El viaje

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                                                                                       Imagen: Constantina


"Sigue el camino de baldosas rojas hasta el final, encontrarás la puerta que buscas"

No dejaba de escuchar esas palabras en mi cabeza, tan solo habían pasado doce segundos desde que el señor mayor las había pronunciado. Yo no buscaba una puerta, en realidad vagaba desolada buscando consuelo. O paz, o lo que sea que curara un corazón solitario. Harta de la soledad y de ser invisible, había decidido desaparecer para siempre. Aunque no sabía cómo hacerlo. Quizá un billete de avión solo de ida a Australia. Nadie, absolutamente nadie me echaría de menos.

Lo extraño no era que el señor supiera mis motivaciones al caminar, lo inquietante es que ni siquiera le había preguntado. Muerta de curiosidad seguí sus indicaciones. El camino de baldosas terminaba en una escultura enorme de la que colgaban paraguas abiertos. Tres personas esperaban haciendo fila, mientras otra saltaba para coger uno de los paraguas.

De repente volví a ver al anciano a mi lado, sonreía y me señalaba la fila.
"Ve y espera tu turno".

Vacilé un segundo y me coloqué en la fila. ¿Qué tenía que perder? Justo en ese momento la persona que saltaba consiguió agarrar el mango del paraguas, este empezó a ascender y desaparecieron entre las nubes.

Los paraguas se movieron, giraban, cambiaban de posición. Como las fichas de dominó al barajarlas. El siguiente en la fila entró y comenzó a saltar para coger otro de los paraguas. La misma escena una y otra vez hasta que llegó mi turno.

La curiosidad se había apoderado de mí siendo más fuerte que el miedo. Cuando los paraguas pararon su movimiento salté lo más alto que pude. Conseguí llegar hasta uno de los paraguas y sentí una emoción desmedida. Una sensación de libertad y felicidad como nunca había sentido.

Me agarré fuerte al mango mientras el paraguas atravesaba un conjunto de nubes. Al cabo de unos minutos descendió hasta llegar al suelo. Un grupo de personas esperaban mi llegada. Me recibieron con sonrisas y abrazos. Estaba abrumada. No me conocían, pero me besaban y saludaban.

Me acompañaron hasta una pequeña casa de piedra. Uno de ellos me explicó que sería mi nuevo hogar. Podía escoger entre varios trabajos en la aldea: mecer a los bebés, escuchar a los abuelos o bailar con los jóvenes.  

"¿Estoy muerta?" Conseguí preguntar.
"Estabas muerta, pero en vida" fue la respuesta.

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