Cuando creímos conocernos - 15

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Sentados en el asiento trasero del taxi, ambos permanecían en silencio. Ella repasaba las horribles escenas de su pasado. Era real, se repetía una y otra vez. Su mente no habría sido capaz de inventar algo así. Él por su parte la observaba, sentada a su lado, tan vulnerable, tan triste, tan bella. Quería creerla, hubiera creído cualquier cosa que ella le hubiera contado con tal de permanecer a su lado toda la vida. Pero la entrevista con el periodista les había dejado consternados. Su padre y él eran amigos, compañeros. Por más que lo pensaba no parecía que les estuviera ocultando algo. Era frustrante. Además, nadie les había perseguido hasta allí. Cuanto más la miraba, más quería creerla.

El taxi se detuvo en la puerta del hotel y subieron a la habitación. Anna se sentó en el sofá y sin mirar a Marco le dijo:
—Creo que ha llegado el momento. A partir de aquí prefiero seguir sola. Pensé que descubriríamos una trama a seguir, algo a lo que agarrarnos. Tenía la seguridad de seguir un camino correcto, ahora mismo me siento demasiado perdida para arrastrarnos a los dos.

Marco se esperaba esa reacción. Cada vez que algo no iba bien, ella trataba de enviarle a casa.
—No—Contestó con determinación.
—¿Cómo qué no?
 —Cómo que no. Empiezo a estar cansado de que intentes apartarme de tu lado. A ver si entiendes que hagas lo que hagas o pase lo que pase, voy a estar aquí. No puedo mentirte, no tengo fe ciega en tus recuerdos, pero sí tengo fe en ti.

Marco se acercó a ella, la levantó del sofá y la abrazó con tanta fuerza que parecía que iba a romperse. Mientras la abrazaba, sintió como Anna empezaba a temblar.
—Entiendo que no confíes en nadie, ni siquiera en ti misma en estos momentos. Puedo lidiar con ello. Así que vamos a hacer lo siguiente: Viena puede esperar. No vamos a salir corriendo. Estamos en París, aprovechemos el momento y disfrutemos—Ella sonrió y se besaron. Marco la condujo con suavidad a la habitación y ambos se entregaron el uno al otro, sin pensar en nada más.

Cuando Anna despertó, el atardecer hacía su aparición por la ventana. Habían pasado horas. Marco dormía, le contempló durante unos minutos y sonrió. Había conseguido que se olvidara de todo.
—Despierta, te has ganado que te invite a cenar.
—¿Por mi maravillosa forma de hacerte el amor? —contestó él.
—Por eso y por muchas cosas más. Voy a arreglarme.

Mientras se producía esa conversación en la habitación, otra completamente diferente tenía lugar en el vestíbulo.
—¿Siguen en París?
—Sí señor. Todavía siguen en el hotel. No han salido de la habitación.
—¿Qué no han salido de la habitación? Y, ¿qué demonios han hecho tantas horas?
—Pues hombre, señor. Con seguridad, no lo sé, pero… se me ocurre qué…
—¡Calla! ¡Calla! ¡Me hago una idea! ¡Avísame cuando sepas algo!

Anna salió de la ducha, abrió la maleta y comprobó que no tenía mucho donde elegir. La mayoría de la ropa se había quedado en el piso, pero había cogido un par de vestidos y unos stilettos negros. No es que fueran la elegancia personificada, pero le servían para la ocasión.  Se maquilló, se puso un vestido negro ajustado y los zapatos.

Marcó esperaba a Anna en el salón. No había preparado ropa de vestir, así que mientras Anna se duchaba, llamó a la recepción del hotel. Le dijeron que el hotel disponía de servicio de alquiler de trajes de etiqueta. En quince minutos se presentó un empleado con un traje, camisa, corbata y zapatos de su talla. En diez más, estaba duchado y vestido, haciendo tiempo mientras ella terminaba.

Cuando la puerta del servicio se abrió y Anna apareció ante él, se le abrieron tanto los ojos que pensó que se le darían la vuelta.
—Es un poco ajustado—dijo ella mientras se miraba—Estás muy guapo.
Él fue a decir algo, pero no emitió ni un solo sonido. Seguía impresionado.
—Es demasiado, ¿no? Es que el otro que tengo es rojo y más corto todavía…—dijo ella avergonzada.
—Madre mía Anna. Quizá sea mejor que cenemos algo aquí y te arranco el vestido ya.
Ella sonrió—¡Anda ya!, que exagerado eres. ¡Vamos! Pero no tenemos reserva, ¿Dónde vamos?
—Eso querida, es un interrogante. Pero algo se nos ocurrirá…

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