Los planes de Carol - 6

By 6:34 ,



El sol de la mañana brillaba en todo su esplendor. Carol despertó y tardó unos segundos en ser consciente de dónde se encontraba. El sueño había sido profundo y reparador. Manu no estaba en la cama, pero le escuchaba hablar con alguien fuera de la habitación.

       Tras una ducha, se puso el bikini, un vestido por encima y salió hacia la cocina. Manu charlaba con su hija y otra chica más.
       —¡Buenos días dormilona! —dijo nada más verla mientras se acercaba a ella para besarla. Carol se azoró al ver la cara que puso Chloé.
       —¿Has visto que tierno es el amor entre cuarentones? —le dijo a su amiga—. Vámonos a la playa, dejemos a los tortolitos.
        Salieron y Manu le dijo que no le hiciera caso.
       —Está en esa edad que sufren personalidad múltiple. Me alegro de que haya invitado a su amiga, estará entretenida. El martes viene su madre a por ellas y se las lleva a París.
       —¿Tienes buena relación con ella?
       —¿Con Francine? No. Tengo la relación que se puede tener con una persona desequilibrada. A veces piensa que seguimos juntos, trata de meterse en lugares donde ya no le corresponde. Lo peor es que manipula a Chloé y la pone en mi contra. Es una relación extraña que no puedo cortar definitivamente por la niña. Pero no tienes de qué preocuparte. ¿Café?
       —Sí, por favor. Tres tazas.
       —Empezaremos con una.
       —¿Qué plan tenemos hoy?
       —Esta tarde quiero hacer Kitesurf cuando caiga el sol. Te gustará.
       —¿Qué? Estás loco, yo no pienso intentarlo.
       —No, no, me refiero a verlo.
       —¡Ah!, vale —contestó Carol más tranquila—. Me habías asustado.
       —Antes deberías aprender a mantenerte de pie en la tabla. Seguiremos con el paddle un tiempo más.
       —Genial, pero hoy quiero hacer turismo playero al uso. Sol y nada, como el anuncio. Tirarme en la arena y hacer la croqueta.
       Manu sonrió.
       —Hecho, si te parece nos vamos a Zahara y así nos alejamos de la mirada inquisidora de mi hija. Ella va a pasar el día con los chicos de la escuela de surf, podemos irnos con tranquilidad. Comemos por allí.
      —Me parece perfecto.

      Volvieron a besarse. Lo que iba a ser un simple beso en los labios antes de salir, derivó en un comerse la boca en toda regla. Lo que les llevó a la cama, mientras el vestido y el bikini se perdían por el pasillo.
      Tras varios orgasmos dignos de película porno de las buenas, si es que es un término que se pueda aplicar, volvieron a vestirse.
      —Vas a matarme. Entre que no tengo forma física y estoy completamente oxidada, me va a dar un espasmo o algo, ya verás.
      —¡Anda ya! Tú tranquila que te voy a poner en forma a base de polvos gimnásticos.

      Ambos se rieron y Manu puso el coche en marcha rumbo a Zahara de los Atunes.
      —¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo Manu, aprovechando que Carol lucía una sonrisa brillante.
      —Claro.
      —¿Por qué estabas siempre triste? Me refiero, ¿pasas por alguna situación trágica? ¿Alguna pérdida?
      —A decir verdad, no. No pensé que pareciera triste. Creo que más que tristeza es desmotivación. Salvo mi pequeño que es mi vida, no tengo nada más que me ilusione. El trabajo y todo lo que lo rodea es completamente mecánico. Me levanto, voy, hago mi trabajo y salgo. Ni me encanta ni lo odio. No me genera ninguna emoción, mala o buena. Me sirve para vivir. Mis compañeras de trabajo sí me generan emociones y cada vez son peores. Supongo que ha sido por la falta de intereses. Verse con cierta edad y no estar donde creías que estarías. No sé si me entiendes.
      —Perfectamente. A veces se trata de dejarse llevar, de no hacer tantos planes y buscar solo algo de diversión. Que entraras en la agencia buscando un viaje, una escapada para ti sola, significa que ya estabas preparada para coger las riendas de tu vida sin esperar a que llegara nadie para hacerlo.
      —¿Vamos a hacer terapia? —dijo ella en un tono cortante.
      —Joder, qué borde.
      —Es que esta conversación y la diversión no son compatibles.
      —Vale, vale, entendido. Sigue disfrutando del paisaje.
      —Perdona, no me malinterpretes, pero estoy cansada de analizarlo todo, es solo eso. No quiero analizarlo ahora contigo.
      —Tienes toda la razón. No digo ni una palabra más al respecto. Seguiré haciendo que te corras viva para que no pienses.
      —¿Ves? Ahí le has dado. Tienes la receta mágica.
      Ambos rieron de nuevo mientras ella disimulada que el simple comentario la había puesto cachonda perdida.

      Las playas de Cádiz tienen algo especial que hacen que te enamores nada más verlas. Bolonia, Valdevaqueros, Lances, El Palmar… Las dunas, la extensión, el mar azul e imponente. La arena blanca.
      Zahara de los Atunes es una pequeña localidad cerca de Tarifa, pertenece al municipio de Barbate y se encuentra rodeada de colinas. Mantiene el urbanismo justo consiguiendo mimetizarse con el entorno natural.

      La carretera confluía paralela al litoral, Carol observaba impresionada el paisaje.
      —¿No conocías esta parte de la costa? —preguntó Manu al ver que ella iba con la boca abierta.
      —No, nunca había estado en Cádiz. A decir verdad, de Andalucía solo conozco Sevilla.
      —¿Me lo estás diciendo en serio? ¿No has estado en Málaga? ¿La Costa del sol? ¿La Alhambra de Granada? ¿Las playas de Huelva, Almería? Pero, ¿has estado encerrada por algo?
      —Sí, por falta de ilusión.
      —¿Cuántos días de vacaciones te quedan?
      —El mes entero, mas quince días de moscosos acumulados. Pero tengo que volver el domingo que viene para recoger a Juan.
      —Pues vamos a por él y te lo traes.
      —Vas muy rápido, amigo.
      —Ya veremos. El domingo que viene vas a ser tú la que no quiera irse.
      —Un aplauso por tu autoestima que está en todo su esplendor.
      —Ríete, ríete. El domingo hablamos.

       Llegaron al pueblo, Manu aparcó el coche cerca de un hotel, al inicio de la playa. Carol caminaba por una pasarela de madera hacia la orilla como si estuviera en trance. Como si el horizonte marino la atrajera hacía sí. Pisó la fina arena y se estremeció de placer. Se dio la vuelta para decirle a Manu que había encontrado el lugar donde esparcir sus cenizas el día que dejara este mundo hostil cuando el móvil de este comenzó a sonar.

      Después de unos minutos de conversación mientras caminaba en círculos, Manu colgó, se acercó a ella y le dijo:
      —Tenemos que irnos, lo siento. Era Chloé. Se han ido a Conil con unos amigos y estos se han largado dejándolas allí. Se han quedado tiradas, sin dinero para coger el autobús o un taxi.
       Carol suspiró mirando la playa, el mar, la preciosa arena blanca. La terraza del hotel donde había planeado pedir un mojito cortito de ron, pero cargado de hielo picado.

      De vuelta Manu estaba cabizbajo y taciturno; ella desilusionada.
      —No te preocupes, mañana volvemos —dijo él.
      —Tranquilo.
      —Tenía muchas ganas de retozar contigo en el agua.
        Ella sonrió con desgana.
      —Mañana.

       Cuando llegaron a Conil, Chloé le pidió que si podía sentarse delante.
       —Es que en el asiento trasero suelo marearme —le dijo.
       —Claro, no pasa nada.

       Carol se sentó detrás con la otra chica. No podría asegurarlo, pero le pareció que ambas se hacían un pequeño gesto triunfal. Empezaba a intuir que la hija de Manu no se lo iba a poner nada fácil…

No dejes de leer

0 comentarios