Memoria

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                                                                                   Imagen: Florian Imgrund

Tan solo se trataba de una exposición. Uno de los fotógrafos de moda exponía su obra en una galería de arte del centro. La invitación era preciosa y la dedicatoria aún más.

«No me conoces, a pesar de ser el aire que respiro. Búscame en las fotos, sabrás quien soy. Llámame por mi nombre y seremos uno de nuevo»

No comprendía nada, no conocía al fotógrafo y menos al autor de la invitación. Cuanto más leía la dedicatoria, más convencida estaba de que debía ir. Inexplicablemente los trazos de las palabras me eran tan conocidos, tan familiares que con solo verlos me hacían sentir en casa. Algo pasaba, pero no era capaz de encontrar la respuesta.

El día de la exposición fui sola, el cielo vestía de gris y la acera recibía las primeras hojas del otoño. Caminé despacio, observando cada obra. Ninguna me producía la reacción esperada. Fotos en blanco y negro, bonitas, algunas menos.

Hasta que llegué a ti, y tus ojos se me clavaron como punzones en el pecho. Y tu boca se movía en mi mente y gritaba: «resiste cariño, te quiero» Y corrías, corrías desesperado a mi encuentro. Recordé, recordé de golpe el atropello. La cabeza, el dolor, el silencio.

«Arthur» susurré, acaricié tu rostro y lloré. Lloré por las veces que lo había visto en el hospital, en la calle. En el supermercado, en la puerta de la clínica. En la acera de enfrente de la casa de mi hermana donde ahora vivo. Y no me acordé de ti. Mi mente te borró y el corazón no fue suficiente. No pudo devolverte.

«Estoy aquí, cariño. Como siempre. Esperando a tu corazón, a que fuera más fuerte. Date la vuelta, amor»

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