La huída

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Martha mira a su alrededor. El gesto inerte, ese gesto tan suyo que no deja traspasar ni una sola emoción a su rostro. Sabe que tiene tres horas para recoger sus cosas antes de que Víctor llegue del trabajo con su boca cargada de besos.

No sabe que coger, no quiere llevarse nada que le recuerde la vida que está a punto de dejar atrás. No quiere tenerlo delante, sabe que las infidelidades se perdonan, que tras las lágrimas y los reproches pueden empezar de nuevo. El dolor acaba remitiendo y la relación se fortalece. No es la primera vez que lo hace. Pero esta vez es diferente, él la quiere de verdad.

Martha entra en el dormitorio, abre el cajón de la mesilla, busca en el fondo. Ahí está, no sabe cuánto tiempo lleva ahí. Hace tan solo tres días que lo descubrió. Maldito Víctor, piensa.

Se sienta en el borde de la cama, miles de segundos inundan su mente. Secuencias de imágenes de ambos entre las sábanas. Encima de ellas. Se acabó. Tuviste de joderlo, Víctor. Vuelve a pensar mientras el rencor le recorre las entrañas.

Coge la maleta, mete algo de ropa, él debe saber que se ha ido.

Enciende un cigarro con una cerilla y siente el deseo de lanzarla contra la cama. La imagen de la cama ardiendo hace que se excite. Maldito Víctor. Era perfecto. Todo era perfecto como estaba..

Abre de nuevo el cajón de la mesilla, coge la caja del fondo y la saca. No sabe de quilates, pero es un buen pedrusco. Quizá el anillo de su abuela, quizá se ha gastado todos sus ahorros. Él no sabe que hace tres días que ella lo encontró. Tampoco sabe cómo es realmente, ni sabrá que ella al verlo salió a emborracharse, no sabrá lo que hizo con aquel tipo. Salió a hacer lo que siempre hace cuando algo bueno está por pasar...

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