminado el chollo con ella fue fácil aceptar que no era amor lo que les unía y eso había contribuido a conseguir mantener una relación cordial para tratar los temas que concernían al pequeño.

      Salió de la habitación y Manu esperaba sentado en el sofá. A través de la cristalera del salón podía verse a Francine tumbada en una de las hamacas leyendo una revista. Carol se sentó junto a Manu en el sofá.
      —Siento que no estén siendo tus vacaciones soñadas —dijo.
      —No tienes ni idea de cuales hubieran sido mis vacaciones soñadas.
      —También es verdad, ¿cuáles hubieran sido tus vacaciones soñadas? —preguntó Manu intrigado.
      —Pues verás, en cuanto a playas, arena blanca y agua cristalina, esta zona es perfecta. En cuanto a la compañía, es bastante mejor de lo que había imaginado. Lo demás es circunstancial. Ya tendremos tiempo. Es verdad que tener a tu exmujer tirada en la piscina no es muy normal, pero como sea tu familia no es asunto mío.
      —¿No te irías de crucero por los fiordos noruegos? —preguntó Manu con sorna.
      —Hombre… pues claro. Pero tengo sueños alcanzables —contestó Carol.
      —Dinero y tiempo, es lo único que hace falta.
      —Y ganas, esas también son importantes para todo —sentenció Carol.
      —Ten paciencia, Francine es veneno puro. Quizá imaginas que se pasea por aquí todos los veranos, pero no es así. Chloé le ha debido contar y ella se ha presentado corriendo. Así que viene con un propósito, todavía no tengo claro cual, pero molestarte es uno de ellos seguro —afirmó Manu mientras le acariciaba el brazo.
      —Algo había sospechado —sonrió Carol—. No te preocupes, no me dejo amilanar fácilmente. Un día y me llevarás a Zahara, que me quedé con todas las ganas de bañarme en su playa.
      —Trato hecho —contestó Manu mientras se acercaba a ella para darle un beso.

      En ese momento alguien abrió la puerta de la casa y se quedaron con los labios suspendidos sin beso. Era Chloé con su amiga.
      —¿Dónde está mamá? —preguntó sin mirarles.
      —Hola hija. ¿Todo bien? Nosotros bien, ha sido un día lleno de sorpresas, pero eso ya debes saberlo. Tu madre está en la piscina. Saluda al menos, ten educación.
      —Hola Carol —saludó Chloé.
      —Hola chicas —saludó Carol sonriendo.
      Ambas salieron a la piscina y Manú tuvo una idea. Eran casi las ocho de la tarde. La hora perfecta.
      —Ve y vístete sin hacer mucho ruido. Cuando estés arreglada me esperas en el coche, las llaves están sobre la isla de La Cocina, dijo señalándolas. Vamos a escapar de este infierno —sonrió y guiñó un ojo—. Pero debemos ser rápidos para que no se nos cuelguen.
      —¿Me arreglo? —preguntó ella divertida.
      —Restaurante normal. Puedes ir como quieras vestida, pero evita la vestimenta playera.
      —Hecho. Tardo quince minutos. Me maquillaré en el coche.
      —Perfecto, ve. Dos minutos y voy yo. Que no nos vean movernos juntos —dijo Manu sonriendo con malicia

      Carol se duchó sin lavarse el pelo, que recogió en un moño despeinado alto. Se puso un vestido camisero, unas sandalias de cuña y metió el neceser con el maquillaje en el bolso. Había tenido la precaución de coger las llaves del coche de camino a la habitación. No podía salir por la terraza, porque Francine y las chicas estaban en la piscina; la verían. El salón y dos de las habitaciones tenían el ventanal a ese lado del jardín. No le quedaba más remedio que salir por la puerta principal. Si ellas no entraban al salón o a la cocina, que estaban ambos en la misma estancia, podría salir sin ser vista.
Francine seguía tumbada. Chloé y su amiga estaban dentro del agua. Carol salió con paso decidido hasta la puerta de la casa, consiguió llegar al coche sin que nadie reparara en su presencia. Abrió y se sentó en el asiento del copiloto. «Prueba superada» pensó mientras se reía.
      Manu tardó quince minutos también. Llevaba una camisa azul marino ceñida que le daba un aspecto elegante y juvenil. Vaqueros y zapatillas de vestir. Salió a la piscina mientras se guardaba la cartera en el bolsillo.
      —Vaya, papá. Estás guapísimo —afirmó Chloé.
      —Tu hija tiene razón. Estás muy guapo, chéri. A veces me pregunto porque te dejé con lo bueno que estás.
      —Te recuerdo que la patada en el culo te la di yo, así que déjate de tonterías. Me llevo a Carol a cenar, tenéis comida en la nevera, pero como dudo mucho que tu madre os vaya a preparar algo de comer, os he dejado dinero en la encimera. Pedid algo. No quiero ni una llamada de emergencia. ¿Entendido? Como me jodáis la velada os mando a París esta misma noche.
      —Entendido —dijeron ambas mientras se miraban. La amiga de Chloé permanecía ajena al complot.

      Manu salió de la casa y Carol al verle sintió un pinchacito en el estómago. «¡La leche nena! ¡Qué requetebueno que está! ¿Cómo he conseguido yo a este macho?» Le sonrió mientras él entraba en el coche. Le tendió las llaves sin darse cuenta de cambiar la cara de boba que se le había puesto nada más verle.
      Manu sonrió.
      —Larguémonos, morena. Estás preciosa.
      —Tú sí que estás bueno —«ups»—. Guapo, tú sí que estás guapo.
      Él lanzó una carcajada y puso el coche en marcha.
      —Vayámonos corriendo antes de que los zombis salgan de la casa y se nos agarren al capó.
      Puso el coche en marcha y la llevó a Tarifa.

      Cenaron en un restaurante japonés mientras ambos hablaban de sus vidas. Carol le contó cómo había terminado con un hombre a la desesperada, presionada con la idea de ser madre.
      —El tiempo pasaba y tuve la absurda idea de que tenía que ser con él o con nadie. Juan consigue que no me arrepienta, aunque a veces me duele el trajín que lleva de una casa a otra.
      —Te entiendo perfectamente, pasé por lo mismo. Pero en nuestro caso las peleas eran explosivas.   Francine me lanzaba cosas con la niña mirándonos. No era buen ambiente para ella. Conseguí, todavía no sé ni cómo que me cediera la custodia hasta que Chloé fuera más mayor. Francine podría vivir la carrera de modelo que siempre quiso, estudiar diseño y materializar todos los sueños que supuestamente había renunciado porque la dejé embarazada. Y yo tenía la oportunidad de educar a mi hija en un ambiente tranquilo. Cuando Chloé cumplió doce años el mundo de su madre la atrapó por completo. París, la moda. Yo me volqué con la escuela, monté una agencia de viajes online de aventuras y sobrellevé el verla cada vez menos. Ahora es ella la que decide en qué casa quiere estar. Espero que podáis llevaros bien. Es una chica increíble.
      —No lo dudo. Está en una edad complicada. Quizá siempre creyó que con el tiempo volveríais —supuso Carol.
      —Seguro, pero ahí no quedan cenizas. Te lo aseguro. Bueno, háblame de esos sueños que se quedaron por el camino. O, ¿soñaste con ser funcionaria de la Seguridad Social?
      —Sí, claro. Era lo que contestaba cuando me preguntaban de pequeña. No hay un sueño concreto tirado en la cuneta. Nunca le he confesado esto a alguien, pero tengo la sensación de haber dejado que otros guiaran mis pasos. De haberme conformado con lo que venía. Tengo cuarenta años, un buen trabajo. Una hipoteca, un niño precioso. Y me siento terriblemente desdichada. Este viaje contigo ha sido lo más intrépido que he hecho. Ni de adolescente hice alguna locura. A veces me siento una anciana que ha tirado por la borda la oportunidad de ser feliz.
      Carol guardo silencio abatida. Las palabras habían desgarrado su garganta mientras salían. Pensarlo dolía, pero verbalizarlo había sido demoledor. Manu la observaba sin saber qué decir, consciente de la trascendencia de la confesión.
      —Bueno, la suerte que tenemos es que no eres una anciana y todavía tienes tiempo de hacer muchas cosas. Descartamos el paddle surf, no te asustes. Viniste conmigo a la playa sin conocerme, puede convalidarse como locura adolescente. Dime algo que no hayas hecho y te mueras por hacer —dijo al fin.
      —Vale. Déjame pensar —Carol se frotaba las sienes mientras lo decidía—. Lo tengo: Sufrí mucho siendo estudiante. Llevaba un aparato horrible en los dientes, gafas, tenía sobrepeso. Sufrí acoso escolar y me perdí muchas de las cosas que hacían las chicas populares.
      —¿Me vas a pedir que te eche un polvo en el asiento trasero del coche en un pinar? —preguntó Manu.
      Carol lanzó una carcajada que consiguió alejar la tristeza que le producían ciertos recuerdos.
      —Era lo que hacían, no te has perdido mucho más —afirmó Manu.
      —No, no. Quiero ir a un concierto en la playa, festivalero. Beber una bebida horrible en un vaso de plástico de esos gigantes y fumar marihuana.
      Manu la miró boquiabierto.
      —¿Me lo estás diciendo en serio? —preguntó.
      —Completamente.
      —Está bien. Deseo conseguido. La marihuana se la puedo pedir a uno de los chicos de la escuela que a veces viene con un olor sospechoso en la ropa.
      —¿Es profesor? —inquirió preocupada.
      —No, no. Practicante —contestó sonriendo Manu—. Damos clases a niños, no me la juego con eso.
      —Muy bien.
      —¿Algún grupo en concreto? —preguntó Manu interesado.
      —Macaco.
      —¿Macaco? Pensé que me dirías algo más complicado; Metallica, Muse.
      —Es mi sueño, ¿no? Macaco. Me encanta, me pone y quiero cantar con él en la playa.
      —Junto, no con —corrigió Manu.
      —Es lo mismo.
      —No, porque no vas a cantar con él en el escenario. Por no hablar de los miles de personas que habría contigo.
      —Bueno, lo que sea. Entonces, ¿me llevarías?
      —Al fin del mundo, morena. Esto es pan comido. Solo tengo que descubrir en qué festivales toca este verano, comprar las entradas, reservar el viaje y llevarte. Minucias...

      Carol sintió que se le erizaba todo el cuerpo. Se le escapó una sonrisilla maliciosa al imaginarse delante del escenario contemplando a Macaco al natural, fresco como una lechuga. En vivo y en directo compartiendo el mismo plano, lugar, espacio-tiempo que ella.
      —Espero que esa carita de boba que se te ha puesto ahora mismo sea por mí —dijo Manu interrumpiendo sus ensoñaciones.
      —También, también —mintió ella.

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