Cuando creímos conocernos - 18

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El vuelo de París con destino Viena se desarrolló sin incidencias y cumpliendo con el horario previsto. En menos de dos horas esperaban en la cinta para recoger la maleta. Marco emocionado, Anna preocupada. Tenía una sensación extraña que no le permitía relajarse. Por fin, podría saber que abría la llave. Tantos años de elucubraciones y comeduras de cabeza estaban llegando a su fin. Después podría continuar con su vida, siempre había querido vivir en Madrid, pero las ciudades grandes le aterrorizaban. Podría instalarse, buscar un trabajo, quizá mantener una relación más formal con Marco. ¿Por qué no? La idea consiguió sacarle una sonrisa.

—¿Por qué me miras así? —La pregunta de Marco la sacó de su ensoñación—Me miras como si estuviera recubierto de chocolate foundant y quisieras chuperretearme.

—¡Anda ya! Eres idiota.

—Qué sí, que sí. Que te gusto cada vez más, pero no quieres admitirlo.

—Pero, ¿dónde está la maleta? ¿Por qué tarda tanto? —Anna intentó cambiar de tema.

—Relájate, de todas formas, no tenemos prisa. El banco habrá cerrado ya, tendremos que esperar a mañana. Deberíamos buscar un hotel.

—¿Esta vez no contamos con la ayuda de la secretaria mágica?—preguntó ella con ironía.

—Me ha parecido un poco abuso, la verdad. Solo he estado aquí una vez hace muchos años, recuerdo que hay una avenida comercial muy grande con varios hoteles. Seguro que no tendremos problema en encontrar una habitación.

En ese momento, la cinta transportadora empezó a funcionar, y poco a poco fueron saliendo las maletas del vuelo en el que habían viajado. Cogieron la suya y salieron a coger un taxi.
Anna observaba la ciudad embelesada. Viena es de esas ciudades que te enamoran al instante, pero no era capaz de disfrutarla como la ciudad merecía. La angustia, el nudo del estómago, los nervios...

Encontraron un hotel pequeño y coqueto donde pasar la noche. Marco se esmeraba con cada gesto, sabía que Anna estaba preocupada e intentaba relajar la tensión. Cenaron en un restaurante cerca del hotel y se fueron a la habitación temprano. Esta vez la visita no sería de placer. La visita no, pero Marco puso lo mejor de sí para que Anna consiguiera dormir. No lo consiguió, pero al menos estuvieron ocupados toda la noche.

Al día siguiente, fueron al banco justo en el momento en el que abrían las puertas. Al entrar fueron directamente a hablar con el director de la sucursal, que les atendió en un perfecto francés. Marco no entendía nada, pero permanecía atento a la reacción de Anna.
Mientras se desarrollaba la entrevista con el director, llegaba a la puerta del banco un coche negro con los cristales traseros tintados.

—¿Qué te ha dicho? —Preguntó Marco impaciente, aprovechando que el director del banco había abandonado el despacho.
—Dice que tiene que consultar los archivos. La llave pertenece a una caja de caudales, pero tiene una numeración antigua que ya no utilizan. Le he dado mi pasaporte y va a intentar averiguar si hay otra caja registrada a mi nombre.
—Qué nervios. ¿Qué será? ¿Te imaginas que es una cantidad desorbitada de dinero?
—Sí, claro. Amasada con el salario de un periodista de los años ochenta, en una Europa Central destruida.
—Visto así. Quizá son los papeles de una propiedad en Suiza—Marco sonreía con la ocurrencia.
—Déjalo anda, que bastante nerviosa estoy. Por el contenido de esa caja, murió mi madre y desapareció mi padre.
—Tienes razón, perdona.

En ese momento regresó el director del banco y se sentó en su silla. Les miró con gesto serio y le explicó a Anna, que la caja que abría la llave, ya había sido abierta por el otro titular hacía muchos años y se había llevado el contenido.
—¿Y ya está? —preguntó ella abatida.
El hombre hizo un gesto con la mano para indicarle que había más. Le fue explicando a Anna, mientras ésta fruncía el ceño. Marco esperó pacientemente hasta que terminaron de hablar. El director abandonó de nuevo el despacho y Anna aprovechó para contarle a Marco las novedades.
—A los pocos días de contratar la caja de caudales con Gerard, mi padre volvió al banco para abrir otra solo. No le comentaron nada a Gerard cuando abrió la de ambos, pues la otra solo pertenecía a mi padre. Al declararle muerto, la única persona que puede abrir la caja soy yo, su única heredera legal. Aunque no tengo la llave, con mi pasaporte y el certificado de defunción es suficiente para acceder a su contenido. Ha ido a prepararlo todo para que podamos bajar a los depósitos y abrir la caja.
—Qué raro. Tú padre volvió a espaldas de su socio a guardar qué. ¿Tenía documentación que no había compartido con su compañero? ¿Cómo reaccionará Gerard cuando se entere? —preguntó Marco, visiblemente intrigado.
—Mejor no especular, estamos a punto de averiguarlo—dijo ella, con la misma intriga.

El director apareció por la puerta y les pidió que le acompañaran. Bajaron en el ascensor y pasaron por varios controles de seguridad. Según avanzaban, eran cada vez más minuciosos. Documentación, detector de metales, puertas blindadas que se cerraban para poder a su vez abrir otras. Era evidente que en esos pasillos se guardaban objetos de incalculable valor.

 Llegaron a una de las salas donde dos empleados del banco habían depositado una caja en una mesa. Las dimensiones de la caja sorprendieron a Anna, ella esperaba encontrar una caja pequeña, similar a los cajetines de los apartados de correos, pero la caja era grande y tenía doble cerradura. El cliente guardaba una de las llaves y el banco la otra. En este caso, la llave del cliente se había perdido con él para siempre. En ocasiones así, el banco aportaba las dos llaves. El contenido de las cajas era secreto, el banco lo desconocía. Una vez abrieran la caja, para poder llevarse lo que contuviera, Anna tendría que abonar los servicios de alquiler al banco.

El director les dejó solos en el interior de la cámara y les dijo que pasaran por su despacho para formalizar el pago y el cierre del depósito. Un guarda de seguridad les esperaba fuera para acompañarles después.
Anna y Marco introdujeron ambas llaves, la caja se abrió. Dentro de la caja, había una bolsa de viaje. Ella deslizó la cremallera y el interior de la bolsa quedó al descubierto. Al ver el contenido, Anna dio un respingo hacía atrás y Marco se llevó las manos a la cara. Ambos se miraban, incapaces de reaccionar o articular palabra. ¿Qué significaba todo aquello? ¿De dónde habría sacado su padre tal cantidad de dinero? La bolsa estaba llena de billetes de cien dólares estadounidenses. ¿Cómo había conseguido tanto dinero en esa moneda? Marco no dejaba de mirarla, esperando que ella sola llegara a alguna conclusión. Anna negaba con la cabeza.
—Tiene que haber alguna explicación, Marco. Mi padre era buena persona, quizá le pagaron por algún trabajo y guardó el dinero aquí como ahorro.
Marco la miraba con lástima, esa versión no se sostenía. Los pagos legales, se guardan en cuentas bancarias, no en cajas secretas.
—No me pongas esa cara, mi padre era un buen hombre…—dijo, y se derrumbó.

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