Los planes de Carol - 8

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Carol miraba a Manu que apesadumbrado le decía no sé qué del armario. No conseguía concentrarse. «Pero, ¿qué necesidad tenía ella de complicarse la existencia?» pensaba una y otra vez. Compartir vivienda con su nuevo amigo, bueno amante o lo que fuera, con la hija de este y la exmujer, era a todas luces extraño. Extravagante. Carol, que todo lo ordenaba por color, orden alfabético, fecha de caducidad o categorías de cosas, le era imposible colocar las piezas del puzzle loco en el que se había visto envuelta.

         —Te he dejado dos cajones de la cómoda y este lado del armario para que guardes tus cosas. Siento mucho todo esto, Carol.
         —No te preocupes. Entiendo lo que está pasando, aunque eso no hace que sea más agradable.
         —Es la primera vez que Chloé siente que tambalean los cimientos de su castillo. Un día, solo te pido un día más.
         —No pasa nada, de verdad.

         Al salir de la habitación, Francine salía por la puerta.
         —Voy a recoger a nuestra hija y a su amiga que están a punto de llegar a puerto, me llevo tu coche. Esta noche preparamos nosotras la cena para daros las gracias por la hospitalidad. ¡Au revoir!

         Por fin solos, pero con la libido de vacaciones en un lugar lejano. «Un día más, Carol. Un día para retozar como adolescentes en las playas de Zahara»

         Manu preparó dos zumos de frutas con hielo picado.
         —¿Te parecería horrible pasar la tarde en la piscina? —preguntó mientras ponía una sombrillita de cóctel en cada uno de ellos.
         Eran esos detalles los que la tenían completamente loca por él, esos y como enterraba su lengua en lugares de ella misma que no sabía ni que estaban ahí.
         —Me parecería un suplicio horrible e insoportable, meterme en tu piscina de diseño mientras preparas bebidas de estas. ¡Por favooor! No tienes corazón —contestó mientras ponía los ojos en blanco.
         Manu sonrió y de repente volvió la libido de Carol del viaje por los confines del Universo, contenta como unas pascuas para colarse en su entrepierna y darle toquecitos, «toc, toc, soy tu libido. Dile a ese macho que estamos listas»
         —Soy yo o has puesto cara de perra en celo —afirmó Manu divertido.
         —Es una pena porque se va a derretir el hielo del zumo.
         —Una pena enorme, sí.

         Se acercó a ella, la cogió por la cintura y la sentó encima de la encimera. Hundió la nariz en su cuello y comenzó a lamer mientras bajaba hacía el pecho. Ella gimió y sintió como se humedecía entera. El sonido de la llave en la cerradura la sobresaltó y bajó de un salto al suelo empujando a Manu que se cayó de culo.
        —¡Joder! —gritó él mientras se tocaba la rabadilla.
        —¡Cambio de planes! Chloé vendrá más tarde. Van a la piscina de Victor, ese chico tan mono de tu escuela. ¿Qué hacíais? —preguntó Francine mostrando una sonrisa seductora. Aunque todo en ella era seductor.
         Carol puso cara de pillada y Manu había conseguido levantarse, aunque seguía tocándose la rabadilla.
        —Nada, no hacíamos nada —contestó él cabreado.
        —Ohhh, chéri. Has preparado tus zumos. Mira que bien, uno para cada una de tus chicas.
        —No me toques los huevos, que ya los tengo bien gordos.

        Carol aprovechó para ponerse el bikini y refrescarse un poco. Salió a la piscina y se sumergió en el agua dejando que ésta se llevará toda la frustración. Cuando emergió vio que Francine paseaba por el bordillo con un mini tanga y nada más. Dos pechos tiesos como dos peras se contoneaban junto con todo su cuerpo a cada paso que daba. Parecía una aparición. El pelo caía por su espalda y ondulaba al viento. Se sentó en el borde, metió los pies en el agua y gimió de placer. Carol se quedó ojiplática mirando su vientre plano incluso sentada. Ni un atisbo de pequeño michelín. Era humanamente imposible haber engendrado un bebé y no tener ni una huella corporal. Quizá estos ricos modernos habían conseguido un vientre de alquiler, porque genéticamente Chloé era un calco de su madre, así que los óvulos tenían que ser de ella, sí o sí. Y, ¿cuántos años tendría? La piel del cuello era tersa. Debía tener como mucho treinta o treinta y pocos. Carol seguía inmersa en sus cavilaciones cuando Manu salió de la casa, ni siquiera se fijó en Francine. Dejó la toalla en una de las hamacas y se lanzó de cabeza al agua. Buceó hasta Carol, se acercó a ella y la besó en los labios.
       —Estás preciosa con el pelo mojado —musitó.
       Ella que se sabía mona, pero nada más. Delgada, pero normal. Y con el flotador adherido a ella desde el parto, le miraba suspicaz mientras en su cabeza hacia las malditas comparaciones. Morena bajita contra la Diosa Venus. No había por dónde cogerlo.
       —Sois tan monos —dijo Francine.
       Manu se volvió a ella como si acabara de reparar en su presencia.
       —¡Ah! Estás ahí. Podías buscar un atuendo más pequeño, ¿no? —le dijo Manu molesto.
       —Sabes que no me gustan las marcas en la piel.
       —Con las que te hacían otros no tenías problemas.
       —Supéralo, chéri —se levantó indignada y se metió en la casa.
       —Lo lamento —le dijo Manu a Carol que le miraba interrogante—. No tengo muchos detalles que darte. Mi relación con ella fue un infierno, me ocupé de Chloé solo mientras ella salía todas las noches y se follaba a cualquier tipo que se le pusiera delante. Ella dice que se quedó embarazada muy joven y eso la perturbó. Descubrí tarde que venía perturbada de serie. Es como un grano gigante en el culo, un grano bonito, pero nada más. Está rabiosa y tratará de molestarnos. No dejes que te afecte.
      —Rabiosa, ¿por qué?
      —Porque su diminuta neurona cree que algún día volveremos, que tengo que seguir manteniéndola y pagando sus caros caprichos. A pesar de trabajar para un diseñador de moda de renombre en París y ganar un dineral. Ella cree que siempre voy a estar ahí para solucionar sus problemas. Y lo creía porque nunca me ha visto rehacer mi penosa situación sentimental. Porque me dejó un miedo atroz al compromiso. Hasta ahora he satisfecho mis necesidades con mujeres antagónicas a mí para no enamorarme. Pero contigo no he podido controlar nada. Te vi y te me colaste en el corazón. No tengo explicación racional para ello, y mira que me gusta razonarlo todo.
     —Vaya. ¿Lo tenías ensayado?
     —Sí, horas delante del espejo. Espero que haya quedado natural.
     —Como el atún en lata.
     —¿No me crees?
     —No es eso, es que no deberíamos estar hablando de esto. Deberíamos estar retozando sin pensar —dijo Carol sonriendo.
     —Tienes razón y lo haremos.
     —Me he pasado toda la vida pensando y no haciendo. Analizando, conteniéndome. Y, aun así, eso no ha evitado que tomara las peores decisiones posibles.
     —Hecho. Hacer sin pensar. Es un buen eslogan —sentenció Manu.

     Francine volvió a hacer acto de presencia justo en el momento que ellos volvían a besarse. Había cambiado el zumo por una copa de vino blanco. Llevaba un trikini azul eléctrico y una pamela color hueso, que en conjunto le daban un aspecto espectacular. Se sentó en el borde y los observó en silencio. Carol se sentía incomoda con una mujer así merodeando. No podía evitarlo.

    —Y, ¿a qué te dedicas, Carol? —preguntó Francine.
    —Soy funcionaria de la Seguridad social —respondió Carol con desgana.
    —¿Médico?
    —No.
    —¿Enfermera?
    —Administrativo.
    —¿En un hospital? — ¿Qué narices era esto? ¿Un interrogatorio?
    —En una oficina de atención ciudadana.
    —¡Ah! Suena trepidante —afirmó Francine mientras sonreía irónicamente—. Yo trabajo en el departamento creativo de la firma Kenzo en París.
    —Es genial —«guarra, no te he preguntado, no me interesa».
    —La próxima vez que nos veamos te regalaré un perfume, me temo que en el muestrario no tenemos prendas de tu talla.
    —Gracias, supongo —musitó Carol mientras la vena que tenía en la frente empezaba a palpitar—. Voy dentro a llamar por teléfono.

     Manu que había permanecido ajeno a la conversación, esperó a que Carol entrara en la casa y miró a Francine enfurecido.
    —Dame un motivo para no echarte ahora mismo de mi casa.
    —Se llama Chloé, mide metro setenta y dos, la hemos hecho nosotros y nos salió perfecta.
    —Mantente alejada de Carol, ¿me oyes? No voy a permitir que me lo estropees. Mañana te vas a pasar el día por ahí, no quiero verte por la casa. ¿Entendido? Te vienes a dormir y punto.
    —Entendido, no te alteres, chéri. Qué me pones cachonda.

    Manu hizo una mueca de desdén y entró en la casa. Se acercó a la habitación y escuchó que Carol hablaba con su hijo. «Un día, preciosa» «Aguanta solo un día» pensó mientras apoyaba la frente tras la puerta.

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