Rutinas

By 8:58 ,

                                                                                             We heart it

La misma calle de siempre. El bullicio, el humo que salía del tubo de escape de los coches parados en el semáforo. La cafetería de José Manuel llena hasta los topes de vecinos ansiosos por su dosis de cafeína diaria. El cielo gris de febrero. El columpio oxidado con su constante chirrido, mecido por el viento.

Rosa, la afable Rosa, colocando los pocos periódicos que todavía vendía en el kiosco. La misma estampa de todos los días. El mismo camino hacia la boca del metro. Los mismos gestos en diferentes rostros. Bostezos, caídas de párpados. Miradas furtivas estudiando gestos ajenos.

Todo era igual. La oficina, el tedioso ruido de la tarjeta al fichar en el torno de la entrada. Las agujas del reloj ralentizándose a medida que avanzaba la jornada. La tartera girando dentro del microondas, las sonrisas cómplices, los saludos. Las conversaciones trilladas.

Todo conservaba su funesta cotidianidad. Preguntas por cortesía que yo respondía con evasivas. O directamente con mentiras descaradas: «Todo bien » «Hoy toca cine » «El fin de semana genial»

Solo un ligero cambio delataba mi falsa normalidad. La velocidad a la que salía de allí...

Ya no había cálidos recibimientos. Ni sorpresas en la puerta. El olor de tu perfume se había disipado por completo. No había prisa por llegar al que fuera nuestro hogar, ahora vacío.

El camino de vuelta se convirtió en la subida a uno de los ochomiles. Ni la sonrisa de Rosa conseguía aliviar mi desazón. Habías decidido de un día para otro llenar con tu aroma otras estancias. Otras sábanas. Seguías haciendo la llamada de los viernes a la pizzería, pero el pedido había cambiado de dirección.

Me sentaba a oscuras, incapaz de asumir tu ausencia.

Hasta que la velocidad se reanudó.

No dejes de leer

0 comentarios