Los planes de Carol - 10

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Cuando Manu y Carol abandonaron el restaurante la noche se había instalado por completo. Una suave brisa nocturna les envolvió.
      —No tengo ninguna gana de volver a esa casa con la loca de mi ex campando a sus anchas —confesó Manu.
      —No volvamos. Vayamos a tomar una copa y alarguemos la hora de volver.
      —Me parece genial, pero se me ha ocurrido algo mejor. Las discotecas no es que me entusiasmen mucho. Déjame hacer una llamada.

      Manu se retiró a llamar por teléfono mientras Carol caminaba hacia el final de la calle para contemplar el mar. Miraba el reflejo de la luna sobre el agua al tiempo que se dejaba impregnar por el olor a sal. Diez minutos después aparecía Manu para contemplar la escena junto a ella.
      —La luna está casi tan preciosa como tú —Carol le miró con cierta suspicacia, no terminaba de creerse que esas afirmaciones fueran de verdad—. Ya podemos irnos —dijo él triunfal.
      —¿Dónde? —preguntó Carol intrigada.
      —Es una sorpresa. Vamos, morena.

      Se montaron en el coche, Manu conducía y Carol observaba por la ventana muerta de la curiosidad. «¿Dónde irían?» No estuvieron en marcha ni diez minutos. Manu giró por una carretera hacia una de las playas más conocidas de Tarifa. A pesar de que era de noche, la luna iluminaba lo suficiente para poder observar la belleza del lugar, aunque sin todos los matices. Manu detuvo el vehículo delante de un edificio. Una imponente palmera en la entrada les daba la bienvenida a lo que parecía un hotel. El edificio era de color anaranjado o rojizo, la iluminación tenue no dejaba ver bien las tonalidades. Entraron y un amable recepcionista les saludó.
      —Buenas noches.
      —Buenas noches, mi nombre es Manuel Rodríguez.
      —Acaba de llamar Don Alberto, señor Rodríguez. Aquí tiene la llave de su estancia personal. Él no llega hasta el lunes de la semana que viene, puede disponer de ella hasta entonces.
      —No hará falta, gracias. La emergencia nos mantendrá alejados de casa tan solo por una noche.
      —Es la villa al final del sendero.
      —La conozco. Muchísimas gracias —contestó Manu mientras cogía las llaves.

      Salieron al exterior del edificio y caminaron por una pasarela de madera que discurría en medio de un jardín en dirección hacia la orilla. Al final del recinto se veía una pequeña casa rodeada de la vegetación necesaria para concederle intimidad.
      —¿Intentas impresionarme? —preguntó Carol divertida —. No te hacía falta. Ya me tenías bastante impresionada.
      —Verás, no me imaginaba de juerga toda la noche, ni haciéndote el amor entre susurros porque las orejas que tendríamos alrededor podrían escucharnos. Esta era la mejor solución.
      —Pagar una habitación de hotel, teniendo una preciosa casa aquí cerca es tirar el dinero —afirmó Carol haciendo gala de su sensatez.
      —Primero; no estoy pagando nada. El dueño del hotel es íntimo amigo mío. Segundo; espera a ver esto antes de opinar.
      Cuando Manu abrió la puerta, a Carol se le escapó un gemido de placer. Placer visual. La villa no era muy grande, tan solo tenía una habitación, un salón con una pequeña cocina americana y un baño. Pero estaba decorada con un exquisito gusto y sencillez. Tenía pocos muebles, pero eran de una madera preciosa. La cama kingsize y coronando en medio del baño una bañera de hidromasaje redonda para perder el sentido. Además, en tan solo los diez minutos que habían tardado en llamar, habían colocado una cesta de frutas en la barra que separaba la cocina del salón. En el baño también había dos cestas llenas de productos de baño: geles, espuma de baño, jabones. En la encimera una cubitera con un Dom Perignon enfriándose dentro y dos copas altas. Junto con una caja de bombones en forma de corazón. Parecía que estuvieran en una isla paradisiaca celebrando la luna de miel.
      —Este Alberto es un capullo de los grandes —dijo Manu al leer una nota que le había dejado al lado de la cubitera.
      —Y, ¿todo este despliegue conquistador? —preguntó Carol cogiendo un bombón.
      —Es la primera vez que le pido un favor como este. Ha debido imaginar que la ocasión lo merecía.
      —Pero, ¿qué le has dicho?
      —Que iba a pedirte matrimonio —contestó Manu muy serio.
      Carol se quedó estupefacta. Palideció y sintió que le temblaban las piernas.
      —¿Cómo? —alcanzó a preguntar con un hilo de voz.
      Manu se dobló de la carcajada que soltó. Se dobló de manera literal, mientras no podía para de reírse.
      —¡Serás gilipollas! —exclamó Carol al tiempo que le tiraba un bombón a la cabeza.
      —¡Au! ¡Me has dado de lleno! ¡Qué puntería tienes, jodía! —Manu seguía riéndose sin parar —. Perdóname, te lo pido por favor. Me lo has puesto a huevo. Te has quedado blanca como un fantasma.
      —Eres un capullo inmaduro.
      —Por favor, no te pongas así. Solo he tenido que decirle la verdad, que había invitado a casa a la mujer más maravillosa del mundo y había venido Francine a tocarme los cojones. No ha hecho falta nada más, Alberto es un gran amigo —dijo Manú mientras abría la botella —. Ven, brindemos por la paz.
      —Este agravio te va a costar caro —sentenció Carol mientras bebía. Era la primera vez que probaba el famoso Dom Perignon y se bebió la primera copa del tirón, entraba solo —. Esto está cojonudo.
      —Despacio, morena. No he preparado todo esto para tenerte inconsciente. A ver, ¿cuál va a ser mi castigo?
      —Humm, déjame pensar… Enterrarte entre mis muslos y lamerme entera hasta que yo te diga que basta.
      —Castigo aceptado —dijo Manu mientras se acercaba y le soltaba el pelo —. Pero primero vamos a llenar la bañera.

      Manu preparaba el baño con espuma mientras Carol se llenaba otra vez la copa. No tenía costumbre de beber alcohol, así que a la tercera copa sentía un ligero mareo, la sonrisa floja y la lengua de trapo. Manu salió del baño para buscarla y sonrió al verla.
      —Ni una más, morena. Que ya tienes cara de borracha.
      —¿Yo? ¡Qué va! Achispada, que diría mi padre —musitó Carol con una sonrisa burlona.
      —No mientes a tu padre, por favor. Si ese señor viera las guarradas que voy a hacerle a su hija ahora mismo se bebería la botella de golpe.

      Manu se acercó a Carol y le quitó la copa de la mano. Le levantó los brazos y le sacó el vestido por la cabeza. La cogió de la mano y la llevó al baño. La bañera burbujeaba llena de espuma que desprendía un olor a flores delicioso. Manu había colocado velas alrededor, por el suelo, en el lavabo.
      Carol se descalzó mientras Manu se quitaba la ropa. Cuando ambos se quedaron desnudos uno frente al otro, ella no pudo evitar morderse el labio inferior al contemplarle. La piel tersa y morena de Manu era de lo más apetecible.
      Entraron a la bañera y la temperatura del agua hizo que ella se estremeciera de puro gusto. Ligeramente templada, casi fría, contrarrestando el calor de junio. Él se sentó y la atrajo hacia sí consiguiendo que sus cuerpos encajaran.
      Se dieron un largo y profundo beso. Caliente, húmedo, saboreándose, aspirando el cálido aliento de sus bocas. Carol sentada encima de Manu sintió que el beso había sido suficiente para que ambos estuvieran preparados. La primera vez que iba a tener una experiencia sexual acuática. Demasiadas primeras veces estaba experimentando con Manu. Se dejó llevar, apagó el interruptor mental y simplemente se abandonó al placer. Sin contenciones o razonamientos.
      Manu pagó su deuda tres veces durante el resto de la noche. Carol se sentía rejuvenecer con cada orgasmo, sentirse tan deseada elevaba su autoestima a niveles estratosféricos, por no hablar del hecho de que el sexo libera tal cóctel de hormonas que te hace sentir más vivo que nunca.

      Amaneció con los primeros rayos del sol. Contempló maravillada las vistas a través de la ventana de la habitación. Los árboles que rodeaban la villa, las palmeras, el mar de fondo. Manu dormía plácidamente a su lado. Se deslizó al suelo para no despertarle. Buscó la ropa interior, el vestido y salió descalza hacia la orilla. No había nadie. Se quitó el vestido, se sumergió en el agua y dejó que las olas la mecieran con su movimiento rítmico. Nunca se había planteado qué era para ella la felicidad, simplemente se dejaba llevar por la rutina de los tiempos. Las agendas, los horarios. El trabajo, el colegio. No se había preguntado cómo sería sentirse plenamente feliz. Seguramente era un concepto que no existía, la felicidad plena, pero en aquellas aguas gaditanas, con el rumor del viento y la sal en su piel, supo que estaba muy cerca de serlo.

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