El aullido del lobo

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                                                                                  Imagen: Andrea Armas


Me adentré en el bosque buscando la paz que había perdido. Llevaba varias noches sin poder conciliar el sueño, algo me inquietaba. Me angustiaba un presentimiento que flotaba en la oscuridad. Al caer la noche nos acechaba una criatura. Algunos decían haberla visto. Era un lobo con los ojos inyectados en sangre. No atacaba a sus presas, buscaba algo. Rondaba por las calles y aullaba. Era el sonido de ese aullido el que te congelaba el corazón si permanecías cerca. Contando el de ese mismo día, llevábamos tres cadáveres. Algo nos estaba exterminando noche tras noche y cada vez latía con más fuerza en mi interior la sensación de que era a mí a quien buscaba.

           Todavía no había anochecido, reuní el valor y salí a su encuentro.
            ––No vayas, por favor. Deja de intentar salvar el mundo. Esto no va contigo. No vayas––sollozaba. Ella lo intentó, pero no pudo pararme. Estaba decidido, de una forma u otra terminaría con aquel calvario que se había alojado en nuestras tranquilas vidas.
            ––No sufras hermana, cuida de tus hijos. Algo me reclama, me susurra por las noches. No puedo acallar su voz, ni perdonarme que por mi cobardía se haya llevado a otros.
            ––Pero eran ancianos, tarde o temprano morirían.
            ––Eso no me consuela y lo sabes. Debo ir o algo me dice que empezará a llevarse otro tipo de almas. Más jóvenes, más puras. Debo parar esta locura.

            Me adentré en el bosque sabiendo que no debía, sabiendo también que no había otra alternativa. Cuando te tuve delante me quedé sin aliento. Tu belleza era proporcional a mi miedo.
            ––¿Fueron necesarias las muertes? Con tan solo verte hubiera corrido a tu encuentro––conseguí decir.
            ––Había llegado su momento, lo creas o no, tu aldea llevaba mucho tiempo sin someterse a los designios del tiempo ––dijo con una voz tan hermosa que me erizó cada vello del cuerpo.
            ––Creo que no te entiendo.
            ––Yo creo que sí. Ven conmigo. Escucha atento. Tan solo será un aullido y podrás tener ese ansiado descanso.
            ––¡No! ¡Espera! Sé que me muero, lo sé desde hace tiempo. Concédeme un último deseo, por favor. Que no sea su aullido, llévame con uno de tus besos...

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