La visita

By 7:07 ,



Mamá, hay alguien en la casa abandonada.
No es posible. ¿Quién va a querer entrar ahí dentro?
La veo, está asomada a la ventana del piso de arriba y me saluda. Es guapa.

Laura corrió a la ventana. Era imposible que allí dentro hubiera alguien, pero Sofía no solía mentir.

No veo nada. No hay nadie, cielo.
Y entonces, ¿por qué está la persiana levantada? preguntó extrañada Sofía.
Eso es cierto, esa persiana lleva años cerrada. ¿Quién la habrá abierto?
Mamá, ¿por qué no vamos a saludar? Parecía muy simpática.

Aunque toda su sensatez se concentró para alertarla y evitar que cruzaran la calle, la curiosidad fue más fuerte. El timbre no funcionaba, la puerta cedió, aunque los hierbajos se aferraban al hierro impidiendo que la puerta pudiera abrirse sin forzarla. Lo extraño, pensó Laura, es que no estaban arrancados o aplastados por el paso de alguien. Quienquiera que fuera que hubiese entrado en el interior, no había accedido a la propiedad por la cancela principal.

El sol de la mañana iluminaba la casa, aunque esta seguía teniendo un aspecto lúgubre por el abandono. Al cruzar el porche la madera crujió y ambas se sobresaltaron. Laura tuvo un resquicio de lucidez, agarró a su hija del brazo y la arrastró de nuevo hacía la puerta de salida.

Pero mamá, no podemos dejarla allí dentro sola.
¡Vámonos! Esta casa quedó maldita hace muchos años y no pienso entrar.

Cuando llegaron a la puerta, los hierbajos estaban de nuevo intactos. Tenían el mismo aspecto que cuando habían llegado, antes de entrar. La puerta estaba cerrada, pero ambas recordaban haberla dejado abierta. Lo siguiente que sucedió fue tan rápido que ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar.

Algo las cogió por detrás y las arrastró hasta el interior de la vivienda. Cayeron en el recibidor. La puerta se abrió el tiempo justo para que ambas entraran y se cerró de golpe sin apenas hacer ningún sonido. Sofía temblaba y se acurrucó al lado de Laura, que trataba de mirar a su alrededor, buscando qué o quién había tirado de ellas. Tardó unos segundos en acostumbrar los ojos a la penumbra, hasta que la vio bajando despacio por las escaleras. Llevaba un vestido negro ceñido a la cintura. Reconoció el vestido al instante. No podía ser. El pelo rubio y ondulado caía por sus hombros. Estaba realmente guapa, a pesar de que el rostro había cambiado ligeramente a como lo recordaba. La mirada tenía una expresión diabólica que le hizo estremecerse.

Laura pestañeó tratando de tranquilizarse, aquello no podía estar ocurriendo de verdad. Seguramente se trataba de una de las tantas pesadillas que la habían atormentado desde que pasó el trágico suceso.
Hola Laura dijo la mujer—. Tienes una hija preciosa.

Su voz no era normal, sonaba con un eco sordo, inhumano.
Sofía miraba atónita, incapaz de articular palabra y Laura devolvió el saludo en un susurro.

Hola Esther.

Sabía que era imposible que aquello estuviera sucediendo. Y, aun así, empezaba a tener la certeza absoluta de que era real.

No tengáis miedo. No voy a haceros daño, pero debéis estaros muy quietas y no hacer ningún ruido. Vuestra vida depende de ello.

La voz y la última frase aterrorizó a Laura, que se esforzó por no demostrar ni un ápice de ese miedo. Sofía la miraba suplicando ayuda y ella le sonreía transmitiéndole toda la tranquilidad que podía.

En el exterior se escuchó el sonido de unas ruedas de coche aproximándose por la calle. Laura había contemplado varias veces la posibilidad de abandonar aquel lugar recóndito donde había pasado toda su vida. La casa familiar, el terreno. Pero se veía incapaz de vivir en otro sitio. La casa abandonada formaba parte del entorno y se habían acostumbrado a cohabitar con ella. Los animales, los caballos. No podía llevárselos a otro sitio, y tampoco quería venderlos. Era su hogar y con los años desechó la idea de dejarlo. Cuando su matrimonio fracasó, regresó con Sofía y vivieron con el abuelo hasta que este falleció.

No esperaba visita, los martes no recibían ningún pedido, así que no se imaginaba quien podría ser. Tuvo el impulso de gritar para pedir ayuda, pero los ojos de Esther que debieron intuir sus pensamientos se le clavaron en los suyos, al tiempo qué hacía un gesto con el dedo índice en los labios, pidiéndole que guardara silencio.

Es él, viene a matarte dijo.

El vello se le erizó al tiempo que se le contrajo el estómago. No necesitaba más información, apretó a Sofía muy fuerte y le susurró que no hiciera ruido.
Después de un tiempo que se le antojó eterno, escucharon la cancela abrirse. La curiosidad por volver al lugar del crimen había podido con él. Laura se levantó corriendo y escondió a Sofía en el armario del hall. La niña suplicaba con los ojos inundados de terror.
No te muevas, cariño. Volveré a por ti. No hagas ningún ruido.

Laura miró a Esther, de repente había reunido un coraje que desconocía que tenía.
No puedo salir susurró con esa voz tan extraña —. Tienes que conseguir que entre por propia voluntad y podré llevarlo conmigo al infierno.

Laura sabía que con solo verla allí dentro iría a por ella. Si no hubiera sido por su testimonio, él, perfecto marido de Esther, se hubiera librado de la cárcel. Había montado una coartada irrefutable, salvo por un pequeño detalle: la vecina e íntima amiga de su mujer había sido testigo del cruel asesinato. Ella intuía que él querría vengarse, pero jamás pensó que le soltarían.

Laura respiró hondo y se colocó en el enorme ventanal del salón. Entonces le vio, acercándose despacio por el jardín. Contemplando su alrededor con una expresión de repugnancia en el rostro. Al verla, echó a correr al interior de la casa.

¡¿Dónde estás zorra?! He soñado cada día con tu cara. ¿No dices nada? Antes hablabas de más.

Esther salió de la penumbra y cerró la puerta de golpe. Laura observaba la escena escondida en el quicio de la puerta del gran salón. Él había palidecido. Una mancha de orín bajaba por la entrepierna. Estaba paralizado.
No, no puede ser consiguió decir con voz temblorosa.

Esther miró un segundo a Laura mientras le decía «gracias», se abalanzó sobre él que empezó a chillar enloquecido, el suelo se abrió a sus pies y desaparecieron.

Laura corrió al armario donde había escondido a Sofía que temblaba de miedo. La cogió en brazos y salieron de allí.

Al salir por la puerta, se dio la vuelta para contemplar por última vez la casa.


Gracias a ti.

No dejes de leer

0 comentarios