Los planes de Carol - 2

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Manu había decidido estudiar las posibilidades con las que contaba. Debía elegir a una de las compañeras con las que desayunaba Carol para que fuera su cómplice. Por fin había descubierto su nombre.
 
      «Carol, hija, cada día estás más sosa» le había dicho una de ellas. Comentario que la descartaba de forma automática para el plan. Realmente, si se ponía a pensarlo con objetividad tenía que descartarlas a todas. Algo había observado cuando coincidía con ellas en el desayuno que no acababa de gustarle. No era un ambiente distendido o agradable, ella estaba incómoda.

      No le quedaría más remedio que acercarse a ella de manera convencional, esperarla a la salida del trabajo e invitarla a tomar un café.
Sentado en el despacho, distraído con sus pensamientos escuchó la puerta de la calle, pero no se preocupó por mirar quien era. Elena, su empleada se haría cargo.
      Cuando levantó la vista la vio, sentada en la mesa de Elena sonreía de manera educada. Era Carol, su Carol. «¿Tuya?» Se rio solo por la estupidez de su propio comentario y salió del despacho.

      —Buenos días.
      —Buenos días —contestó ella.
      —Pasa, que te atiendo en mi despacho.
      —No hace falta, gracias. Ya me están atendiendo.
      —Lo siento, pero Elena tiene que salir ahora mismo a hacer un recado y no puede atenderte —. Elena le interrogó con los ojos, aunque debió intuir que se trataba de la mujer de la que no dejaba de hablar desde que se habían mudado a ese local. Se levantó, cogió el bolso y se disculpó con ella. Le echó una última mirada a su jefe que significaba que después tendría que darle alguna explicación.

       Carol se levantó y pasó a su despacho. Manu le ofreció la mano y se presentó. Ella devolvió el gesto. Justo en el momento que sus manos se rozaron, él sintió ganas de atraerla hacia sí y besarla. Pero pudo controlarse.
      —Bueno, cuéntame. ¿En qué podemos ayudarte? —le dijo poniéndole su mirada más seductora.

       Carol se quedó mirándole extrañada. No entendía qué acababa de ocurrir, pero aquel hombre guapo la miraba de una forma tan intensa que le era imposible aguantar su mirada. Quizá en otro tiempo, le hubiera seguido el juego, pero ahora se sentía incapaz. No se reconocía, era como si hubiese perdido toda su esencia, su fuerza, su valor. Aunque no entendía el porqué. Librarse del patán del padre de su hijo no le había supuesto ningún duelo. No tenía el corazón roto. Era la soledad la que la estaba consumiendo. Estaba convencida de que a su edad no conseguiría rehacer su vida e imaginarse todas las noches sentada en el sofá viendo la televisión sola la tenía hundida. De repente se dio cuenta de que se había quedado absorta en sus divagaciones con Manu delante. Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los ojos de Manu que la miraban fijamente. Él sonreía con una sonrisa plácida.

     —No sé dónde acabas de viajar, pero el viaje que tengo que proponerte te aseguro que será infinitamente más interesante —dijo bajando el tono de la voz. Carol sintió un escalofrío. No podía dejar de mirarle. Se quedó atontada mirando los labios carnosos de Manu que la sonreían con una sonrisa perfecta. La camisa le quedaba ceñida y ajustada a unos brazos musculosos tan perfectos como la sonrisa. No podía estar pasando. Seguro que malinterpretaba las señales. Aquel hombre no podía estar coqueteando con ella de manera tan descarada.

    —Tengo un hijo —fue lo único que se le ocurrió decir. Se puso roja como un tomate y bajo la mirada sabiendo a ciencia cierta, el ridículo espantoso que estaba haciendo.

     Él sonrió, aquella mujer adorable y muerta de la vergüenza le estaba causando mucha ternura.

     —Yo también. Bueno una hija. Chloé se llama. Mi ex mujer es francesa.
     —Es un nombre muy bonito. El mío se llama Juan, por su abuelo. No es tan exótico —.  «¿Pero, qué te está pasando?».
     —Muy bonito también. Bueno dime, ¿quieres hacer puenting, rafting, escalada, surf?
     —¿Eh?, no no. Quería hacer una escapada rural.
     —Perfecto. Tenemos varios paquetes multiaventura en la montaña.
     —¿Multiaventura? Pero yo había pensado en algo más sosegado, tipo retiro espiritual. Spa, paseos al atardecer.
     —No has mirado el letrero de la puerta antes de entrar, ¿verdad? —dijo Manu.
     —Es una agencia de viajes, ¿no?
     —Sí y no. Estamos especializados en viajes de aventuras. Deportes de riesgo, esas cosas.
     —Vaya —dijo Carol al tiempo que se levantaba —lamento haberte hecho perder tu tiempo.
     —Espera, espera. Algo podremos hacer. Verás, sé que no es lo mismo, pero si lo que quieres es escapar de la ciudad unos días, el viernes por la tarde bajo a Tarifa. Allí tengo una casa preciosa cerca de la playa. Vamos a quedar un grupo de amigos para hacer surf, alguna barbacoa y poco más. Algo tranquilo, podrás bañarte en el mar. Es gente sana y agradable. Va a haber niños, puedes traerte al tuyo.

     Carol se quedó con la boca abierta. Fin de semana en la playa rodeada de surferos. ¿Le apetecía? ¡Por dios! ¡Claro! Se iría ahora mismo. Pero, ¿no era un abuso? Acababa de conocerle. No parecía un tipo peligroso. ¿Qué hacía? ¡Quiero ir! ¡Quiero ir! ¡Quiero ir! Le gritaba una y otra vez su chillona y desagradable voz interior.

     —¿Estás pensándolo? O es que te va a dar un ictus. Se te ha torcido un poco la boca.
     —¿Eh? ¡Ah! Sí, perdona. Estaba pensando, discúlpame. Es un plan muy tentador. El fin de semana que viene mi hijo está con su padre, entre quedarme sola viendo la tele o irme a la playa contigo, que desde luego estás muy pero que muy bien, pues no debería producirme ninguna duda, pero claro, no te conozco de nada. Me parece un poco abuso meterme en tu casa. No tienes pinta de violador asesino, pero, aún así, me da algo de corte.

      Manu no pudo reprimir la risa. Carol parloteaba sin parar, como si el grifo de palabras y pensamientos se le hubiera abierto de golpe. Ella se dio cuenta y se quedó callada.
      —Lo siento —alcanzó a decir.
      —Tranquila, me gusta la gente que se atreve a decir lo que piensa. Entiendo tus preocupaciones, pero si te lo ofrezco es porque de verdad quiero que vengas. Puede ser muy divertido. Atrévete mujer. Te dejo mi teléfono, piénsalo y dime algo antes del viernes.

      Carol cogió la tarjeta, se despidieron y volvió a la oficina. Tenía la sensación de ir flotando mientras caminaba. La sonrisa tonta de su cara la delataba. Algo había pasado, nada más entrar las compañeras saltaron a su encuentro como aves carroñeras, menos mal que ya habían cerrado la atención al público, hubieran sido capaces de dejar a la gente plantada en las mesas.

      —¿Qué ha pasado?
      —¿Le has visto?
      —¿Es simpático?
      —Al final, ¿dónde te vas? ¡Has tardado mucho!
      Las preguntas volaban a su alrededor.
      —Me ha atendido una chica muy amable. Me ha dado unos folletos y tengo que pensar dónde voy. Quizá a hacer puenting. Tengo que terminar unas cosas, lo siento chicas ya he perdido mucho tiempo.

       Se dio media vuelta, caminó hasta su mesa alegrándose de haber cogido los folletos al salir e imaginándose con Manu sentada en una hoguera playera como en las películas americanas.

       «¿Iría? Qué pregunta más tonta Carol, qué pregunta...»

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