Los planes de Carol - 4

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A pesar de la distancia en kilómetros, a Carol el viaje se le hizo relativamente corto. Que Manu le hubiera gastado bromas y se hubiera comportado con ella de manera natural, había conseguido que se relajase y consiguiera retirar un poco la coraza que siempre llevaba puesta. Llevaba mucho tiempo siendo autosuficiente, haciendo todo ella sola. Costaba compartir espacio con alguien, alguien que no demostraba ningún pudor para relacionarse, preguntar o tratar de acceder a lugares que ella había cerrado. En su cuadriculada mente todo debía estar ordenado en un lugar, todo debía cumplirse en su plazo establecido y ciertos comportamientos no le estaban permitidos. El viaje mismo, era un atrevimiento que jamás pensó que viviría. Pero estaba harta, harta de ser ella. Quizá no fuera tarde del todo para vivir un poco. ¿Quién iba a reprochárselo?
              El niño estaba con su padre, que era un inútil para casi todo menos para ser padre. Ese papel se le daba especialmente bien, además contaba con su familia para ayudarle. Podría estar tranquila durante una semana completa. No se lo había dicho a Manu, pero tenía la semana siguiente de vacaciones. De esos días que los funcionarios acumulan para su uso y disfrute y que ella no había ni usado, ni disfrutado. Después de estar el fin de semana en su casa, pensaba quedarse el resto de días por la zona. Buscar un hotel, alquilar un coche y recorrer la costa de Cádiz, de la que tanto había oído hablar por una de sus compañeras de trabajo que veraneaba en Caños de Meca y todos los años les daba la matraca con lo ideal que era todo. Tenía pensado aprender a vivir en soledad sin sentirse patética. Asumir que ya no tenía edad, ni ganas para rehacer una vida sentimental que nunca había funcionado. Quizá la tara venía de la infancia. De un hogar roto, de una madre controladora. De un padre promiscuo. Quizá debía dejar de buscar continuamente respuestas a porqués que ya no tenían sentido. Dejar de darle vueltas a la cabeza y disfrutar de la alegre compañía que le había brindado el destino. Alegre en sí misma y alegre de ver.

            —Llevas mucho tiempo callada. Falta muy poco. Es tarde, así que esta noche no da para más. Deberíamos acostarnos temprano porque mañana las olas nos esperan. He quedado a las nueve con el neopreno puesto.
            —¿Neopreno?
            —Sí, claro. Mañana tengo a primera hora una clase, luego soy libre todito para ti.
            —¿Una clase? ¿De surf?
            —Tengo una escuela para peques y todo el que quiera aprender. No puedo dedicarme a ella en exclusiva, tengo contratado dos profesores, que además son amigos y casi familia. Pero siempre que bajo me reservan una de las clases. Es algo que me encanta, enseñar a los niños, transmitirles la pasión por el surf. Los valores, el cuidado del mar que tanto nos da.
«Un surfero guapo y con conciencia medioambiental. Un martirio para una tarada e insegura como yo», pensaba Carol.

            Llegaron a la casa pasadas las doce de la noche. Estaba situada cerca de la playa de Valdevaqueros, a unos diez kilómetros de Tarifa. Entre el cansancio y la oscuridad, Carol no pudo disfrutar de la belleza que tenía ante sus ojos. La casa era de una sola planta, del tamaño perfecto para pasar desapercibida, no era un chalé descomunal, pero se intuía la decoración elegante, el cuidado de todos los detalles. El porche, el jardín, los muebles, todo cuidado con suma exquisitez.
Manu acompañó a Carol hasta una de las habitaciones de invitados. Por la decoración podría haber sido la habitación de un hotel. Cama de matrimonio, mesillas a juego con un pequeño escritorio.
            —Tengo muchas visitas —. Dijo Manu adivinando sus pensamientos —El baño es la puerta siguiente. Lo siento, pero las habitaciones con baño están cogidas. Una de ellas por mi hija, que está en esa edad que se pasa tanto tiempo metida en el baño que podría hacer una carrera universitaria dentro. La otra es la mía, si te atreves estaré encantado de compartirla contigo.
            —No te preocupes, es perfecta. Saldré al pasillo —contestó Carol ignorando el envite. Pero sonrojándose lo suficiente para que a Manu le apeteciera lanzarse encima de ella.
            —Genial, ¿tienes hambre?
            —La verdad que no, preferiría dormir.
            —Vale, descansa que mañana será tu primera clase de paddle surf.
            —¿De qué? —preguntó extrañada tratando de imaginar la manera de unir el padel con el surf. Ya le atormentaba la idea de llevar un traje de neopreno delante de la gente, pero encima tener que correr con él con una raqueta en la mano le parecía espantoso.
Manú se carcajeó en su cara.
            —No puede ser que estés pensando lo que creo que estás pensando, pero es que por tu cara no puedes estar pensando otra cosa. El paddle surf es una variante del surf, en la que navegas encima de la tabla ayudado por un remo. En estas playas no se puede hacer surf al uso, no hay el oleaje necesario, por eso practicamos paddle surf, kitesurf o windsurf. Vale por tu bufido entiendo que es demasiada información para ti a estas horas. Mañana te lo explicaré todo con detalle. Lamento emocionarme tanto, pero es una de mis mayores pasiones.
            —No, no. Discúlpame. Es que estoy agotada y no sé de qué me estás hablando. Mañana prometo estar más receptiva.
            —Humm, eso espero.
            —¡A la conversación!
            —Vale, vale. Buenas noches preciosa.
            —Buenas noches, Manu. Espera, quería darte las gracias por todo esto. El viaje, la casa… Es algo que nadie había hecho por mí nunca.
            —¿Nadie? Pero, ¿con qué clase de personas te has topado tú?
Carol sonrió con pesar, Manú se acercó y le dio un beso en la mejilla.
            —Descansa, voy a darte las vacaciones que te mereces. Esas que te va a costar olvidar. No te sientas mal, en parte es mi trabajo.
            —¿Esto lo haces con todas las clientas? —preguntó Carol con sorna.
            —Solo con las que me gustan de verdad —contestó Manu y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

             Carol permaneció un rato mirando la puerta sin verla. Tratando de ordenar la revolución de pensamientos que tenía en esos momentos. Sacudió la cabeza tratando de no caer en ellos y decidió desempaquetar la ropa para mantenerse ocupada. Metió la maleta vacía debajo de la cama y cayó rendida sin tiempo a pensar en nada más. El sueño la venció nada más rozar la mejilla con la almohada.

             Despertó con los primeros rayos de sol, había olvidado bajar las persianas de unas enormes puertas correderas de cristal que daban a una terraza de ensueño. Fuera de la habitación escuchaba el ruido de cubiertos en la cocina. Salió a la terraza y le llegó el aroma del salitre, el calor del sol templó todo su cuerpo y se dejó mecer por una suave brisa. Aquello era el paraíso. Campo y mar. Arena blanca a lo lejos y las primeras velas ondeando en las olas. Entonces lo sintió. La certeza absoluta de haber estado viviendo en una caja de cerillas. Encorsetada, enclaustrada en sus propias frustraciones. El paisaje había conseguido liberarla de tensiones absurdas e infundadas. Sentía que había rejuvenecido. Estiró los brazos al aire para dejarse llevar y gritó. Un grito gutural salido desde la misma entraña.

            Manu salió a la terraza desde otra puerta contigua alarmado por el grito. La vio con los brazos estirados, un camisón blanco que apenas le cubría los muslos. El pelo suelto, era la primera vez que no lo llevaba recogido en una perfecta y peinada coleta. La cara de recién levantada. Sintió de nuevo unos deseos irrefrenables de lanzarse hacia ella y abrazarla. Besarla y perderse por todos los pliegues de su piel. Carol advirtió su presencia y se volvió hacia él. Sonrió, con una sonrisa que Manu no había visto hasta entonces.
   
            —Buenos días. Esto es el paraíso.
            —Buenos días, ahora que estás tú en él, puedo decir que sí. Lo es.
Carol abrió los ojos y aterrizó de golpe. «¿En serio? ¿Acaba de soltar esa frase? Seguramente he tenido un accidente, estoy en coma y esto forma parte de una ensoñación. Tantos años de leer novela romántica me han trastornado el cerebro. No puede ser. No puede haber dicho eso».
     
            Manu se percató de su cara y se recompuso en seguida.
            —He preparado el desayuno y los trajes de neopreno. Tenemos que irnos.
            —Vale, ahora mismo salgo.

            Cada uno entró por su puerta hacia el interior de la vivienda. Carol pensando que no podía ser real, y Manu rezando para no haberla asustado, o algo peor, para que ella no pensará que era patético.
Durante el desayuno trataron de aliviar la tensión y se pusieron en camino, rumbo a su primera clase de paddle surf. Ella miró de reojo las tumbonas de la terraza y suspiró. Era el precio a pagar. No pudo intuir que estaba a punto de descubrir el sentido de su vida…

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