Los planes de Carol - 11

By 1:07 ,




Manu despertó aquella mañana con una sonrisa invadiendo toda su cara. Tenía el olor de Carol impregnado en la piel. Aquella morena bajita y de carácter extraño le había entrado bien adentro. No dejaba de pensar en ella, su pelo ondulado escondido en una coleta, queriendo pasar desapercibida. Toda ella trataba de esconderse, pero él se sentía agradecido por haber sabido verla y no pensaba dejarla escapar. Abrió los ojos para darle un beso, pero no estaba en la cama. Se levantó, la buscó por toda la villa y nada. Fue a coger el móvil cuando la vio por la ventana. Carol estaba de pie en la orilla, en ropa interior. Salió en su busca.

      —Me sorprendes, morena. No te tenía por una mujer de esas intrépidas que se bañan en bragas—dijo mientras se acercaba a ella.
      —Yo tampoco, pero este viaje está consiguiendo que haga cosas que nunca pensé que haría.
      —¿Cómo por ejemplo? —preguntó Manu con malicia.
      —Retozar contigo dentro del mar antes de que venga algún turista curioso.
      —¡Hecho! —contestó Manu cogiéndola por la cintura para entrar al agua.

      El agua salada golpeaba sus cuerpos, ella rodeaba la cintura de Manu con las piernas. Justo en el momento en el que iban a quitarse la poca ropa que llevaban vieron aparecer en la playa un grupo de personas. Salieron del agua y corrieron hacia la villa entre risas. Entraron en la habitación para terminar lo que habían empezado dentro del agua. El sexo entre ellos había cogido ese punto de confianza, de compenetración. Carol estaba enganchada a la sensación de tenerle dentro mientras él jadeaba y susurraba su nombre.
      Cuando terminaron exhaustos ambos, Manu dijo:
      —Deberíamos volver, hoy es el último día que voy a estar con Chloé y le prometí pasarlo con ella. Podíamos hacer algo todos juntos.
      —No me importa pasar tiempo con tu hija, pero la amazona de tu exmujer me hace sentir un duende feo y verde.
      Manu lanzó una carcajada.
      —Estás muy boba. No tienes nada que envidiarle.
      —Claro que no. ¡Bah! Ni la altura, ni el cuerpazo, ni ese color de ojos de extraterrestre. El pelazo de anuncio, ni esa forma de hablar tan cuqui. Nada de nada.
      —Sé cómo es y la atención que llama. Y también conozco su lado psicópata, egoísta y cruel. Puedes estar bien tranquila, tú tienes algo que ella no tendrá jamás.
      —Sí, se llama celulitis —contestó Carol.
Manú volvió a carcajearse.
      —No, es ese sentido del humor que me vuelve loco.
      —Está bien. ¿Qué plan has pensado? Porque no pienso volver a ponerme un traje de neopreno, que te quede claro —confesó ella.
      —Podíamos ir los cinco a pasar el día a Cádiz. Ir de compras, comer por allí. A media tarde tengo que acercarlas al aeropuerto a Jerez, está cerca. Y después los días serán nuestros. Quiero llevarte a navegar y a cenar a Vejer de la Frontera.
      —Y a Zahara de los Atunes, que no se te olvide.
      —No, no se me olvida. Nada de lo que estamos viviendo se me podría olvidar.
      —Mira que eres romántico —se burló Carol.

      Volvieron a casa y a pesar de que las circunstancias hacían prever todo lo contrario, Francine y Chloé los recibieron sonrientes. Tanto que sospecharon que algo tramaban. Manu les contó los planes y éstas los acogieron con júbilo.
      Tres horas de compras después, ambas seguían de lo más simpático. ¿Habrían enterrado las armas? O atacarían después con más saña. Carol las observaba con suspicacia. Comieron en un restaurante precioso en el paseo marítimo y tras pasear por el centro de la ciudad se fueron al aeropuerto.

      Mientras Manu facturaba el equipaje con Chloé y disfrutaban de un momento a solas padre e hija, Francine se llevó a Carol a un banco. La amiga de Chloé se sentó en el banco de enfrente.
      —No me gustas, pero parece que a mi hija sí. No me queda más remedio que aceptarte, por más que me pese. Pero estaré cerca, debo velar por el bien de mi familia —dijo Francine muy seria.
      —¿Me estás amenazando? —preguntó Carol alucinada.
      —Te estoy advirtiendo de que puedo joderte la relación si me lo propongo. Él te dirá que no, pero todavía tengo cierto poder. No me hagas ejercerlo.
      Carol la miró de arriba abajo con cierta incredulidad. Francine era muy guapa, pero si la mirabas bien podías apreciar que el esfuerzo que le costaba serlo no paraba el paso del tiempo. Era de esas mujeres que hablan, pero lo que dicen no corresponde con lo que gesticulan. Ella trataba de guardar una compostura que no tenía. Una seguridad que no sentía. Carol sintió pena. Seguramente había perdido al amor de su vida por no saber reconocerlo cuando debía, y ahora pasado el tiempo trataba de recuperar una posición que ya no le correspondía. Tras entender esto, Carol asintió. Dando a entender a Francine que se sometía a su advertencia, en el fondo era lástima. Prefería que volviera a París sintiéndose vencedora. Concediéndoles el beneplácito, por el simple hecho de no tenerla incordiando.

      Manu y Carol esperaron a que las tres pasaran el control de seguridad hacia la zona de embarque. Salieron del aeropuerto y pusieron rumbo a sus vacaciones soñadas. Tenían seis días para ellos solos. Días que llenaron de besos, de risas, de idílicas playas como Bolonia. Cada noche se quedaban dormidos después de hacer el amor. Manu cumplió y la llevó a Zahara, a navegar. A cenar al precioso pueblo de Vejer de la Frontera con sus calles empedradas.
      Llegó el domingo y con él la certeza de que el sueño se terminaba. Vuelta a Madrid, a la rutina, a la prisión de los horarios y sus agendas. Carol despertó entristecida con la idea de que había sido una relación de verano imposible de mantener en la ciudad.

      Cuando llegaron a la puerta de casa la melancolía se había adueñado de ella. Trataba de sonreír, pero no podía.
      —Debimos quedarnos y no volver —dijo Manu.
      —Tengo un chiquitín, recuerda.
      —Vayamos a por él y bajemos allí de nuevo.
      —Tengo un trabajo, también. Y una casa, una vida —contestó Carol.
      —Que no te gusta nada.
      —Cierto —confesó ella.
      —Algo podremos hacer. En Cádiz habrá Seguridad Social, ¿no? Pide el traslado.
      —Pero no te conozco. Cambiar toda mi vida por alguien que apenas conozco me parece una locura.
      —Quedarte en una zona de confort sin confort es la locura —sentenció Manu mientras se acercaba para besarla —. Sigo y seguiré aquí. Y aprovecharemos cada vez que podamos para bajar a la playa y haremos más viajes. Sé que eres reacia a dejarte llevar. Te demostraré que esto no es algo pasajero.

      Carol se bajó del coche sin estar convencida del todo, aunque con el firme propósito de intentarlo. A la media hora de estar en casa sonó el timbre, por fin llegaba su pequeño.

      A la mañana siguiente llevó a Juan al colegio. «Mamá estás diferente», le había dicho en la puerta al despedirse. Al llegar al trabajo lo mismo, «¡qué guapa estás!», «¡qué morena!», «estás radiante», «en el desayuno nos lo cuentas todo».

      Pero lo que ellas no sabían es que en el desayuno les esperaba una sorpresa. Cuando estaban las cuatro sentadas en la mesa de siempre, las compañeras de Carol la sometieron a un interrogatorio.
      —Tú nunca te habías ido de vacaciones sin decirnos donde ibas y menos a una escapada de aventura. Ya nos estás dando detalles —dijo una de ellas erigiéndose portavoz de las demás.
      Carol sonreía, antes del viaje hubiera esquivado las preguntas. Se hubiera excusado mientras se levantaba para volver al trabajo. Pero Juanito tenía razón, se sentía diferente. No solo por Manu, no se trataba de la relación en sí. Manu le había enseñado a verse. A darse cuenta de que podía disfrutar de la vida a pesar de todo, de la edad, de la maternidad…
      —Mira que sois cotillas y qué más os dará. He estado en la playa, al final no me atreví con el puenting, demasiadas emociones. Aunque he tenido otras —sonrió para sí dispuesta a no revelar nada más.
      En ese momento entró Manu en la cafetería y sin mediar palabra se acercó sonriente a ella.
      —Hola morena. ¡Qué guapa estás! —la cogió del brazo para levantarla de la silla y se acercó para darle un beso en los labios. Ella sonrió con cara de boba y las compañeras se quedaron boquiabiertas —. Encantado. Si no os importa os la robo que tenemos que planear la siguiente escapada.
      Las guiñó el ojo y sacó a Carol del local.
      —Mira que eres malo —sonrió Carol mientras entraban en la agencia de viajes —. Pero, ¿dónde vamos? ¡Qué tengo que volver!
      Ambos se reían y se besaban dentro del despacho de Manu.
      —Quince minutos y tengo que irme —dijo Carol mirando a Manu embelesada.

      Ese fue el primer día de trabajo de muchos. Carol no volvió a desayunar con sus compañeras. Aprovechaba cada minuto que podía para escapar a la Agencia de viajes. Manu la recogía a la salida de la oficina. Conoció a Juan y se enamoró de él al instante. No todo fue un campo de flores, de vez en cuando Francine hacía su aparición estelar y ambos tenían que armarse de paciencia y lidiar con ella y sus neuras. Pasado el verano, Carol solicitó el traslado a Cádiz, si se lo concedían Manu dejaría a su fiel empleada encargada del negocio. Solo tendría que viajar a Madrid cada quince días.
Era una locura digna de cometer, pensaba ella. Alquilaría su piso y se iría a vivir cerca del mar, otro sueño cumplido. El de enamorarse también estaba tachado.

      Nunca es tarde si mantienes los ojos abiertos, si lo intentas. Si te concedes la oportunidad de ser feliz. Esta historia queda pausada, habrá otras. Millones de corazones deseando encontrarse. No sabemos si en el caso de Carol y Manu hay un final, o un para siempre. Dentro de un tiempo nos asomaremos de nuevo a su vida y nos enteraremos. Por ahora sabemos que van a pasar el verano de sus vidas.


-FIN-




No dejes de leer

0 comentarios