Percepciones

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                                                                                 Imagen: Elena Casero Viana


A veces los ojos nos muestran una imagen nítida de lo que tenemos delante. Vemos de manera clara y objetiva toda la composición, todos los objetos colocados de una forma concreta, aunque no seamos capaces de averiguar cuál es la realidad que se esconde tras ellos. Aquel día caminaba por el pueblo sin detenerme demasiado en las capturas que hacían mis retinas. La jubilación me había dado otra perspectiva del mundo, otro ritmo. Ya no tendría que tratar las enfermedades mentales que me rodeaban, pero eso no me eximía de tener que lidiar con ellas a diario. A diario, sí. Porque estaban ahí, en cada esquina. Patologías no diagnosticadas que me producían la necesidad imperiosa de abstraerme de todo y de todos. Por eso elegí aquella población de tan solo cincuenta y seis habitantes. Podría catalogarlos en pocas semanas y controlaría sus acciones o más bien sus posibles acciones, pudiendo vivir tranquilo de una vez por todas.

Aquella casa… aquella escena me perturbó de nuevo. Hizo que temblaran mis propios cimientos. ¿Sería factible? ¿Sería ella?

Laura se escapó de la planta de psiquiatría del Hospital Universitario una madrugada del mes de septiembre del año 97. Yo era su médico. Tras una infancia difícil se casó y trató de ser madre de forma desesperada para dar todo el amor que a ella le habían arrebatado. Después de nueve abortos enloqueció. Recogía muñecos rotos del contenedor y los colgaba de las paredes. El marido se marchó, no soportó ver cómo ella poco a poco perdía la razón. Todos los muñecos tenían nombre y con todos hablaba durante horas. Cuando la ingresaron, el único familiar que le quedaba, un tío lejano, los tiró todos a la basura. Si no la manteníamos sedada, lloraba desde el alba hasta el anochecer. Era un llanto desolado y desgarrador.

La buscaron durante días, pero no apareció. Jamás pude olvidar sus ojos color miel y su mirada vacía, rota. Como la de los muñecos.

De la casa salieron dos chavales con una escopeta de balines y dispararon contra los muñecos que colgaban de la valla exterior. Volví a la tierra y salí corriendo de allí, no fuera que un balín perdido me terminara de joder el día.

Da igual lo que uno se retire, los recuerdos te persiguen como una maldita plaga. Para eso no hay tratamiento posible, bueno sí. Un buen narcótico. Esos siempre los tengo a mano…

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