Cuando creímos conocernos - 19

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El director del banco observaba la bolsa de viaje que habían depositado en el suelo de reojo. Lo hacía de un modo casi imperceptible, con total discreción. Marco se frotaba las manos nervioso y Anna tenía la mirada perdida, incapaz de sacar una conclusión que hiciera que se quitara de encima la horrible sensación que le producía todo aquello.

Firmaron todos los papeles, Anna transfirió el dinero del alquiler de la caja y pudieron irse. Ya en la calle se miraron, sin saber que decir o hacer. ¿Qué harían con tanto dinero? No podían ingresarlo sin explicar de dónde procedía y realmente no sabían de donde procedía, ni tenían ganas de averiguarlo. Anna había perdido toda la curiosidad y un alto porcentaje de esperanza. Ella esperaba encontrar algo que le diera alguna pista, alguna explicación. Documentación comprometedora de algún gobierno, o alguna mafia que justificará la muerte de su madre o el secuestro de su padre. Ella sabía que aquel dinero manchaba las manos de su padre, después de tantos años de sufrimiento era un nuevo golpe. Él debió meterse en algo turbio que le costó la muerte, y destrozó la vida de su hija.

—¿Volvemos al hotel? —Preguntó Marco.
—Quiero deshacerme de eso. ¿Lo tiramos?
—Sé que ese dinero no es muy limpio, pero, ¿tirarlo? Y si, ¿lo donamos? ¿Lo dejamos en la puerta de una ONG?

Anna le miraba sopesando las opciones, cuando fue a decir algo aparecieron de la nada dos hombres. Sin mediar palabra les empujaron al interior de un coche aparcado en la puerta del banco. Fue todo tan rápido que no pudieron reaccionar. Ambos se miraban asustados sin entender qué estaba pasando, hasta que Anna reparó en el hombre sentado en el asiento del copiloto. Era el hombre que se había llevado a su padre, el mismo que ordenó la muerte de su madre y que viajó con ella en autobús a Barcelona. Uno de los tipos que les habían empujado hasta el coche se sentó al volante, y el otro en el asiento trasero junto a ellos y se pusieron en marcha.
—Hola Anna—Dijo el hombre, en español.
—¡¿Quién eres?!, ¡¿Dónde nos lleváis?! —Gritaba ella fuera de sí. Marco con cara de asombro, era incapaz de articular palabra. No dejaba de pensar que todo era cierto, ella no había inventado nada.
—Tranquila, dentro de poco tendrás todas las respuestas. Por favor, mantengamos la calma, si no hacéis ninguna tontería no tiene por qué haber heridos— Lo dijo con tal serenidad que a ambos se les heló la sangre.

El coche abandonó el centro de la ciudad, Anna miraba por la ventana intentando memorizar el recorrido o los carteles, pero la desesperación se apoderaba de ella. No hablaba alemán y no conocía Viena. El silencio reinaba en el interior del vehículo, Marco miraba a Anna intentando tranquilizarla, ambos iban cogidos de la mano. A las afueras de la ciudad, el coche dejó la carretera principal para coger lo que parecía una carretera secundaria. A la media hora aproximadamente, se desvió por un camino y llegaron a lo que parecía un hostal o un restaurante. Estaba cerrado y por el aspecto que tenía, debía llevar cerrado mucho tiempo. No había casas u otros establecimientos alrededor. Estaban en mitad del campo, las montañas de fondo y sin esperanzas de poder pedir ayuda. Al bajar del coche, uno de los hombres les enseñó un arma que guardaba en una funda debajo de la chaqueta.
—No creo que sea necesario que tengamos que usarlas, ¿verdad?, como os he dicho antes esto es una simple reunión de viejos conocidos, luego os llevaremos a vuestro hotel—Dijo Alfredo, el hombre que Anna recordaba. El protagonista de muchas pesadillas a lo largo de su vida.

Ambos asintieron y bajaron del coche. Marco llevaba la bolsa de viaje en una mano y con la otra apretaba la mano de Anna, aferrándose a ella. Era consciente del peligro que corrían y no podía ni imaginar cómo reaccionaría si intentaba hacerla daño.

Entraron al edificio y dentro les esperaban más hombres. Todos armados y con cara de pocos amigos. Subieron por unas escaleras hasta una puerta que estaba cerrada. Alfredo la abrió y les dijo a los dos hombres que esperaran fuera. Después se dirigió a Anna y a Marco.
—Acompañadme, por favor.

Entraron en la habitación y Alfredo cerró la puerta. Era una especie de sala de estar. Había unos sofás viejos y una mesa de comedor. Un ventanal grande donde podía verse el coche en el que habían venido. Delante del ventanal había un hombre de espaldas, mirando hacia el exterior. Sin darse la vuelta dijo en francés:
—Gracias Alfredo, puedes dejarnos solos.
—Sí señor—contestó Alfredo y salió.

Anna y Marco se quedaron de pie en medio de la estancia, agarrados de la mano y sin entender qué estaba pasando. El hombre se volvió y se quedó mirando a Anna. Trataba de aguantar la emoción que le suponía ver a su hija. Anna soltó la mano de Marco para llevársela junto a la otra a la boca y ahogar un grito. A pesar de los años reconoció a su padre sin ninguna duda. Sintió que las piernas dejaban de hacer su función y cuando fue a caer, Marco la cogió y consiguió sostenerla.
—Hola hija—dijo.
—¿Hija? —repitió Marco mientras la miraba sorprendida.
Ella no era capaz de hablar, las lágrimas resbalaban por las mejillas y solo podía pensar: «vivo, mi padre está vivo» Él intentó acercarse a ella, pero Anna levantó la mano para que no se acercará. Estaba vivo, rodeado de hombres armados, esperando recuperar el dinero que llevaban. Enfureció, intentó hablar, pero se sintió indispuesta y se volvió todo negro.

—¡Anna! —gritó Marco, pero ella no respondió. Estaba inconsciente…

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