Bésame mucho

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                                                                                   Imagen: Christer Strömholm



Mi abuela preparaba la cena, me miraba a hurtadillas mientras me preguntaba por el colegio. Con solo mirarme sabía que era de esos días en los que no quería hablar. Mi madre se había marchado de nuevo. Trabajaba todas las noches. A veces pasaban días enteros sin verla. Echaba de menos su voz y el olor a caramelo que desprendía su regazo. Me abrazaba tan fuerte que cerraba los ojos y era capaz de volar con ella, juntos podíamos hacer cualquier cosa. Juntos nada dolía…

Otra noche fuera. Me enfadaba, me enfurecía no tenerla cerca. Ese día el tonto de Fran había vuelto a molestarme. «Tú madre es una puta, se lo he oído decir a mi madre» y yo le pegué. Le pegué tan fuerte como pude, como pegaba a cualquiera que se metiera con ella.

Esa noche me escapé. Había feria y no podía dormir. Recuerdo caminar entre la gente atraído por el sonido de una voz. Esa dulce y familiar voz que me empujaba hacia ella. Bésame, cantaba, bésame mucho, con una intensidad que eché a correr al encuentro de esa canción maravillosa que me había poseído dentro.

Cuando llegué al escenario y miré hacia arriba, me quedé mudo, sin respiración. Incapaz de moverme. Mi madre cantaba y yo estaba tan lleno de orgullo que creí que iba a explotar. Tan elegante y segura. Todos a mi alrededor la admiraban como yo, pero era mi madre… Mi madre con su olor de caramelo y la voz más increíble que he escuchado jamás.

No, mi madre no era puta. Era un ser único y excepcional. Desde ese día dejé de odiarla por no estar, el mundo tenía derecho a disfrutar de su talento.

Mi madre. Mi madre se fue un día y no regresó. El coche donde iba se salió de la carretera. Cierro los ojos y soy capaz de escucharla cantar, subida en aquella tarima como una diva. Mi madre me enseñó que más allá del amor, está la naturaleza y contra ella no se puede luchar…

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