La barca

By 7:22 ,

                                                                                   Imagen: Quint Buchholz

Camino hacia el faro descubrí algo inquietante. En uno de los pisos de enfrente había una barca suspendida en el aire. Escena difícil de creer si no fuera por el dolor que me produjo el pellizco en el brazo como prueba de mi yo consciente.

El faro me esperaba, pero era incapaz de seguir sin descubrir el misterio. Me acerqué sigilosa hasta la puerta del edificio. Empujé sin mucha esperanza y la puerta cedió. Una vez dentro del portal calculé, debía ser el segundo piso, la puerta de la derecha.

Desde el pasillo se observaba la entrada al piso con la puerta entornada y un haz de luz que se proyectaba en la pared. Todo estaba resultando tan fácil que empezaba a preocuparme.
Me deslicé tratando de ocultar mi sombra. Desde el interior una voz consiguió paralizarme.
—Pasa, Rose. Te estaba esperando.
Entré temblando. Quizá lo prudente hubiera sido correr, pero la prudencia no revela misterios.
Dentro esperaba junto a un maletín, un hombre con sombrero. Llevaba el abrigo puesto y un paraguas.
—¿Quién eres?—pregunté.
—Todo a su debido tiempo. Vas ligera de equipaje, por lo que veo—contestó contrariado.
—¿Equipaje?
—No importa, hallarás lo que necesites en nuestro destino. Vamos, se está haciendo tarde—dijo mientras cogía el maletín y abría la ventana—al menos llevas chubasquero, el viaje no será seco.

Se subió a la barca y me ofreció la mano.
—¿Cuánto tiempo llevas caminando cada noche hasta el faro?—preguntó.
Recordaba el día exacto que empecé a ir cada noche para hablar con ella.
—Un año y tres meses—respondí abatida.
—La barca ha estado en el mismo lugar desde entonces, esperando a que estuvieras preparada para verla. Hoy es el día, sube.

Subí sin pensarlo, deseaba saber dónde me llevaría. Soltó el amarre y la barca comenzó a moverse, surcamos el cielo entre las nubes. Comenzó a llover y el hombre me cubrió con su paraguas. Después de un rato, llegamos a la orilla de una playa. Miré incrédula, la barca ya no flotaba en el aire, habíamos navegado por un extraño mar de color violeta. El sol lucia imponente en lo alto del cielo. En la orilla había niños jugando. Reían y me saludaban.
—Ve, vendré a buscarte cuando sea el momento.
Salté de la barca y me despedí del hombre. Estaba extrañamente tranquila. Al verla creí desmayarme. Corrí a su encuentro, las lágrimas resbalaban por las mejillas.
—¡Sam! ¡Estás viva!—Samantha lloraba también.
—¡Rose!
Nos abrazamos, olía a jazmín y a casa. En sus brazos me sentí yo de nuevo.
—Te he echado tanto de menos que pensé que la tristeza me mataría. ¿Por qué Sam? ¿Qué pasó? ¿Qué hacías allí aquella noche? Tantas preguntas, no supe qué responder. Todos creyeron que te habías lanzado al mar.
—Menos tú—dijo Sam mirándome fijamente a los ojos.
—Si hubieras estado mal, yo lo hubiera sabido.
—Así es. No salté, me empujó alguien. Debes averiguar quién. Las pistas están allí. Busca mi diario, Rose. No puedo decirte quién fue o quedará impune. Busca, Rose. Ya he roto demasiadas reglas. Vuelve y descubre la verdad.
—No, Sam. No quiero irme. Sin ti no quiero seguir viviendo.
—Siempre estaré contigo, tienes que volver. Vivir tu vida. Serás feliz, te lo prometo. Vuelve querida amiga.

La barca apareció en ese momento. Miré a Sam, sonreía mientras me decía: «te quiero».
Subí a la barca sabiendo que no tenía otra opción. Surcamos el mar violeta que se convirtió en cielo. Llegamos al piso y corrí al faro. Tantas veces que había ido sin ver. Porque hay cosas que vemos cuando estamos preparadas para verlas. En la barandilla del faro, había prendido un trozo de tela. Era pequeño, pero nada más verlo reconocí el escudo del equipo de fútbol local. Supe de golpe quién había estado con Sam en el faro esa noche. «Te tengo» pensé. Fotografié la tela, la guardé con cuidado y corrí a casa de Sam. Tan solo debía encontrar el diario donde habría apuntado la cita. Sabía dónde lo escondía mi amiga. Por fin, se sabría la verdad y se haría justicia.

Así fue. El culpable duerme entre rejas y desde entonces, una vez al mes la barca me espera...

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