Los planes de Carol - Primera parte

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Carol soñaba despierta, algunas noches cuando estaba metida en la cama justo antes de dormir, imaginaba que saltaba a un escenario donde la esperaban setenta mil personas que gritaban y coreaban su nombre. Soñaba que era una gran diva del pop. Nunca se había atrevido a contárselo a nadie, con ocho años podía causar ternura, pero con más de cuarenta era bastante patético. Ni siquiera tenía una gran voz, pero ella sabía que en su interior habitaba una diva.

     Cuando era adolescente tenía la idea absurda de que su vida sería emocionante, se sentía especial, diferente. Pero los años fueron apagando sus anhelos, hasta convertirlos en algo común con el resto de personas que la rodeaban. Tras un par de rupturas amorosas, llegando a los treinta, el único anhelo que de verdad tenía era convertirse en madre. Ansiaba tener un bebé. Después de estudiar un módulo de administración, opositó para un puesto de trabajo en la Seguridad Social. Algo seguro que le ocupara poco tiempo hasta que llegara ese guiño del destino. Quizá ya no sería cantante, pero podría casarse con uno. Un tipo carismático con una carrera de ensueño que se enamoraría perdidamente de ella y la llevaría de gira por todo el mundo. Ella solo se dedicaría a subir fotos a Instagram y dar envidia de lo increíble que era su vida.

      Pero ese sueño nocturno tampoco se cumplió. Aprobó las oposiciones y entró a trabajar en la oficina número 13 del Instituto Nacional de la Seguridad Social en la calle de Cedaceros de Madrid. Lejos de sentir alegría, pensó que ese número trece era un mal presagio y que además le había tocado el centro de Madrid, en vez de un barrio tranquilo. Allí pasaron sus mañanas de varios años concediendo bajas por maternidad, pensiones a los jubilados y comprando a escote regalos a las compañeras que se casaban o anunciaban embarazos. Al menos conservaba sus andares de diva, sus tacones de siete centímetros y la talla 38 a base de machacarse en el gimnasio. Su lema era: "Moriré sola rodeada de gatos, pero fabulosa".

     Con treinta y cinco, deshojando días en el calendario intuía que se le acababa el tiempo. Necesitaba encontrar un candidato para ser madre. En la boda de una de sus compañeras de trabajo terminó enrollándose con un primo del novio. Algo más joven que ella, sin trabajo y que todavía vivía con sus padres. Un hombre sin futuro inmediato que cuando se enteró que estaba embarazada se coló en su casa cual ave de rapiña a vivir del cuento. Y qué por supuesto en sus planes no constaba ejercer de padre como tal, delegando a Carol todas las tareas que demandaba el bebé. Algo que no la importó en absoluto porque desde que nació su pequeño la vida se tornó maravillosa y no existía nada más.

     Hasta que ese rollizo y perfecto bebé mutó en un muchachito mal hablado y desobediente de cinco años. Harta de educar sola al pequeño y aguantar al gandul, se rebeló y le puso de patitas en la calle. Al gandul, claro. Organizada la custodia, se encontró con un montón de horas al mes para ella sola, tantas que no sabía qué hacer con ellas. Los desayunos en el trabajo de los lunes posteriores a un fin de semana sin hijo, se le antojaban insoportables.

     —Estuvimos de fin de semana rural, fue espectacular —decía la perfecta e insoportable Cecilia.
     —Nosotros fuimos a cenar a ese restaurante de moda del centro, después unas copas y el domingo barbacoa con unos amigos —comentaba Ruth, con ese aire de tengo un novio cañón que me envía flores al trabajo y os morís todas de envidia.
     —Nosotros llevamos a los niños al parque de atracciones. Fue un día familiar perfecto —contaba Carmen. Con ese tono de gallina clueca, madre de cuatro polluelos de pelo rubio perfecto.

      «Pues yo me he atiborrado de carbohidratos viendo series sin parar. Me he despertado en el sofá con el cuello torcido y el hilillo de baba colgando sobre el cojín. Me he bebido todo el
vino que había por la casa, incluido el de cocinar. Y he lamentado mi patética existencia».

     —El fin de semana genial, tengo que irme chicas, se me acumula el trabajo —. Y así terminaba su aportación al asunto.

      Uno de los sábados de vino y series no pudo más. Agarró el teléfono y se descargó una aplicación de citas. Al menos podría darle un gusto al cuerpo. Empezó a buscar candidatos. Buscaba hombres anuncio, modelos masculinos de portada de Vogue, ya que iba a ser algo físico, quería lo mejor.

      Descartados los hombres anuncio, porque no había ni uno.  Buscó hombres con cuerpos esculpidos en el gimnasio. Al tercero que vio enseñando abdominales en un espejo de cuerpo entero con la bolsa en la mano, se desencantó. Ese tipo de hombre se gusta demasiado, no iba ni a mirarla.
Pasó a buscar hombres de sonrisa amable, pero la mayoría rondaba los veintitantos años. Le quedaban los de más de cuarenta y casi todos eran del corte de sus compañeros de trabajo. Para eso no necesitaba una aplicación de móvil.

      Dejó de buscar y esperó intrigada por ver a qué tipo de hombre podría interesarle. El primer mensaje llegó a los diez minutos de publicar su anuncio.

       «Hola, eres muy guapa. ¿Qué buscas? Aquí hay muchas estrechas disfrazadas de valientes» Sintió repulsión y fue a buscar otra copa de vino. Encendió la tele al tiempo que desinstalaba la aplicación del móvil.


Manu también soñaba despierto. Llevaba exactamente una semana haciéndolo, pero en su caso era por las noches, por las mañanas y cada vez que veía salir o entrar a Carol por la puerta de la oficina número trece de la Seguridad Social.

    Manu era el dueño de una agencia de viajes en la acera de enfrente. Un local diferente, dirigido a los amantes de los deportes de aventura, el surf y los viajes menos convencionales. Conservaba ese aspecto juvenil de surfero asiduo a las playas de Tarifa, a pesar de ser un responsable y separado padre de una adolescente.

      El día de la inauguración entró a desayunar en el bar que había justo al lado. Fue la primera vez que la vio. Sentada con varias personas permanecía ajena a su alrededor. Tenía la mirada perdida a través del cristal de la ventana. Era evidente que miraba más allá de la calle, del tráfico o del caminar de la gente. Sonreía de manera forzada, tratando de guardar una apariencia de serenidad. Manu captó su desasosiego, debía conocerla. Tenía que conseguir que esa mujer sonriera de verdad. Pero, ¿cómo? Ella ni había reparado en su existencia.

      Había que trazar un plan, no quería el típico intercambio de teléfonos para invitarla a cenar y conocerse. Debía ser algo más impactante. Necesitaba un cómplice, alguien de su trabajo. Manu lo ignoraba, pero aquella primera vez que vio a Carol, fue el objeto de conversación a lo largo de la mañana en la oficina.

      —¿Habéis visto a ese tío que estaba en la barra? ¿el del moreno playero? —dijo una de ellas.
      —Yo he visto como entraba en la agencia de viajes nueva. ¡Ay! yo me iba de viaje con él donde quisiera —parloteaba otra.
      —Le he pillado un par de veces mirando a nuestra mesa. Porque tengo marido que si no... —afirmó Carmen con cara de lujuria.
      —Sí, seguro que querría irse de viaje contigo y tus cuatro vástagos —se burló Ruth mientras Carmen le ponía mala cara. Carol permaneció ajena a la conversación y volvió a su mesa.

      Los días fueron pasando, en los desayunos ya no hablaban de otra cosa que no fuera el misterioso hombre con pinta de surfero que desayunaba en el mismo bar. Empezaba a cogerle manía y eso que ni siquiera había reparado en su aspecto. Le daba vergüenza mirarle delante de la panda de arpías que tenía por compañeras y que estaban convencidas de que una de ellas le gustaba.

     Los fines de semana con el niño pasaban rapidísimo, agradecía tenerlos, permanecía distraída sin tiempo para pensar. De nuevo era lunes, pronto llegaría el fin de semana sin su pequeño. Algo tenía que hacer para distraerse, quizá algún curso. La relación con el gandul cada vez era peor, todo eran pegas con el niño. El trabajo cada día se le hacía más asfixiante y la falta de planes estaba consiguiendo sumirla en una permanente tristeza. De repente unas palabras rebotaron en su cabeza: «Agencia de Viajes» ¿Por qué no? Podría planear una escapada para ella sola. Desconectar, hacer algo diferente. Decidido, iría a la Agencia de viajes ese mismo día.

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