Los planes de Carol - 3

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Manu sonrió por el guiño que acababa de hacerle el destino, él planeando cómo acercarse a ella y ella llegando hasta él de manera fortuita y casual. Ahora solo debía esperar, si Carol se atrevía a ir con él a Cádiz, desplegaría todos sus recursos para conquistarla.

         Carol estaba nerviosa y distraída. Quería ir, quería olvidar lo obvio: que no le conocía, que se alojaría en la casa de un extraño. Que ya no era una jovenzuela para cometer ciertas locuras. Pero, ¿cómo rechazarlo? La alternativa era pasar sola todo el fin de semana atiborrándose de guarrerías y maldiciendo su cobardía.
«¿Acaso le debo rendir cuentas a alguien?» se preguntaba. Tan solo a sí misma. «¿Por qué esa absurda costumbre de vivir pensando en el qué dirán?». En ese mismo instante lo decidió: no se perdería ese viaje por nada del mundo. Cogió la tarjeta que le había dado Manu y le envió un Whatsapp:

          «Cuenta conmigo. Quedamos el viernes en mi casa, no quiero que nos vean los buitres de mi oficina, no me dejarían vivir»

          Le dio la dirección y los nervios de la incertidumbre dieron paso a la emoción del viaje.

          Manu trasteaba en la cocina mientras preparaba la cena cuando escuchó el pitido del móvil que le avisaba que había recibido un whatsapp. Un presentimiento le invadió por completo, «es ella» pensó. Corrió al teléfono y una sonrisa triunfante se le dibujó en el rostro. Carol aceptaba.

         —¿Un ligue? —preguntó su hija intrigada.
         —No sé exactamente qué es, pero esta mujer se me ha metido bien adentro.
         —Uy, uy, uy. ¿Cuándo me la presentas?
         —El viernes. Se viene con nosotros a Tarifa.
       Chloé se llevó la mano a la boca asombrada, su padre no había llevado a ninguna mujer a su casa de retiro. Su lugar sagrado, realmente esta mujer debía ser importante.
         —Sé lo que piensas y no puedo explicártelo. No ha pasado nada entre nosotros, pero ella tiene algo que la hace especial. Quiero descubrir qué es. Ahora vamos a cenar y deja de reírte de tu padre, que te lo veo en los ojos.
         —No me río, papá. Pero verte enamorado de una desconocida es muy tierno.
         —¡Anda calla!

         El viernes a las cuatro en punto de la tarde Manu esperaba en la puerta de Carol, impaciente. Carol vivía en uno de los barrios modernos y de reciente construcción a las afueras de la ciudad. Grandes avenidas pobladas de pequeños arbolitos incapaces de dar sombra. Calles urbanizadas sin viviendas, viviendas a medio construir, farolas sin cables. La imagen era desoladora. La puerta se abrió y salió Carol arrastrando una maleta con ruedas. Manu se bajó del coche, se dieron dos besos mientras él aprovechó para aspirar su perfume y metió la maleta en el maletero del coche.
        —Creí que habías dicho que nos acompañaría tu hija en el viaje —preguntó ella extrañada.
        —Yo también, pero le ha surgido algo de última hora y ha preferido viajar mañana con un grupo de amigos. No la culpo, viajar con su viejo padre o con un grupo de amigos. No hay color.
        —No la verdad que no —afirmó ella.
        —Se suele decir: yo no te veo viejo y esas cosas—. Carol sonrió.
        —Bueno es evidente que más viejo que ella eres—le dijo.
        —No me lo vas a poner fácil, ¿eh? —dijo Manu.
         Carol se sonrojó y contestó con una media sonrisa. Manu arrancó.

         Dos horas y media después el coche se detuvo en una vía de servicio. Carol escuchó un carraspeo y supo enseguida que se había quedado dormida. Se rozó levemente la comisura del labio rezando para que no se le hubiera caído la baba. Rezaba también por no haberse quedado dormida con la boca abierta. Después de comprobar que la baba había permanecido donde debía estar, se disculpó.

         —Lo siento muchísimo. Los viernes por la tarde estoy rendida.
         —No te preocupes, haces unos divertidos sonidos mientras duermes que me han hecho compañía. Son como ronquidos leves.
         —¡Mentira! Yo no ronco.
         —Mira, mira. Te he grabado y todo —Manu le enseño un video en el que salía profundamente dormida y se oían los ronquidos. Se bajó indignada del coche y fue hacia la entrada del bar.
         —¡Espera! ¡Era una broma! —«así que esto era exactamente a lo que se refería Chloé: papá no todo el mundo entiende tu humor absurdo.»

         Entró corriendo al bar y vio a Carol sentada en una de las mesas pegadas a la ventana. Tenía los brazos cruzados y la boca apretada.
         —Perdóname, solo era una broma —le dijo poniendo cara de no haber roto un plato—mira lo borro ahora mismo. Ya está.
         —Me has grabado mientras dormía, pareces un adolescente. Es ridículo. No he debido venir.
         —Tienes razón, ha sido algo absurdo. A veces hago estas tonterías, no me lo tomes en cuenta. Por favor. Te invito a merendar lo que quieras.

         Carol se quedó mirándole, Manu sonreía con sus dientes perfectos y la cara de súplica. Los ojos color miel entornados, ella se deshizo por dentro. Hacía mucho tiempo que no tenía un hombre tan guapo cerca. Pensándolo bien, no recordaba haber hablado con un hombre así en su vida. Parecía sacado de la portada de Men´s Health. Con más de cuarenta años conservaba ese toque juvenil y fresco que empezaba a volverla loca. En ese momento fue consciente de que algo no encajaba. Ese hombre podía tener a su lado a la mujer que quisiera, ¿por qué ella? No le había dicho nada brillante o divertido. Ni siquiera le había mirado en la cafetería mientras sus compañeras coqueteaban todas con él. Y ahora la llevaba a pasar unos días a Cádiz. Era todo raro, muy raro.
         —Me estás mirando mal —dijo Manu de repente.
         —¿Yo? No.
         —Sí, sí. Me mirabas como si me estuvieras poniendo verde.
         —¡Qué no!, solo trataba de averiguar qué pasa por esa cabeza tuya, para gastar esas bromas de quinceañero teniendo casi cincuenta años.
         Manu se llevó la mano al pecho fingiendo un infarto.
         —¡Arg! Me has matado. ¿Cincuenta? ¿En serio aparento cincuenta años? Acabas de hundirme. Con el esfuerzo que me cuesta aparentar diez menos y me has echado diez más de golpe.
         Carol se reía manteniendo una pose de digna.
         —¿Diez más? Ja, ja, ja. Permíteme que me ría. Serán cinco más.
         —Cuarenta y dos, tengo cuarenta y dos, vamos a dejarlo ya porque este es un tema que me jode y mucho. Cada vez me cuesta más seguir el ritmo de mi gente cogiendo las olas. Envejecer es una putada.
         —No envejecer lo es más.
         —Cierto. ¿En serio aparento cincuenta?
         —No, solo quería hacerte sufrir un poco, por haberme grabado roncando. Ahora sí estamos en paz, empecemos de cero. Quiero un café y un sándwich mixto. Gracias.

          Manu sonrió y le guiñó un ojo.
         —Me gusta tu estilo. Voy a por ello.

         Mientras se alejaba camino de la barra, Carol se quedó absorta mirándole el culo. Paladeando el momento. «¡Ay!, qué calores me esperan»


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