Misterio en La Isla

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                                                                                       We heart it.

Tenía contabilizados todos los huéspedes que se alojaban en el hotel. Noviembre no era un mes particularmente concurrido. Cada año venían los Jameson, procedentes de un pequeño pueblo de Utah, además contábamos con la presencia de dos parejas de recién casados que habían elegido nuestra recóndita y paradisíaca isla del Océano Pacífico para celebrar sus lunas de miel. Y nuestro famoso escritor, alojado con un nombre falso. Reservaba los meses de octubre, noviembre y parte de diciembre para escribir, apartado de un mundo que le señalaba por la calle. Entonces, ¿Quién era ella?

Se escabullía como una lagartija cada vez que notaba mi presencia. Pregunté a todos los huéspedes, ninguno confesó haber traído un polizón, aunque eso no los descartaba. Pregunté a la tripulación del barco que traía a los turistas desde la isla donde estaba el aeropuerto. Nadie parecía haberla visto. Empezaba a obsesionarme aquella misteriosa mujer que tan solo yo veía.

Pasaron varios días sin verla, conseguí poco a poco que la obsesión disminuyera, hasta el punto de casi, olvidarme de ella. Los Jameson se habían marchado, quizá me engañaron y habían traído compañía. No era muy lógico, pues podrían haber alojado en la cabaña a quien hubieran querido, pero conseguí no darle más vueltas al asunto.

Volví a mi rutina, después de terminar el turno en el hotel, paseaba por la orilla. Nadaba en aguas cristalinas. Leía, miraba las estrellas y esperaba al siguiente día. Donde me dejaba contagiar por la felicidad de los que nos visitaban. A pesar de mi soledad, era capaz de disfrutar y me sentía una persona privilegiada por vivir en el paraíso.

Una tarde, mientras caminaba por la zona menos transitada de la isla volví a verla. Tumbada en una hamaca que jamás había visto antes. Caminé hacia ella y le pedí desesperadamente que no huyera. Necesitaba una explicación, saber quién era.

        —Por favor, no te vayas—imploré.
        —No voy a ir a ningún sitio. Estoy aquí por ti—Al escuchar su voz sentí vacío. Era una voz profunda, como jamás había oído. Tan grave que sentí un escalofrío. Me miró y al sonreír perdió el rostro angelical. Los dientes se le afilaron y saltó de la hamaca con la agilidad de un felino.
        —No temas, no vas a sentir dolor. Siempre es lo mismo, no teméis lo que viene, teméis que os duela—. Sus ojos se volvieron completamente negros. ¿Qué clase de monstruo tenía delante?

Corrí, tan rápido como pude. El sol comenzaba a descender, según las leyendas que había leído, no podía ser un vampiro. Me resultó tan absurdo el pensamiento que consiguió hacerme reír, a pesar del miedo. Miré hacia atrás y no se había movido. Me miraba correr, divertida, como quien otorga ventaja en una carrera donde se sabe vencedor.

Me sentí ridículo, pero seguí corriendo. De repente aparecieron un grupo de turistas. Era un grupo grande, debía ser la excursión de la tarde. Recorrían la isla pero no se alojaban en el resort. Suspiré aliviado, eché la vista atrás y había desaparecido. Ni rastro de ella, ni de la hamaca.
Corrí más rápido aún, recogí mis cosas, rellené una carta de renuncia y abandoné la isla esa misma noche.

No he hablado con nadie de ello. Con los años empecé a pensar que todo había sido fruto de una intoxicación que me había provocado alucinaciones. Leí la prensa de la isla a diario durante dos años, esperando encontrar el ataque de algún raro animal.

Ahora vivo en Chicago. Encontré trabajo en un hotel con mucho menos encanto. Conocí a una mujer normal y tuvimos dos hijos. Aunque, de un tiempo a esta parte, esos ojos negros me visitan de noche. Sé que me busca, me lo dice en sueños. Solo es cuestión de tiempo...

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