La maleta

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Imagen: Rosa Martínez

Pocas fueron las pertenencias que encontré en la habitación donde vivió y falleció mi abuelo. Siempre fue un hombre de poco acumular. Su única hermana vivía con él y se ocupaba de que no le faltara de nada. Dos veces al año volvíamos al pueblo donde mi padre se reencontraba con sus orígenes y convivíamos unos días con ellos. Su tía rellenaba todos los silencios que entre ambos había; dicharachera y sonriente me daba caramelos a escondidas.

Pocos recuerdos conservo de aquel hombre taciturno, envuelto de gris. De mirada amable y semblante de tristeza. A veces, le sorprendía mirándome a escondidas desde el quicio de la puerta. Yo deseaba salir a su encuentro y abrazarle muy fuerte, pero entre nosotros siempre hubo una distancia que nunca entendí.

Mi padre cerró la casa cuando ya no hubo nadie en ella. No quiso volver, ni que habláramos del tema. Jamás respondía a mis preguntas, con el tiempo dejé de preguntar.

Hoy, soy yo quien abre la puerta. Entre las pertenencias de mi padre encontré la llave de la casa del abuelo.

Cuando abro un olor a cerrado me envuelve. Todo conserva su lugar, intacto como en mi memoria, aunque ahora en ella residen ratones, arañas y demás animalitos que han hecho de la vivienda su hogar. También hay plantas que trepan por las paredes.

Abro el armario de mi abuelo y dentro tan solo hay una vieja maleta. Del asa cuelga una etiqueta. «Para mi querida Ana, la luz de mis días, la cura de mi pena» Me tiemblan las manos mientras abro los cierres. Dentro hay tres muñecos antiguos, varios vestidos y la foto de un hombre con un niño y una niña. Por detrás de la foto hay un texto: «Nunca te fuiste del todo, conseguí que tu alma perviviera. Él no lo entendió, le daba miedo. Ahora debo marchar, no te dejo sola. No estés triste mi vida, con el tiempo alguien te vendrá a buscar»
Cuando miro el interior de la maleta, la muñeca abre los ojos.
            ––Hola, ¿eres Ana? ¡Te estaba esperando! Has tardado tanto que pensé que ya no me vendrías a buscar. Y padre, ¿se marchó? Me dijo que vendrías al irse––del susto me caigo hacia atrás. Los tres muñecos se mueven, pero tan solo ella habla––Tranquila, no tengas miedo. Me llamo Rocío, tengo siete años y soy una niña muy buena. ¡Pero no te vayas! ¡Vuelve!

Salgo corriendo sin mirar atrás.




Segunda parte del relato Aquí

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