Celia

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Se llamaba Celia en honor a su bisabuela, mujer que nunca llegó a conocer, pero que la marcó desde la cuna. Todos veneraban a la abuela Celia, tanto que fue imposible superar su estela. La abuela Celia era capaz de cantar como los mirlos, guisar deliciosas recetas que nadie había podido reproducir. Era alta, morena, con unos intensos ojos azules que eran capaces de hipnotizar a cualquiera y tan guapa que tenía pretendientes por toda la comarca.

Cuando Celia nació no fue consciente del enorme peso que significaba llevar ese nombre. Algo sospechó a punto de cumplir cuatro años cuando la llevaron al oftalmólogo porque la profesora le dijo a su madre que le costaba mucho ver la pizarra. Así fue como descubrieron la miopía galopante que padecía y le pusieron sus primeras gafas rosas con corazones.
A Celia le encantaban sus gafas porque limpiaban el mundo.
—¿Sabes mamá?
—Dime cariño.
—Mis gafas son mágicas. Limpian las cosas y hacen que se vean brillantes y bonitas.

Su madre se enternecía, pero la abuela de Celia al verla hizo un mohín de repugnancia.
—Nuestra familia ha gozado siempre de una vista envidiable. Eso es el resultado de mezclarte con sangre de esa calaña—dijo.

«Esa calaña» era su padre. Un honrado y cariñoso hombre, que trabajaba como registrador de la propiedad y que a su abuela siempre le había parecido poca cosa. Bajito, con una incipiente calvicie y con esas enormes gafas. No entendía que había visto su hija en el sieso de su yerno. Si no tenía suficiente con eso, además era el hijo del peor hombre que ella había conocido. Hombre que había roto su corazón años atrás, y al cual no había sido capaz de perdonar.

Ahora la ingrata de su hija la obligaba a tener que verlo en los eventos familiares, con aquella estirada que tenía por mujer. Lo que Adela ignoraba, es que Eduardo, su yerno, era un hombre bueno que adoraba a su hija y la trataba como nadie lo había hecho. Y que esta, al enterarse de quien era su padre, había colocado a Eduardo en el primer lugar de la lista de muchachos que la cortejaban. Pues si algo le gustaba en el mundo, era fastidiar a su odiosa madre.

Celia creció en un pueblo pequeño, donde todos se conocían. Tuvo que acostumbrarse a las frases que escuchaba al pasar: «Hay que ver esa niña que feita es» «No se merece ese nombre»

Así fue como Celia se acostumbró a ser una sombra. Era feliz en casa con su padre y con su madre, que se volcaron con ella al ver el rechazo que producía. Hasta que llegó al mundo el nuevo miembro de la familia. La pequeña Vera.

La genética había sido muy generosa con Vera, pues además de heredar todas las bondades de la bisabuela, incluidos esos penetrantes ojos azules. Y un precioso cabello negro ondulado. También había heredado el desparpajo y la gracia del abuelo Miguel. Convirtiendo a Vera en un ser adorable, que captaba la atención por dondequiera que fuera.

A pesar de todo, Celia amaba a Vera, y Vera amaba a Celia. Los cinco años que las separaban, no habían conseguido distanciarlas, más bien lo contrario. Celia cuidaba de su hermana pequeña, le contaba cuentos, la peinaba y jugaban durante horas. Vera admiraba a su hermana mayor. Siempre le contaba historias de valientes princesas que solas podían vencer dragones sin necesidad de presumidos príncipes. Celia había desarrollado una poderosa autosuficiencia, acostumbrada a conseguir todo por sí misma. Había encontrado todo lo que le negaban en los libros, y había desarrollado una inteligencia portentosa.

Cuando Celia cumplió doce años fue completamente consciente de los peligros que acechaban a la pequeña Vera. Una tarde ambas jugaban en el parque, cerca de casa. Su madre no solía dejarlas solas, pero había olvidado llevar la merienda y se ausentó unos minutos, dejando a Celia al cuidado de su hermana.

El monstruo debía estar observándolas, porque no tardó ni dos segundos en aparecer, tras la marcha de su madre.

Vera, sentada en el columpio no le vio venir. Pero Celia, frente a ella, sí vio cómo se acercaba con paso rápido y decidido hacia ella. Los ojos muy abiertos, por la boca le caía un fino hilo de baba, que pudo detener relamiéndose mientras no quitaba los ojos de Vera.

—Celia, pequeña. Tienes que contarnos todo lo que ha pasado—preguntaba el policía, tratando de no asustarla más de lo que ella ya estaba. Temblaba de espanto. Su madre no dejaba de llorar y su padre caminaba de un lado al otro de la habitación, arrastrando los pies, haciendo un ruido rítmico y monótono que distraía a Celia, incapaz de concentrarse.

El policía tenía una voz dulce que conseguía serenar a Celia. Hablaba tranquilo y sonreía. Celia le pidió si podían hablar ellos dos solos, porque sus padres estaban muy nerviosos y no ella podía hablar si los veía sufrir.

Aquello impresionó al policía, que les pidió a los padres de la valiente Celia, que abandonaran la habitación. Otro de los policías les acompaño a la habitación contigua donde podían ver qué estaba pasando, pues había un cristal oculto.

Ya estamos solos pequeña, puedes contarme qué ha pasado.
—¿He hecho algo malo? —preguntó Celia con la voz temblorosa.
—No te preocupes por eso ahora. Cuéntame.

«Vera y yo jugábamos en el parque. Mi madre hacia ganchillo en un banco. A Vera le encanta el columpio, dice que parece que vuela como un pájaro. Yo prefiero quedarme en casa y leer, pero como a ella le gusta tanto, vamos todas las tardes. Mi madre se fue a buscar nuestros bocadillos y yo me quedé al cuidado de Vera, porque ya soy mayor.

Justo cuando mi madre entró al portal, vi aparecer al monstruo. Tenía forma de hombre, pero la cara de demonio. Lo supe enseguida, ¿sabe? Supe que iba a hacerle algo malo a Vera, porque corría hacia ella mientras se relamía. Me recordó a mi padre cuando mi madre cocina el cordero que comemos el día de Navidad. No puedo explicárselo bien, pero mi padre se pone una servilleta en el cuello y pone la misma cara que traía el demonio. Como si quisiera comérsela. Me asusté. Iba a lastimarla. Lo sabía.»

Celia guardó silencio y agachó la mirada. El policía le ofreció agua. Tras unos minutos, pudo continuar:

«La agarró por la cintura. Vera se sobresaltó y empezó a chillar. Sus alaridos se me han metido aquí dentro, ¿sabe?» Dijo señalándose la cabeza, angustiada. El policía asentía.

«Me levanté y corrí tras ellos. Él monstruo la llevaba cargada al hombro y ella pataleaba desesperada. Yo gritaba socorro, pero no había nadie. Y entonces la vi. No puedo explicarle mucho más, porque no lo recuerdo bien. Vi esa enorme piedra, no me dio tiempo a calcular su peso, solo sé que pude cogerla y lanzarla. No lo pensé. Simplemente lo hice. La piedra se le estampó en la cabeza y el monstruo cayó de boca, aplastando las piernas de Vera. Algo viscoso le manchaba el pelo. Creo que era sangre, aunque no sé si los demonios tienen sangre. Lo que sí sé es que el monstruo pesaba más que la piedra, porque me costó muchísimo sacar a Vera de debajo de su cuerpo.

Ella me miraba horrorizada y me abrazaba tan fuerte que me hacía daño. Mamá dice que está en el hospital con la abuela. Pobrecita, después de lo que ha pasado tiene que quedarse con ella. Mi abuela es un poco monstruo también, ¿sabe? Aunque con Vera es más simpática que conmigo. Ahora, ¿puede decirme si el demonio está muerto? No quisiera que volviera nunca».

—Tranquila, el demonio no volverá a molestaros. Has sido muy valiente. Tu hermana tiene mucha suerte de tenerte.

—Pues haga el favor y se lo dice a mi abuela cuando la vea…

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