Cuando creímos conocernos - 14

By 14:50 ,



Al llegar a la puerta de acceso a la vivienda, les recibió una mujer que amablemente les pidió que la siguieran. Gérard les esperaba en lo que parecía su despacho. Sentado tras una mesa, rodeado de estanterías llenas de libros, les recibió con una amplia sonrisa.
—¡Anna! Oh, ¡Qué guapa y qué mayor estás! Me haces sentir terriblemente viejo—Le dijo al tiempo que le daba un abrazo. Anna devolvió el abrazo cohibida, para ella era un extraño—Seguro que no me recuerdas. Este apuesto caballero, ¿es tu marido?
—No, no, un amigo—Dijo ella mientras aparecía el rubor en sus mejillas.
—Sentaos por favor, ahora mismo le pido a Marie que nos traiga el desayuno. Por tu cara deduzco que no hablas francés—Le dijo a Marco en un perfecto castellano.
—No, disculpe.
—Nada que disculpar, desempolvaremos el español, os pido perdón por adelantado, lo tengo un poco oxidado. Anna, llegas con años de retraso. Has tardado mucho en buscar respuestas.
—Bueno, el miedo y el horror al recordar consiguieron adormecer la intriga de saber qué pasó. Después de la muerte de mi tía no me sentí con fuerzas de indagar, así que me he dedicado a huir y a enterrar el pasado—Contestó Anna con la mirada perdida.
—Vaya, lamento escuchar eso. Y lamento si habéis puesto muchas esperanzas en algo que pueda contaros, porque no tengo mucha información que daros.
Marie entró en ese momento en la sala y sirvió los cafés.
—¿No ha llamado mi esposa? —Le preguntó Gérard.
—No señor, no ha llamado nadie.
—Bien, gracias. Puede retirarse.

Marco contemplaba la escena, boquiabierto, su madre siempre había tenido ayuda en casa. Dos veces por semana iba una mujer a limpiar, planchar, etc. Pero él no lo consideraba servicio, y desde luego no se trataban con esa solemnidad digna de la nobleza. ¿Cómo era posible que un periodista hubiera amasado semejante riqueza? Gérard debió adivinar sus pensamientos porque le dijo:
—Verás Marco, la vivienda y todos los tesoros que conserva dentro, incluida la maravillosa mujer que acaba de abandonar la estancia, son propiedad de mi bendita esposa. Yo solo disfruto de ello como consorte. Aunque he de admitir que en lo profesional no me ha ido mal, conseguí levantar de la nada un periódico que actualmente sigue en el mercado y es de los más vendidos y visitados en internet. Aunque no he sido capaz de adaptarme del todo a las nuevas tecnologías.  Sigo disfrutando de la tinta en el papel, a veces me escapo y espío las rotativas. Pequeños placeres que debemos consentirnos.
Gérard seguía hablando sin parar con Marco y Anna empezaba a impacientarse. Necesitaba saber qué investigaban cuando su padre desapareció, por qué le dejó esa pequeña llave. Qué demonios abría y necesitaba saberlo ya. Los pensamientos se le acumulaban en la cabeza de manera atropellada y la rabia viajaba como un torrente por todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, como el agua que sale con fuerza al abrir una presa. Ellos continuaban charlando de forma amigable y ella no pudo controlarse.
—¡Basta! ¡Qué cojones abre esta llave! ¡Tanta charla, ni mierda! ¡Llevo años esperando una respuesta! —Dijo gritando.

Gérard y Marco se sobresaltaron y la observaron pasmados. Marco le hizo un gesto con las manos para que se relajara. “Anna” dijo en un susurro.

Anna rompió a llorar. El cansancio había podido con ella. No era cansancio físico, a pesar de llevar días corriendo. Era la extenuación máxima lo que se había apoderado de ella. El agotamiento de años de sufrimiento acumulado en su interior. Lejos de ofenderse Gérard se apiadó de ella y su desesperación. Se levantó y la abrazó. “Pobre niña” murmuró mientras la mecía. Marco apretaba las manos en la silla, había perdido la oportunidad de consolarla. “Viejo espabilao” pensaba.

Al cabo de unos minutos, la situación se normalizó y la tensión fue desapareciendo.
—Lo siento—Dijo ella.
—Discúlpame a mí, no he manejado la situación como es debido. Debí comprender la ansiedad que debes estar viviendo. Te contaré lo que sé, pero temo que no sea lo que esperas oír. Tu padre y yo, por aquella época no investigábamos un hecho en concreto. Europa era un hervidero de noticias, y el periódico nos mandaba de aquí para allá, no solo a nosotros, a todos los reporteros que había, para plasmar todos los hechos que se estaban produciendo. Pero no estuvimos en situaciones de especial peligro, o conflicto. Viajábamos con seguridad. Sí es cierto que encontramos testimonios incómodos o documentos peliagudos. En uno de los viajes, antes de que se produjera la caída del muro de Berlín y viajáramos allí, llevábamos un dosier con información del partido comunista soviético. Era documentación relacionada con las prácticas poco ortodoxas que realizaban con los presos políticos. Pero, créeme, nada fuera de lo común, si es que se puede definir así. Las mismas torturas que hemos conocido a lo largo de la historia en todas las guerras y conflictos, de un bando a otro, o de una ideología a otra. Barbarie al fin. Teníamos fotografías con las que no debíamos viajar y las depositamos en una caja de caudales de un banco en Viena. Nos dieron dos copias de la llave, yo guardé una. Después de lo de Berlín, me surgió la oportunidad de trabajar en Alemania y me quedé. Tu padre regresó y al poco recibí la trágica noticia. Me asusté, pensando que podían haber sido los rusos, durante un tiempo permanecí en la sombra. No regresé a Perpiñán. Años después cuando sentí que no era objeto de ninguna persecución, fui a Viena. Me dijeron en el banco que para abrir la caja debíamos ir ambos titulares, algo imposible. El cuerpo de tu padre no había aparecido, y debía pasar más tiempo para considerarlo oficialmente muerto. Entonces, con el certificado de defunción podría abrir la caja. Algo que hice. Encontré alguna foto decente, que ya salió publicada y ninguna historia que no se hubiera contado ya. Sinceramente, no creo que la muerte de tus padres tenga que ver con aquello.

Anna le miraba extrañada. Esperaba escuchar otra historia completamente diferente. Lo que acababa de contarle Gérard y nada, era lo mismo.
—¿Estás de broma? —dijo al fin.
—No bromearía jamás con la muerte de unos amigos.
—Entonces, me estás dando a entender que no había motivos para secuestrar a mi padre y ¿qué desapareció sin más?
—La versión oficial fue que tu padre perdió los nervios, mató a tu madre y huyó.
—Pero, yo fui testigo.
—Eras una niña. Tu mente pudo inventarse esa historia por el shock post traumático.
—Y, ¿mi tía?
—Un desgraciado accidente de tráfico.

Anna se quedó en silencio. Algo se le escapaba, Gérard la engañaba, pero por qué. Marco permanecía en silencio. Aquello había dado un giro inesperado y no sabía cómo reaccionar. Y si el periodista tenía razón y ella había vivido una mentira todo este tiempo.
—Y, ¿la gente que nos sigue?
—¿Qué gente os sigue? —preguntó Gérard visiblemente sorprendido.
—El hombre… el que mató a mi madre. Vino en el autobús conmigo—Anna empezaba a desesperarse.
—¿Le has vuelto a ver?
—No, pero…—Dejó de hablar. La cabeza le empezaba a doler, incapaz de pensar.
—De verdad que lo lamento. Ojalá tuviera una historia que justificará todo. De ser así, ¿por qué no fueron por mí y los míos? No destapamos ningún escándalo reseñable, si es que se puede decir así. No estábamos afiliados a ningún partido, no publicamos ningún artículo que justificara una venganza.
—¿Puedo ver tu llave?
—No la conservo, la devolví en el banco.
—Todavía tienes el certificado de defunción de mi padre.
—Sí.
—¿Serías tan amable de dármelo?
—Por supuesto, dame un segundo que lo busco.

Mientras Gérard buscaba el documento en una de las estanterías, Marco miraba a Anna con cara de interrogación. Ella le hacía el gesto de negación con la cabeza.
—Gérard, no puede ser. No puedes pretender que después de tantos años me vaya así. No me has contado nada—dijo ella.
—Llevo desde que me llamó mi madre pensando que no ibas a creerme. Te he preparado un dosier, están las copias de los documentos y las fotografías que saqué de Viena. Puedes comprobarlo. Podéis acercaros a la biblioteca, consultar la hemeroteca y los artículos que ambos escribimos. Cotejarlos con los de otros periodistas de la época de otros países, todos escribíamos lo mismo. De verdad, tienes que confiar en mí. No fuimos objeto de detención o tortura. Nuestro periódico era todo lo imparcial que se podía en aquella época.

Anna le observaba con detenimiento mientras hablaba, parecía sincero. Pero no podía creerle.
—¿Podrías anotar el nombre del banco en Viena?
—Claro que sí. Es el paso lógico. Ir y enseñar la llave allí. Yo tampoco me quedaría con mi versión si estuviera en tu lugar, eso no significa que te haya mentido. Puedes contactar conmigo siempre que quieras, estaré encantado de ayudarte.

Y dieron por terminada la reunión. Marco y Anna salieron a la calle. Ella sujetaba la carpeta contra el pecho.
—Dime que tú me crees. Por favor, necesito que tú me creas. No me inventé nada, sé lo que he visto. Tú viste el coche que nos perseguía en Barcelona.
—Claro que sí, no te preocupes—contestó Marco mientras le acariciaba la mejilla. Pero, no era cierto. La observaba con ternura y lástima, pensando que todo podía ser el invento de una mente enferma—Vamos al hotel, te preparo un baño, comemos algo y pensamos en todo esto.
—Quiero ir a Viena—Dijo ella convencida.
—Lo sé, pero no hablemos de ello ahora. Vamos a descansar, tantas emociones nos han agotado.

Anna le dio la razón y se fueron al hotel. Ninguno de los dos se había percatado de la mujer que paseaba a un pequeño perro, sacó el teléfono.:
—¿Era necesario lo del perrito? No pienso recoger su mierda.
—Qué elegancia, para eso hay unas bolsitas. Recoge los excrementos del puto perro que te pueden multar y no podemos exponernos. ¿Qué has podido escuchar?
—Él piensa que ella está loca y ella quiere ir a Viena.
—Perfecto. No podría haber ido mejor. Vuelve al hotel, necesitamos saber cuándo viajarán.
—No puedo ir con el perro.
—¡Joder! ¡Con el puto perro! Ahora te mando un coche, deja al perro con el conductor.
—Sí, señor.
—Infórmame en cuanto haya alguna novedad.  Y, ¡recoge la caquita! —El hombre colgó el teléfono mientras se reía y llamaba de nuevo para informar de los acontecimientos. Viena era un destino que no le disgustaba…

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3 comentarios

  1. ¡Basta! ¡Qué cojones abre esta llave! ¡Tanta charla, ni mierda! ¡Llevo años esperando una respuesta!

    Todos al suelo, coño ya!!! jajajaajjajajaajjajajaajjajajaajjajajaajjajajaajjajajaajjajajaaj

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    1. Jajajajaja El temperamento femenino es imprevisible. :)

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  2. Acabo de leer este capitulo y me atrapó.Que linda estilo de escritura, suelta, casi informal, como si estuviera hablando conmigo!

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