El castillo

By 9:08 ,

                                                                        Imagen: Jim Kanzanjian


No era un príncipe aunque vivía en un castillo. No era industrial, aunque el castillo pareciera una fábrica. Era un curioso personaje, algo oscuro para nuestros tiempos. Siempre inventando artilugios. Cacharros imposibles para facilitar la vida a los demás.

Como el colchón con brazos para los solitarios que anhelaban abrazos, la oreja gigante que escuchaba sin rechistar o la mano voladora que palmeaba inseguros hombros.

Cada día viajaban cientos de personas buscando su ayuda, pero el precio a pagar era tan alto que solo unos pocos contrataban sus servicios.

Acudí a verle hace algunos años, me observaba con unos ojillos interrogantes mientras escribía anotaciones en una pequeña libreta.

—Quiero un borrador de malos recuerdos—solicité afligida.
Tras un rato de espera, el inventor dijo:
—Puedo hacerlo, pero tendrás que pagar con un sentimiento.
—¿Con cuál? —pregunté extrañada.
—Tendrás que pagarme con tu capacidad de amar. La perderás y no volverás a sentir ese sentimiento.

Dudé. Dejaría de sufrir, pero ¿a qué precio? Entonces comprendí. En ambos casos obtendría el esperado resultado. Agradecida, nos dimos la mano. Salí de allí corriendo cargada con mis malos recuerdos y la certeza absoluta de que con amor conseguiría borrarlos.

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