Cuando creímos conocernos - 17

By 7:00 ,


Anna despertó sonriendo. Marco dormía plácidamente a su lado y ella no pudo evitar poner una mueca de cierta vergüenza al recordar las posturas, los jadeos, los gemidos… Marco conseguía que se abandonara por completo, que se desinhibiera como nunca lo había hecho. Por fin podía comportarse como realmente era con alguien, a pesar de su pasado.

Marco había reservado dos billetes de avión a Viena, bueno, a decir verdad, Marco había llamado a su padre, y este a su vez, le había pedido a su secretaria que reservara dos billetes de avión de París a Viena, para su hijo y la dama que le acompañaba en aquella descabellada aventura que esperaba terminara lo más pronto posible, y su hijo volviera al trabajo y a comportarse de manera decente. Todo esto se lo había contado Marco, qué a su vez, se lo había cotilleado la secretaria de su padre, que también era su amiga, y posiblemente un rollo del pasado. Este último punto no había podido aclararlo, pero pensándolo bien, qué más daba. Ella no le había puesto al tanto de sus relaciones pasadas y no quería conocer las suyas. Tenía dos horas antes de salir hacia el aeropuerto, se levantó sigilosa para no despertarlo y contempló la bañera desde el quicio de la puerta del servicio. La miró con ojos golosones, mientras encendía el grifo y vaciaba dos botes de sales de baño y uno de espuma, que había cogido de una preciosa cesta, cortesía del hotel. Se deslizó dentro de la bañera, cerró los ojos y se dejó envolver por el olor de las sales. Cerró los ojos, relajada dejando que el agua templada acariciara su piel y no se percató de la presencia que la observaba en la puerta del baño. Un leve carraspeo la sacó de su relajada ensoñación y al abrir los ojos, contempló a Marco, de pie. Desnudo, mirándola fijamente mientras se mordía el labio inferior. Ella se incorporó lo suficiente para que sus turgentes pechos salieran del agua y dejaran entrever con la espuma del baño, como se endurecían los pezones al contemplar la erección que Marco mostraba sin pudor.

—Marco… El avión—Imploró ella. Pero Marco negaba con la cabeza. Ella sonriendo, levantó las rodillas fuera del agua, en aquella inmensa bañera, mientras con gesto serio decía: —Vamos a perder la reserva, cariño…
«¿Cariño?» En la cabeza de Marco se desató la locura. Desnuda, con las piernas abiertas, el pelo mojado cayendo sobre sus hombros, y ese cariño en un susurro habían provocado un deseo irrefrenable. Se lanzó a la bañera y mientras la besaba, la penetró con fuerza. Ella no pudo reprimir un grito sordo de placer, él se asustó, pero al ver que ella asentía y pedía más, continuo con las embestidas, cada una de ellas más fuerte. El agua se salió de la bañera y ella bajó el ritmo.
—¡Para! ¡Para! No quiero terminar todavía—Dijo mientras le empujaba hacía el otro lado de la bañera y se sentaba encima. Él al contemplar su cuerpo y el movimiento de sus pechos le dijo:
—No creo que yo pueda aguantar mucho más. Pero prometo recuperarme pronto…

No salieron del hotel en toda la mañana. Mientras esperaban que el servicio de habitaciones trajera la comida, Marco llamó a la secretaria de su padre para que cambiara los billetes de avión a media tarde. Alguien llamó a la puerta, Marco se puso los vaqueros para abrir mientras Anna, sentada en el sofá se cubría con el albornoz. El camarero entró en la habitación empujando el carrito de la comida mientras observaba de soslayo las piernas desnudas de Anna. El albornoz a penas le cubría la mitad de los muslos. Marco se dio cuenta de la escena, y le acompañó amablemente a la puerta mientras le daba la propina.
—¿No te incomoda la forma en que te miran los hombres? —Le preguntó al cerrar la puerta.
—¿Cómo me miras tú?
—Touché.
—Algunas veces sí. Hay miradas que halagan y otras que causan verdadero asco.
—¿Y la mía? Es de las primeras o de las segundas.
—La tuya me pone a mil, desde que te vi lleno de barro, nervioso sin saber cómo entrarme.
Anna se desabrochó el albornoz. Él sonrió.
—Menos mal, que ahora sé cómo entrar de maravilla…

Después de unas cuantas horas más de buen sexo, fueron capaces de comer algo y salir de la habitación camino del aeropuerto. Mientras montaban en el taxi, la extraña mujer en la que no habían reparado, avisaba por teléfono que por fin iban camino del aeropuerto.
—Señor, no se imagina los sonidos que se escuchaban detrás de la puerta. Se lo han pasado de puta madre, vamos.
—¡Calla! ¡No quiero saberlo! ¡Moviliza a todos y poneros en camino! ¡Os quiero en Viena lo antes posible!
El hombre colgó el teléfono enfadado y taciturno.
—Lo que me faltaba Alfredo. Que me dieran el parte de sus artes amatorias—Le dijo a la persona que le acompañaba.
—Tiene que reconocer que es guapa. En el camino a Barcelona todos los hombres se giraban a mirarla—Respondía Alfredo, «el hombre del maletín» refiriéndose al viaje en autobús—Hasta mañana por la mañana no podrán acercarse al banco.
—Estoy deseando que termine todo esto.
—¿Cree que podrá perdonarle?
—No busco su perdón—Contestó el hombre serio.
—Pero es su hija.
—Y por eso la necesito. Recuerda, yo estoy muerto. Ella es mi única heredera, la única que puede acceder a la caja.
—¿Por qué ahora? ¿Qué hay dentro de la caja?
—Todo a su debido tiempo, Alfredo. Todo a su debido tiempo…

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2 comentarios

  1. Que ganitas de seguir leyendo, me engachaste con Martina y aqui sigo :)
    Maria

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    Respuestas
    1. Hola María! Gracias por estar, en breve cuelgo el siguiente capítulo. Un abrazo!

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