Historias de verdad en mundos paralelos

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Y entonces el hombre viejo me preguntó: "¿Eres feliz?" Dudé, respiré profundamente, analicé pros y contras de mi respuesta. Le observé, volví a respirar y al final contesté:

—Me va a disculpar caballero, pero no le conozco de nada para responder algo tan personal. No obstante, le diré que soy todo lo feliz que las circunstancias me dejan, a veces más, a veces menos.

—¿Y quién es el causante de tu felicidad? —volvió a preguntarme. Conseguí reprimir las ganas de mandarle a Albuquerque y tan solo respondí:

—La felicidad la gestiono yo misma, no deposito esa enorme responsabilidad en otro. Es mía y yo me la intento proporcionar. Evidentemente el mundo que me rodea influye, es por eso que elijo con mucho tiento de quien me rodeo. Es por ese motivo por el que me va a perdonar, pero atender sus indiscretas preguntas me resta la dosis felicidad que traía puesta de casa.

—¿Cuánto has tardado en darte cuenta de algo tan importante?

—Tras recomponer un corazón aplastado, perder dos veces la dignidad. Tener que cerrar la puerta a un triste pasado y curarme en soledad.

—Me alegro de que al final todo lo vivido haya servido de algo.

El señor se levanta del banco, el parque ajeno no se da cuenta. Se pone su gorro marrón y se marcha. El niño viene corriendo a mi vera, me dice que vaya a jugar con él, que llevo mucho tiempo sola. "No cariño, hablaba con un señor" Me mira extrañado y responde: "no mamá, has estado sola todo el rato"

Me quedo en silencio, dudando. Ya no recuerdo su cara aunque no sé por qué me viene a la mente la cara de un escritor de dudosa sabiduría. ¿Será que es un ente? ¿Será así cómo rellena panfletos? Me levanto y me acerco al grupo de mamás que casi siempre evito y que a partir de ese momento, no evitaré jamás...

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