Los planes de Carol - 5

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La playa estaba cerca de la casa, Manu le indicó el camino que debía coger para que pudiera ir ella sola cuando quisiera. Pero en aquella ocasión debían ir en el coche, Manu llevaba las tablas y no podían cargar con ellas a pie.

            Carol se había puesto el bikini y un vestido playero que había comprado de última temporada. Cuando sacó la ropa de verano para hacer la maleta se quedó horrorizada. Tuvo que hacer una escapada de urgencia al centro comercial más cercano para renovar el fondo de armario veraniego. Pantalones de algodón dados de sí que utilizaba para bajar a la piscina comunitaria con el pequeño, bañadores de señora que escondían las formas redondeadas que había dejado el embarazo y que el gimnasio no terminaba de tensar. Ropa y calzado cómodo y aburrido. Cuando dejas de lado la vida social, la ropa que la acompañaba también deja de existir. Empiezas a comprar prendas que se adecuen con tu forma de vida, y la de Carol podía definirse como «casera rozando el modo ermitaño»

            Cuando entró en las tiendas que solía frecuentar se dio cuenta de que los cuarenta es una edad traicionera en cuanto a moda se refiere. Es difícil encontrar ropa que no te haga sentir una señora embutida en ropa juvenil, o una mujer joven embutida en ropa de señora.

            Al final optó por el bikini, pero de talle alto. Había ciertas prendas que ya no podría ponerse, como una mini braguita de bikini, no porque estuviera mal, sino porque la comodidad genera seguridad y la necesitaba para salir airosa de su viaje con Manu. Se resistía a pensar en él con alguna idea romántica. No dejaba de repetirse que había sentido tanta lástima por ella como para llevársela a la playa. Era un gesto de absoluta generosidad por su parte, solo eso. Manu era el tipo de hombre inalcanzable con el que soñaban mujeres como ella. Había excepciones como el actor Hugh Jackman y su señora, que hacían que la humanidad creyera en la famosa frase que cantaba la tetera de la Bella y la Bestia, que la belleza está en el interior y todas esas pamplinas que son muy populares, pero también son mentiras podridas. Los hombres guapos buscaban mujeres guapas. Los hombres como Manu, que estaban en una escala superior a los guapos, buscaban diosas de portada de revista. Y con ese planteamiento mental tan justo y sin contar con la opinión de Manu para nada, Carol iba cargadita con su bolsa de la playa y su saquito de prejuicios.

            Llegaron a la playa y descargaron las tablas en una enorme caseta con un cartel que rezaba: Escuela de Surf. Alrededor de ella había varios jóvenes vestidos con el traje de neopreno y preparando tablas y remos. Al ver a Manu todos se abalanzaron hacia él. Abrazos, risas, reencuentros. Todos le llamaban jefe, pero con cercanía y cariño. Carol sonrió para sí, era como el macho alfa de una manada. Ellos le miraban con admiración. Ellas, jóvenes y guapas le miraban con devoción, o eso veía Carol que empezaba de nuevo a dejarse llevar por sus pensamientos absurdos.
           —Chicos, me gustaría presentaros a alguien. Ella es Carol… una amiga—dijo mientras se sonrojaba ligeramente.
Todos pusieron cara de incredulidad. Manu no había ido jamás acompañado por una mujer a navegar, salvo por su hija. Ni siquiera su exmujer que nunca se interesó por el surf o sus variantes.
           Saludaron a Carol mientras se miraban entre ellos y sonreían.
           —Buscadle una tabla de principiante, va a ser la primera vez que ponga sus pies sobre una.
          Hubo una ovación entre jaleos y risas. «Te va a encantar» decía uno. «No podrás dejarlo» decía otro.
   
           Comenzaron a llegar niños con sus respectivos padres para la clase. Se acercaron todos a la orilla mientras colocaban las tablas y los remos. Manu había llevado a Carol a una clase de iniciación. La primera de la mañana, después había dos más para diferentes niveles. Intercalaban las clases entre el paddle surf, el kitesurf o el windsurf. Según las condiciones meteorológicas.

           Carol se dejó impregnar por el buen ambiente que fluía entre ellos. El sol, el mar. La arena fina y blanca bajo la planta de sus pies. Trataba de buscar en su memoria algún recuerdo que le hiciera sentir lo que sentía en ese momento. Estar con su hijo era algo que la llenaba, pero esto era otra sensación. Esas ganas de estar bien, de dejarse llevar, de divertirse… De vivir. Pero VIVIR con mayúsculas. Todavía no se había acercado al agua, ni había intentado subir a una tabla y ya estaba enganchada a esa sensación que proporciona ser parte de algo bueno y divertido.

           Manu se acercó a ella con el neopreno en la mano.
           —Ha llegado el momento. Tienes que ponértelo. Cuesta un poco al principio, es normal. No te preocupes, yo voy a estar contigo. Hoy la mar está tranquila, empezaremos haciendo travesía. Antes de entrar al agua, Juan os va a enseñar como debéis poneros en la tabla para conservar la estabilidad. Tengo que encargarme de unos papeleos, te dejo a su cargo. Estaré de vuelta en la orilla cuando vayáis a entrar al agua. Diviértete y échate kilos de crema por favor, que tienes blanco de ciudad.
          —Qué gracioso.
          —Lo sé.
          —Era una afirmación irónica.
          —También lo sé. Te pones muy guapa cuando vas de digna.
          —…
          —Anda, mira qué fácil es dejarte sin argumento —dijo Manu mientras le cogía una mano y se la besaba. Carol se quedó mirándole mientras se alejaba hacia la preciosa cabaña de la escuela de surf. Le costó mantenerse en pie por el ligero temblor de rodillas que le había producido el gesto galante y desfasado, pero encantador.

           Escuchó su nombre y se giró para comprobar que Juan la llamaba para empezar la clase. Se colocó el neopreno, no sin esfuerzo y comprobó que no había forma de estar mona con aquella prenda horrenda que se le comprimía la zona de la tripa y se le metía por el trasero, impidiendo que pudiera caminar bien. El sudor le resbalaba por la sien del esfuerzo que le había costado embutirse aquel traje maligno.
           Juan empezó la clase y Carol sintió que le iba a dar una lipotimia allí mismo. Por fin cogieron las tablas para adentrarse en el agua. Mantenerse en pie encima de la tabla mientras ésta reposaba en la arena le había resultado increíblemente fácil, creyendo que tenía un don especial para hacerlo, hasta que tuvo que intentar repetir la maniobra con la tabla flotando en la orilla.
           Empezó a tener complejo de pollo asado girando en el horno insertado en una varilla, de las veces que se revolcó en la orilla con el rebufo de las olas.

           Manu llegó junto a ella, se disculpó por la tardanza, el papeleo se le había complicado y le dijo a Juan que continuara con la clase.
           —Yo me encargo de ella.
          Y ella volvió a sentir el temblor de piernas. Cogió a Carol de la cintura y la sentó encima de la tabla.
           —Siéntate como un indio y no te muevas.

           Se subió delante y cogió el remo, con una destreza que la dejó boquiabierta. Navegaron por la orilla hasta casi el final de la playa. Manu dejó la tabla fuera del agua junto con el remo.
           —Vamos a nadar un rato, no conviene estar mucho tiempo secos con el traje. Puede darte un golpe de calor.
           —Está bien.
           —Estás preciosa con el traje.
           —¡Já! Preciosísima. Es una prenda del demonio.
           —¡Qué exagerada eres! Te acostumbras, ya lo verás.
           —¿Por qué das por hecho que esto va a gustarme?
           —Es una intuición, quizá no vestir con esto—. Dijo señalando el traje —Pero sí con la experiencia en su conjunto. Sé que no eres feliz, se nota en tu aura. Proyectas tristeza y eso no puede ser. ¿Qué te ha parecido hasta ahora?
           —Me ha gustado el ambiente, el mar. El aire en la cara mientras la tabla navega, pero lo has hecho tú. Es muy difícil.
           —Lo conseguirás y sentirás la misma sensación de libertad que sentimos todos. Sentirás que te fundes con el mar, que sois uno. Sentirás que puedes dominar el equilibrio, que la paz inunda cada uno de tus poros, y que lo que hay fuera del agua no importa. No daña, no afecta. Es el sitio perfecto para perderse, para ser plenamente feliz.

            Carol le miró impresionada incapaz de decir nada. La pasión que había puesto en cada una de sus palabras los envolvió. Él puso la mano al final de su espalda y la atrajo hacia sí. Con la otra mano sujetó su cara y la besó. Un beso largo y profundo, un beso cargado de ansia por parte de ambos, lleno de calor, húmedo. Que hizo que sintieran ganas de arrancarse el neopreno.

            Escucharon un carraspeo cercano y al volver a la tierra se dieron cuenta de que el carraspeo lo había hecho una mujer que los miraba con gesto reprobatorio rodeada de tres niños que se reían.
Salieron del agua un poco avergonzados, parecían dos adolescentes incapaces de controlar las hormonas y el deseo. Volvieron hacia la escuela para dejar el equipo, ambos sabían que la clase había terminado. Solo había una cosa que podían hacer en ese momento.

            Los cinco minutos de trayecto en coche hasta la casa se les hicieron eternos, Manu conducía al tiempo que su mano recorría el muslo de Carol.
           —Espera, espera. Llevo mucho tiempo sin hacer esto. Vamos a calmarnos un poco —dijo ella, apartando la mano.
           Él logró recomponerse. Llegaron a la casa, la agarró del brazo y entraron corriendo.

           Ella jadeaba boca abajo en la cama, desnuda, sudada y con el pelo revuelto. Él boca arriba, trataba de recuperar el aliento. No había sido especialmente romántico, ninguno lo necesitaba. A él le pudieron las ganas de materializar algo con lo que había estado soñando desde que la vio desayunando en aquel bar y ella… ella necesitaba quitar las telarañas de una zona cerrada por desahucio desde hacía mucho tiempo. No habían sido los múltiples orgasmos, el brutal sexo oral que Manu le había hecho, ni siquiera las embestidas salvajes y apasionadas. Había sido sentirse deseada, escuchar su nombre entre susurros y jadeos, sentir que su cuerpo recuperaba la vida, que todas las terminaciones nerviosas despertaban de su letargo. Volvía a sentirse mujer, aunque pareciera un cliché, el sexo le había devuelto la energía, el brillo, la autoestima, y las ganas de sentir emociones olvidadas.

          Carol se incorporó, miró a Manu y le dijo:
          —Gracias.
          —¿Me estás dando las gracias por el polvo?
          —Gracias por devolverme las ganas de vivir.
          Él se quedó sin palabras y la besó.
          —Gracias a ti por dejar que lo haga. Esto acaba de empezar, me queda mucho que darte.

          Ella sonrió confiada, pero a veces las ganas no son suficientes y el entorno no acompaña. Pero eso, lo descubrirían después…

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