La maleta II

By 6:05 ,

                                                                                  Imagen: Rosa Martinez.


(Este es el desenlace del relato que encontrarás aquí)


Cuando llegué a casa continuaba temblando. ¿Cómo era posible? ¿Había perdido el juicio? Respiré despacio tratando de tranquilizarme. Debía haber una explicación racional y tenía que encontrarla.
Busqué en las pertenencias que conservaba de mi padre, no encontré nada. De haberlo sabido mi padre no hubiera dejado allí abandonada a la muñeca. ¿O tal vez sí?
Debía volver a la casa. Pero solo con pensarlo me estremecía de miedo.

      Pasaron los días, me volqué en la rutina disfrazándola de falsa normalidad. En el trabajo no conseguía concentrarme y por las noches tenía pesadillas en las que aparecía la muñeca, me suplicaba que fuera a buscarla mientras lloraba desconsoladamente. No pude soportarlo. Reuní el valor y fui de nuevo al pueblo. Al llegar, bajé del coche y me quedé contemplando la casa. La misma que me llenaba de recuerdos agridulces.

      Entré y fui directa al armario. Cogí la maleta sin abrirla y salí corriendo de nuevo hacia el coche. Tuve la idea absurda de que quizá el embrujo estaba dentro de aquellas cuatro paredes. Quizá si sacaba la muñeca de la casa se convertiría en una muñeca sin más.

      Al llegar a casa, dejé la maleta encima de la mesa y dudé por un instante. Podía guardarla en el trastero sin abrirla. Con el tiempo seguro que me olvidaría de ella. Fue entonces cuando escuché el llanto desconsolado, como en las pesadillas. Sentí una profunda tristeza al escuchar sus sollozos dentro de la maleta.

     Me acerqué y la abrí.
     —¡Has vuelto! —me dijo entre lágrimas.
     —Lamento haberte dejado allí. Sentí mucho miedo al ver cómo hablabas.
     —¿Doy miedo? Solo soy una niña. Me llamo Rocío.
     —Hola Rocío. Yo me llamo Ana. Podrías hablarme de ti. ¿Cuándo conociste a mi abuelo? —La tristeza de la muñeca había conseguido serenarme.
     —¿De verás no sabes quién soy? —me preguntó la muñeca con sus intensos ojos negros mirándome fijamente.
     —No cielo. Lo siento.
     —Me llamo Rocío Sanz del Castillo. Nací en 1935. Tu abuelo era mi padre. A los siete años me puse muy malita. El médico les dijo a mis padres que iba a morir. Una noche sentí que ya no tenía fuerzas y me dormí. Cuando desperté tenía este cuerpo. A los cuatro años nació otro niño, pero nunca me dejaron verlo. Madre ya no jugaba conmigo. Me olvidó y solo me cuidaba padre. Creo que padre no quiso a ese niño.
    —Ese niño era mi padre —. Dije en alto, incapaz de asimilar las palabras que acababa de escuchar. ¿Cómo? ¿Cómo mi abuelo había podido conservar el alma de su hija moribunda? Era imposible y sin embargo allí estaba la muñeca hablando y moviéndose.
    —Busca. En uno de los bolsillos de la maleta hay un cuaderno para ti. La otra vez te fuiste tan rápido que no pude dártelo —dijo la muñeca.

    Mientras buscaba, otro de los muñecos se movió.
    —No te asustes —dijo Rocío—ellos no hablan. Me los hizo padre para que no me sintiera sola, pero son solo muñecos. No son niños como yo.

    Sentí un escalofrío. La pobre se creía que era una niña de verdad. Tantos años encerrada conservando su alma, su ser. Sufriendo sin recibir atención o cariño. Maldije a mi abuelo. Perder a un hijo debía ser algo terrible, pero tenerlo encerrado era mucho peor. De una crueldad inimaginable.

    Encontré el cuaderno. En la primera página había una carta para mí.

         «Hola Ana,

Te escribo estas líneas envuelto por un dolor con el que llevo cargando demasiado tiempo. Lamento tanto haberme aferrado a ella. Conseguí algo que parecía imposible, pero he pagado un alto precio por ello. Perdiendo el amor de mi esposa, de mi querido hijo y el tuyo. Tuve la oportunidad de sanar su pérdida, pero elegí un camino equivocado. Mi mujer, tu abuela, siempre creyó que ella era fruto de un acto endemoniado y no quiso volver a verla.

Te estarás preguntando cómo logré hacerlo. Está todo anotado, también la forma de acabar con ella. Es algo que yo no he sido capaz, tu padre tampoco quiso saber nada, me tomó por un loco y se fue distanciando de mí, hasta que entre nosotros quedó un abismo insalvable.

Sé que no es justo cargarte a ti este peso tan grande. Pero ella es una víctima inocente de toda esta locura. Hay un chamán al que debes buscar, si él ya no pudiera ayudarte, busca en su tribu. El viaje es largo, pero te ayudaran a sacar todo el poder que tienes dentro para acabar con ella o vivirá encerrada para siempre.

Me hubiera gustado mucho haber sido el abuelo que nunca fui.

Siempre te querré.»

    Miré a Rocío sintiendo una punzada de dolor. No tenía el valor suficiente para terminar con su existencia. Toda la familia rota por una mala decisión, por querer conservar algo contra natura. Quizá podría ir a ver al chamán, pero no para acabar con ella. Quizá había alguna manera de arreglarlo, de concederle la vida que le habían arrebatado. ¿Qué sería de ella cuando yo no estuviera?...


    Han pasado ocho años desde que me llevé la maleta a casa. Tiempo que he necesitado para apartarme de todo lo conocido hasta ese momento. Tiempo necesario para asimilar los acontecimientos. Hoy por fin reúno el valor para poder contarlo. Viajé con Rocío en busca de respuestas. Logré vender las tierras de los abuelos y con ello pude costear el viaje. Recorrimos parte de África buscando la tribu del chamán. Fueron días oscuros en los que me sentí perdida. Me arrepentía una y otra vez por haber abandonado mi vida. Aquello era una locura.

    Después de todo tipo de contratiempos logramos encontrar la tribu. Sorprendentemente el chamán vivía. Recordaba a mi abuelo y a la pequeña Rocío. Hablaba varios idiomas, entre ellos el mío. Todo un personaje extraño. Nos obligó a vivir con ellos un tiempo. Me acostumbré a la aldea, a su ritmo de vida. Su jovialidad, su manera sencilla de resolver los conflictos. También me acostumbré a Rocío, dejé de verla como un objeto raro y animado. Hablaba y se comportaba como una dulce niña de siete años. Deseosa de aprender y recibir cariño. Una noche dos hombres de la aldea vinieron a buscarme. Me llevaron ante el chamán. Tenía los ojos negros, no se veía ni un ápice del blanco del globo ocular. Se me heló la sangre. Su aspecto daba verdadero miedo.

      «Ha llegado el momento», dijo.

    Me obligaron a beber un brebaje y a tumbarme en el suelo. Aparecieron sombras a mi alrededor que emitían un murmullo, una especie de letanía, de rezo. Lo siguiente que recuerdo fue despertar en un banco del aeropuerto de Lagos, en Nigeria. Tenía un billete en la mano con destino a Londres y una nota en la mano que ponía en un perfecto castellano:

       «No vuelvas jamás, cuídate. Sana y olvida»

    No había rastro de la maleta, ni de Rocío. Una tristeza me embargó por completo. ¿Qué le habrían hecho?

    Volví a casa. Me encerré durante una semana. No quería saber nada del mundo exterior. Los remordimientos me devoraban la conciencia. No debí llevarla. La echaba tanto de menos. Había perdido el trabajo por no incorporarme después de los días de permiso, la casa, el barrio, los rostros conocidos me angustiaban. Vendí todas las propiedades y los muebles. Cambié de país. Rompí con todo lo conocido. Encontré un trabajo como profesora de español y me establecí en un pequeño pueblo cerca de Estocolmo. Tan solo habían pasado tres meses desde mi regreso de África. Todo había sido milagrosamente sencillo. Como si el destino me guiara hacia el lugar donde tenía que ir. La venta de la casa de mi padre, la mía. El trabajo en Suecia.

    Todo había sucedido tan rápido que no me di cuenta de que mi cuerpo sufría cambios. Empecé a encontrarme mal de repente y acudí al médico. Me hicieron varias pruebas, me puse en lo peor. Quizá había contraído alguna enfermedad en África.

     —Enhorabuena —dijo el doctor —Está usted embarazada.

    Enmudecí del asombro. Llevaba más de un año sin tener relaciones después de una ruptura dolorosa. Cuando el médico me preguntó por el último periodo e hizo los cálculos del tiempo de gestación, palidecí.

    Volví a casa convencida de que nacería un bebe negro fruto de una violación mientras estuve inconsciente. ¿Qué otra explicación podía haber?

     Me sentía estúpida, a pesar de la forma tan horrible en la que había sucedido, sentía paz y felicidad. En ningún momento se me pasó por la cabeza interrumpir el embarazo. En mi interior reinaba una sensación de milagro. Tiempo después entendí el porqué.

    Seis meses después nació un bebé precioso y sano. Era una niña de tez blanca. Nada más verla lo supe. Era Rocío. El chamán le había concedido una segunda oportunidad y la tendría conmigo. Un regalo maravilloso que nos había hecho a ambas.

    Hace mucho tiempo que he dejado de buscar los porqués. Rocío tiene ocho años, es una niña feliz y risueña. Ella no es consciente de su pasado y yo no regreso a él en busca de respuestas.

    «Sana y olvida».

    A veces es tan sencillo como seguir caminando.




No dejes de leer

0 comentarios