Amor contractual

By 11:52 ,



Seguramente no se trate de la mejor declaración de amor de la Historia, tampoco lo pretendo. Ni siquiera se puede tomar por una misiva interesante, o un alegato emocionante que deje sin aliento a los ávidos ojos que den con estas letras y sientan cierta curiosidad mientras se van adentrando en ellas. Dejándose engatusar por baratos trucos de escritor venido a menos. Me temo que tampoco voy a emocionar a los aquí presentes.

Querida mía, traté de obsequiarte con los mejores años de mi vida. Años en los que la emoción llenaba mis días y las ganas de comerme el mundo lo llenaba todo. Traté de darte aquello que tanto anhelabas y que no pude darte. Ese fue el principio de nuestro fin. De nuestro intento fallido de convertirnos en familia. Aún así permaneciste a mi lado, soportando mi frustración y tu tristeza, cargando con ellas en silencio. Ni un mal gesto, ningún reproche. Te los llevaste contigo para siempre y me consta que debías tener cientos, quizá miles.

Soportaste mis nocturnas salidas, mis ebrias llegadas y otras tantas tropelías que no soy capaz de confesar y menos transcribir. Tropelías de una época donde todo estaba permitido bajo el yugo que otorgaba el sello marital.

Hoy, cuando las canas han tintado todos mis cabellos y la vergüenza ha teñido mi conciencia es cuando me atrevo a pedirte perdón. Tarde Julia, como todo lo que he hecho en la vida que ha merecido la pena. Tarde querida, cuando ya ni tiene sentido, ni exime condena.

Suena a disculpa egoísta por las circunstancias que nos rodean. Probablemente es un lo siento oportunista, pues esta declaración de amor, pública y absurda es en realidad el discurso que he escrito para tu funeral. En el cual tus primas se estarán acordando de todos mis muertos.

Julia cariño mío, lo siento muchísimo. Debí ser mejor marido. Ahora que tú abres camino allá donde sea que vamos cuando dejamos este infame mundo, necesito de tu perdón. Pues sospecho que en breve seguiré tus pasos y tengo la ligera impresión de que si no me perdonas iré directo algún sitio donde me pudriré solo, sin los amados pucheros que me hacías los domingos.

Descansa querida, que en breve volverán tus adoradas tareas que por mí hacías. Puede sonar presuntuoso, pero cuento con ese perdón que siempre me concedías...

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