Los planes de Carol - 7

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Al llegar a casa después de recoger a las chicas, Carol tuvo la absurda esperanza de que ellas se irían y ambos podrían disfrutar de su momento de intimidad, aunque no fuera en el entorno idílico de Zahara de los Atunes. Pronto tuvo que constatar su error.

          —Papá, hace un viento perfecto para hacer wind, por favor. Hace mucho que tú y yo no cogemos olas juntos. Por favor, por favor, por favor, papi.
           «Por favor, por favor, papi» repetía Carol en su mente haciendo muecas con la boca. Empezaba a cogerle tirria a la niña caprichosa de Manuel. Sí, Manu era Manuel cuando estaba cabreada. Como era de esperar Manu no pudo decirle que no a su hija y terminaron los cuatro en la playa de Valdevaqueros con el maldito neopreno puesto de nuevo. Mientras ellos practicaban windsurf, Carol se quedó con el instructor tratando de tragar la menor cantidad de agua posible al tiempo que luchaba por mantenerse en pie encima del artilugio de las narices. A los veinte minutos de subir a la tabla, para bajar y volver a subir, etcétera, explotó.
         —¡No puedo más! ¡Me largo al chiringuito!
         —¡No puedes! —le dijo el instructor.
         —¿Cómo que no puedo?
         —Manu me ha hecho prometerle que no dejaría que te escaquearas.
         —¡Qué! Mira majo, porque majo eres un rato, eso no puedo negártelo. Te agradezco mucho la paciencia y las ganas que le pones. Le agradezco a Manu la hospitalidad y le agradezco al puto universo haber hecho un lugar tan espectacular, pero escúchame bien: ¡Ni vuelvo a subir a una tabla de esas, ni vuelvo a ponerme el traje este de los demonios!
         —Es normal frustrarse, acabará gustándote —dijo el instructor.
         —¡Já! De verdad, te repito que te lo agradezco, pero son las primeras vacaciones que me cojo desde hace tres años. Tres años de mierda, así que por favor. Tengo unos cuantos años ya para saber lo que quiero hacer, y te puedo asegurar que lo único que me apetece ahora mismo es ir a aquel chiringuito y cogerme un pedo playero de los que te hacen perder el conocimiento.
         Empezó a tirar del neopreno para abajo, pero se había secado y estaba pegado a la piel. Carol estaba fuera de sí, gritaba enfurecida.
         —Es mejor que te lo quites en el agua —dijo el chico mientras se acercaba a ella con cara de lástima —. Te ayudo, no te preocupes.
         —Gracias —contestó Carol avergonzada—. Lo siento.
         —No te preocupes. Ve y tómate algo fuerte.
         —Eso.
         Carol le dio un beso en la mejilla y se fue hacia el chiringuito más calmada, hasta que vio a Chloé que le mandaba un saludo con la mano desde la tabla. Un gesto con los dedos que le produjo mucha rabia interior.
         —Adolescente engreída de los cojones —susurró.

         Sacó un pareo del bolso que se ató en la cintura. Llegó a la barra y pidió un mojito.
         —Bien cargado, que voy a celebrar que por fin he despertado del coma.
         La gente de alrededor la vitoreó y levantó sus bebidas. «Enhorabuena» «Bravo»
         —Aunque recuperar mi carácter de mierda no creo que sea algo para celebrar —susurró mientras sonreía.

        Cuando iba por la mitad del segundo se acercó un chico a ella. Debía tener veinticinco años muy bien puestos. Cuerpo esculpido tras horas de gimnasio y levantamiento de pesas delante del espejo. Solo por la forma de caminar se intuía que se gustaba y mucho. Cadena de oro en el cuello, pelo engominado hacia arriba.
        —Hola preciosa.
        Carol le miró de arriba a abajo apoyada en la barra y se puso a reír.
        —¿De qué te ríes? —preguntó—. Aunque bien pensado da igual el motivo, merece la pena por ver esa sonrisa tan bonita.
        Carol soltó una carcajada.
        —Déjame adivinar. Me has escuchado antes y has pensado que de verdad he despertado de un largo coma así que tu privilegiada mente ha llegado a la conclusión de que por edad y abstinencia soy un blanco fácil para echar un polvo en tu coche tuneado, ¿no? —contestó Carol con dificultad porque la lengua empezaba a estorbarle al hablar.
        —Es una pena que siendo tan guapa estés tan amargada —le digo el muchacho y se fue.
        —Eso es. Soy una amargada, ¡chao!

         Cuando Manu llegó a buscarla al chiringuito, Carol se había tomado dos mojitos y tres chupitos de Jägermeister, bebida de moda que no había probado hasta ese momento. Demasiados grados y demasiado alcohol para ella.
        —¡Manu! ¡Te han liberado! —se colgó de su cuello tratando de mantener el equilibrio.
        —Madre mía, Carol. Estás muy borracha —le dijo Manu mientras se reía.
        —Lo siento, lo siento. Tienes que perdonarme, ese deporte tuyo que tanto te gusta. Que es tu vida y tu pasión, y todo eso. Perdóname, pero lo aborrezco profundamente.
        —No pasa nada, con decírmelo hubiera sido suficiente, no tenías que refugiarte en la bebida para superarlo.
        —¿Dónde está tu… hija?
        —Les ha salido un plan para la tarde que incluye barco, pero no padre.
        —Y, ¿la dejas ir? ¿no es peligroso?
        —Tiene diecisiete incontrolables años. De todas formas, la gente con la que va es de total confianza. Es tarde para ir a Zahara y además tienes que dormir la mona. ¿Estás bien para comer por ahí? O prefieres que comamos en casa.
       —En casa, por favor. Todo me da vueltas.
       —Bueno pues ya te has cogido el pedo playero. ¡Quedan inauguradas las vacaciones!
       —¡Qué gracioso!, me parto contigo.

       Manu ayudó a Carol a llegar al coche y se fueron a casa. Preparó unas ensaladas y un bol de fruta picada.
       —Que chico más sano.
       —Vitamina para que te recuperes cuanto antes. Tengo muchas ganas de hacerte un montón de cosas en diferentes posturas y no quiero que me vomites encima.
       —Sano y romántico. Qué suerte la mía.
       —Un día más. El martes nos quedamos solos y prometo darte tus vacaciones soñadas.
       —Tranquilo. No es justo por mi parte querer tenerte para mí en exclusiva estando tu hija con nosotros. Mañana me iré a pasar el día a Tarifa. Quiero hacer unas compras, algo de turismo. Tú podrás estar con ella.
       —De verdad, ¿no te importa? Se va a Francia un mes entero. Lo paso mal cuando se va tanto tiempo.
       —Lo entiendo. Hay días que no puedo más y necesito que Juan se vaya con su padre, pero le echo muchísimo de menos.
       —Estoy deseando conocerlo. Me encantan los niños pequeños.
       —Es un terremoto.
       —Tienes que traerle, seguro que disfruta en la playa.
       —Ya veremos. Voy a darme una ducha para que puedas hacerme todas esas cosas que quieres hacerme en posturas imposibles.
       —Humm, qué buena idea. Por la ducha empezaremos… —afirmó mientras se acercaba a ella para besarla.

       Dos horas después de hacerlo como locos por toda la casa, ambos dormían cuando sonó el timbre.
       —Qué raro, Chloé tiene llaves, voy a ver quién es.

        Manu fue a abrir la puerta mientras ella se ponía algo de ropa. Se asomó muerta de la curiosidad cuando escuchó a Manu decir: «¿Qué coño haces tú aquí?»

        Una mujer alta y esbelta con una maleta en la mano sonreía en la puerta. ¿Mujer?, no mujer no. Una diosa sacada de la portada de Vogue. Llevaba un vestido vaporoso que le dejaba un hombro al descubierto. Debía medir más de metro ochenta, el pelo rubio hasta la cintura. Una melena salvaje y ondulada de las que salen en los anuncios de champú. La piel de un perfecto color avellana y los ojos color aguamarina, ese color que no sabes si es azul o verde. Era imposible no quedarse embobado mirándola.
       —Hola —saludó a Carol nada más verla.
       —Carol, te presento a Francine. Francine Carol. ¿Ahora puedes explicarme qué cojones haces aquí? Tenías que venir el martes —dijo Manu enfadado.
       —Lo sé, pero había pensado disfrutar un poco de las olas antes de ir a París. Sabes que esto me encanta, cherí.
       —Pues te vas a un hotel. No puedes presentarte aquí sin avisar y esperar que te abra la puerta.
       —Pero Chloé me dijo que no te importaría. Carol está durmiendo en tu cama, puedo usar la de invitados. No os molestaré, lo prometo. Solo quiero disfrutar del sol y de las olas. Por favor, mon amour.
       Manu suspiró enfurecido y miró a Carol que se encogió de hombros.
       —Pasa, tienes que esperar a que Carol saque sus cosas de la habitación. Y ni mon amour ni mierdas francesas de las tuyas. Ya no soy tu mon nada.
       —Se te agria el carácter con los años, querido. Contrólalo o te saldrán arruguitas por toda la cara.

       Era gracioso como Francine pronunciaba las erres, «agugitas». Le daba un toque sensual a su ya sensual forma de hablar.
       Mientras Carol metía sus cosas en la maleta para trasladarse a la habitación de Manu maldecía su suerte. Una cosa era pelear con una hija adolescente, pero pelear con su madre top model era demasiado. Empezaba a arrepentirse de verdad por no haber escogido la escapada para hacer puenting. Seguro que hubiera sido más tranquila.

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