Cuando creímos conocernos - 20 (Final)

By 7:27 ,


Anna despertó, todos a su alrededor la observaban. Tardó unos segundos en entender donde se encontraba y qué había pasado. De repente, con una fuerza desmedida e inexplicable, Anna se levantó del suelo de un salto y se lanzó contra su padre. Uno de los hombres que vigilaba en la puerta, al ver como ella insultaba y trataba de dar golpes a su jefe, se abalanzó a por ella y la inmovilizó en el suelo. Marco atónito, no había sido capaz de reaccionar. Al verla en el suelo, intentando zafarse trató de apartar al hombre. Pero era un tipo que rondaba los dos metros, solo hizo falta un movimiento de brazo y lanzó a Marco al suelo.

El padre al contemplar la escena, harto de los gritos sacó una pistola y les apuntó con ella.
      —¡Basta ya! ¡Se terminó en espectáculo! Sentaos para que podamos hablar o cojo el dinero, os dejamos aquí y te quedas sin saber la historia, Anna.

Aquellas palabras calaron bien hondo en ella. Dejó de resistirse. Acababa de escuchar, después de tantos años, como su padre pronunciaba su nombre. Ambos se sentaron en un sofá polvoriento y se cogieron de la mano. Marco interrogaba con la mirada a Anna, para saber si estaba bien. Ella miraba al suelo, respiraba despacio, tratando de mantener la calma.

     —Por dónde empezar—dijo Jean Paul—No soy la persona de tu recuerdo, Anna. Sé que mientras lo fui, me comporté como un buen padre. Créeme si te digo que nada salió como yo había planeado. Muchas veces he tratado de entender que me llevó a hacer lo que hice. Como pude dejarme llevar por la avaricia, si es que fue eso—Ella lo miraba con los ojos bien abiertos—Me pudo la idea de daros una vida maravillosa. Una vida de lujo.
     —Ya teníamos una vida maravillosa—dijo ella, con la voz cargada de rencor
     —Es probable que tú la recordaras así, pero para nada era idílica. Tú madre lloraba cada vez que se enteraba que debía irme fuera. Era una persona débil, incapaz de criarte sola, por eso siempre estaba su hermana con nosotros. Tú madre padecía una enfermedad mental, Anna. Y me costaba cada vez más ir a trabajar. La noticia estaba dónde estaba y mi vocación no me permitía cambiar de profesión. No éramos felices, pero no permitimos que tú te dieras cuenta—Anna negaba con la cabeza. Ella no guardaba ese recuerdo, —entiendo que no me creas, pero a estas alturas, ¿para qué iba a mentirte? En uno de los viajes a Rusia con Gerard conocí a alguien que podía introducirme de incógnito en una de las mafias que operaban por aquel entonces. Yo hablaba ruso, sería el reportaje de mi vida. Realmente podría escribir sobre ellos desde dentro de la organización. Mantuve a Gerard al margen, podría ponernos en peligro a ambos. Y así fue como tuve a mano el dinero y como me vi libre de robarlo para empezar una vida mejor. Jamás me encontrarían. Guardé el dinero con mi nombre real, en un sitio donde nadie podría encontrarlo y volví a casa para preparar nuestra huida. Como bien sabes me encontraron. Si no me mataron allí mismo fue porque querían recuperar lo suyo. Siento mucho lo que pasó, Anna, yo quería a tu madre, pero no puedo hacer nada por cambiarlo.  Al no haber pruebas, me culparon y con los años me dieron por muerto. La única que podía sacar el dinero eras tú.
   —¿Por qué no viniste a buscarme?
   —Porque no sabía cómo explicarte lo que pasó después de que me secuestraran.
   —Soy toda oídos.
   —No te equivoques. Lo único que quiero es mi dinero, no trato de recuperar ninguna relación. Mi familia murió en aquel momento que me llevaron con ellos y dejé de ser yo para sobrevivir. No voy a contarte como he llegado hasta aquí, o que he tenido que hacer para conseguirlo. Cuanto menos sepas mejor, o tendré que ordenar vuestra muerte—Marco tragó saliva—podría haber planeado una pantomima, que cualquiera de mis hombres os quitaran el dinero y punto. Es un regalo que te hago. La verdad. Ahora tienes a quien odiar y podrás superarlo, sigue con tu vida—Anna le observaba con rabia—Tengo que irme. No te conozco, no conozco tu grado de integridad., pero quiero hacerte otro regalo—dijo mientras sacaba una pequeña llave del bolsillo—Digamos que compro tu perdón. Esta llave abre otra caja de seguridad del mismo banco. Está a tu nombre y solo va a estar disponible durante 24 horas. Es una cantidad menor que la que hay en la bolsa, evidentemente, pero te servirá para comenzar una nueva vida donde quieras. Ese siempre fue mi sueño para ti.

Jean Paul dejó la llave encima de una mesa, miró por última vez a su hija y salió de la habitación rodeado de todos los hombres que le escoltaban. Anna y Marco escucharon el ruido de los motores alejándose y permanecieron en silencio.

Marco no sabía que decir para romper el silencio y ella era incapaz de articular una palabra. Su padre estaba vivo, pero ya no era su padre. Después de tomarse unos minutos para asimilar todo lo ocurrido, miró a Marco y le dijo:
—Debemos irnos. No me gustaría caminar por este paraje de noche.
—¿Qué hacemos con la llave? —preguntó Marco—Déjala, no la quiero—contestó ella.
Marco cogió la llave y la guardó en el bolsillo. Salieron fuera y caminaron hasta la carretera para hacer autostop. Una pareja se apiadó de ellos, y les llevaron al centro de Viena. Volvieron al hotel.

—Anna, debemos hablar de esto. No puedes hacer como si no hubiera pasado. Yo también estaba allí, recuerda. Descubrir que tu padre robó un dineral a la mafia rusa y no sabemos cómo, pero se ha convertido en un mafioso también, no debe ser fácil. Creo que hablar de ello te va a sentar bien, cariño—Ella le miraba tratando de adivinar, si estaba de guasa, o de verdad acababa de decirle aquello y se había quedado tan tranquilo.


Cuesta mucho escribir esta historia, más cuando no tengo el testimonio directo de los protagonistas. La historia me la contó mi padre, que a su vez se la contó su padre, tras la muerte de su madre. Ella le prohibió contárselo a nadie, y dentro de ese nadie, por supuesto estaba él. Anna y Marco cogieron el dinero, no soy quién para juzgar, no estuve allí. Sé qué ella no quería, pero él la convenció de que podrían hacer algo bueno. Quizá Marco entendió que después de tanto sufrimiento ella lo merecía, viniera de dónde viniera. Se casaron, dejaron España y emigraron a Sudáfrica. Anna estudió enfermería y juntos abrieron un hospital. Tuvieron un hijo. Anna falleció de cáncer antes de cumplir los cincuenta.

Hubiera dado cualquier cosa por estar con ella, se suele decir por conocerla, pero los que la conocieron nunca supieron realmente de ella. Fue una gran mujer, y seguramente hubiera sido una gran abuela.


—FIN—

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