Cuando creímos conocernos - 16

By 4:09 ,


La velada fue simplemente maravillosa. Encontraron un pequeño bistró que consiguió satisfacer sus expectativas culinarias. Marco aprovechó la cena para contarle a Anna algunos retazos de su vida, consiguiendo que ella olvidará el motivo del viaje y se dejara seducir por París y sus hermosas calles. Después de cenar caminaron por la orilla del Sena.

Marco no dejaba de mirarla y sonreír hasta que no pudo contenerse y le dijo:
—Eres preciosa Anna, tanto que reconozco que a veces, tengo que dejar de mirarte o me vuelvo loco.

Ella sonrió y decidió en ese preciso momento que ya estaba bien. Llevaba demasiados años amargada, debía intentar vivir el momento o acabaría perdiendo lo mejor que le había pasado hasta ahora. Justo en el momento que se acercaba a Marco para besarle escuchó una voz que le sacudió el espinazo de arriba abajo.
—¡Ahhh! ¡No puedo creer lo que ven mis ojos! ¡Anna! —Una voz chillona e irritante inundó el aire. Anna se giró y pudo comprobar que sus peores temores se hacían realidad. Era Laura. Esa Laura que había tratado de olvidar con el paso de los años, una supuesta amiga que con la que convivió en una época de su vida. Compañera de piso, y de locuras. Si tenía que ser sincera, no era mala chica, pero era bastante difícil de llevar.

Laura se acercó a ella y la abrazo con emoción.
—Llevo años pensando en ti. No he conseguido localizarte, estabas missing total chica. Ni Facebook, ni twitter, nada. Me alegro tanto de encontrarte, tienes que ponerme al día. ¿Tomamos una copa? Y, ¿este chico tan guapo? ¿Quién es? ¿Te has casado? Yo estoy de luna de miel, mira te presento: este es Juan. Juan esta es Anna, la amiga de la que tanto te he hablado. ¿A que no exageraba? Es mil veces más guapa de lo que te había dicho…

Así era Laura, conseguía por momentos que quisieras arrancarte las orejas y las tiraras bien lejos para que no pudieran reimplantarlas. Marco disfrutaba de la escena, miraba con sorna a Anna mientras ella le hacía gestos disimulados de desesperación.
—Que guapos vais. ¿Ya habéis cenado? Nosotros sí, íbamos a tomar unas copas. Cuatro días en París, era lo máximo que podíamos permitirnos después de los gastos de la boda, mañana vamos a Eurodisney. ¡Ay!, me muero por ver el castillo de las princesas. Nos acompañáis, ¿verdad?
—¿A Eurodisney? —Preguntó Anna extrañada.
—No, hija no, ¡qué cosas tienes! A tomar una copa.
—Claro, como no. Ya que nos hemos encontrado—masculló Anna entre dientes.

Laura agarró a Anna y empezó a hacerle un interrogatorio, al tiempo que caminaban hacia el local para tomar las copas. Por detrás, les seguían Marco y Juan. Juan solo había pronunciado una palabra en todo ese rato: «Hola» Era un hombre callado y observador, pero de buen talante.
—París es una ciudad mágica—dijo Marco, intentado iniciar una conversación.
—Cierto—fue todo lo que aportó Juan al dialogo y se quedó en silencio, esperando que Marco tomara las riendas del asunto y hablara. Algo que Marco no hizo. No le incomodaba el silencio, así que se limitó a mirar el culo de Anna, qué con aquel vestido ceñido, estaba de escándalo.

Llegaron al local, la música estaba lo suficientemente alta, para que Laura no pudiera hablar, se limitaron a bailar y beber.
—Es peculiar tu amiga Laura—Le susurró Marco, apoyados en la barra.
—No es mi amiga, simplemente es alguien que ha pasado por mi vida. No es mala gente, me ayudó mucho.
—¿Cómo conseguías convivir con ella?
—Mucha meditación. Tenía un piso pequeño en Gandía que pagaban sus padres y no quería estar sola. No encontraba novio y puso un anuncio para alquilar una habitación. La puso tan barata que tuvo que hacer un casting para elegir a la candidata perfecta, y de entre todas, no me digas por qué, me eligió a mí. Y eso, que me comporté como suelo comportarme, ya sabes que no soy especialmente simpática. Laura estudiaba y tenía la vida social de un escarabajo. Yo trabajaba en una discoteca de camarera y se venía conmigo casi todas las noches. Así pudo darle algunas alegrías al cuerpo. Lo que siempre me admiró es que fuera capaz de aprobar la carrera y mantener el ritmo nocturno. Una noche desaparecí sin más, como siempre suelo hacer cuando siento que echo raíces en algún sitio.
—Espero ser la excepción en esa regla tuya tan siniestra—dijo Marco con su tono más seductor.

Anna le contestó levantando las cejas, sin saber que más añadir y en ese momento Laura entró de nuevo en la escena.
—Algún día tendrás que contarme por qué te fuiste de aquella manera, sin avisar. Me preocupé mucho. Denuncié tu desaparición e iba todos los días a la comisaria para que te buscaran.
—Laura, es muy largo de contar y estás de luna de miel. Ya no viene al caso.
—Bueno, al menos, salió algo bueno de todo aquello. Juan es el policía que me atendía siempre que iba a preguntar si habían averiguado algo. Todos me daban largas menos él, que al tercer día me sacó a tomar café y me dijo que no te estaban buscando. Que eras una mujer adulta, que había recogido sus cosas y se había ido sin más. Los secuestradores no esperan a que recojas el armario, me dijo. Y entendí que te habías ido por propia voluntad y me puse muy triste. Juan empezó a visitarme y hasta hoy.
—Siento si te hice daño. Pero me alegro de que encontrarás un buen hombre. Prometo darte mi teléfono esta vez e intentar que no perdamos el contacto.
—Suficiente, también he agregado a Marco en Facebook, que chico más majo Anna. Que pareja más bonita hacéis. Cuando volváis a España, tenéis que bajar a Gandía, ahora vivimos en una casa más grande, tengo habitación de invitados, podéis pasar unos días allí con nosotros. Podemos hacer barbacoas, ir a cenar. Mi padre se ha comprado un barco, podemos navegar. Dime que sí Anna, que vendréis.

El dolor de cabeza de Anna, solo le permitió asentir y abrazar a su amiga. Consiguieron despedirse y volver al hotel. Ninguno reparaba en la mujer, que con disimulo aparecía en el vestíbulo a la vez que ellos. Esa vez, el alcohol y el agotamiento mental, eran los motivos por los que no estaban muy observadores.
—Sube cordera.
—Me duele la cabeza, Marco. No te emociones.
—Que excusa más barata. No te preocupes tengo un método infalible para las jaquecas.
—Yo también, se llama Ibuprofeno. Voy a ver si consigo uno, espérame en la habitación.

Marco subió en el ascensor mientras Anna intentaba conseguir el medicamento en la recepción. Era muy tarde, aun así, la entrada en el hotel era un ir y venir de gente. Anna consiguió las pastillas y subió a la habitación triunfante, por fin podría ponerse cómoda e intentar dormir. Marco la esperaba tumbado en la cama. Solo llevaba puesta la corbata. Anna se quitó los zapatos y tiró las pastillas al suelo.

—Está bien. Probaremos tu método, parece más natural…

No dejes de leer

0 comentarios