Cuando creímos conocernos - 13

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Anna despertó con el aroma del café recién hecho impregnado en la habitación. El sueño había sido tan reparador después del viaje que no se había percatado de la entrada del servicio de habitaciones. La dureza del colchón, la calidez de la almohada, el olor de las sábanas, podría acostumbrarse a esos lujos. Disfrutó un poco más de los placeres que le proporcionaba aquel paraíso convertido en perfección, llamado de forma mundana “lecho para dormir” y se levantó. Miró a su alrededor, Marco no estaba. Los músculos se le tensionaron. Comprobó que no estaba en el pequeño salón que daba paso a la habitación, ni en el baño. Volvió a ser la Anna de siempre, desconfiada y en alerta.

“¿Dónde estará? ¿Le habrá pasado algo?”  “Es que eres tonta, mira que confiar en alguien para hacer esto, después de tantos años” Pensaba mientras se vestía y guardaba las cosas en la maleta. A punto estaba de salir cuando se abrió la puerta de la habitación. Era Marco que entraba con actitud relajada y alegre. Llevaba en la mano un periódico, unas postales y una rosa.
—Hola cariño, te has despertado ya—dijo sonriendo.
Anna cogió uno de los cojines del sofá y se lo tiró con saña.
—¡Cariño! Pero, ¡Tú estás gilipollas!
Marco no se esperaba la reacción y el cojín le dio directamente en la cara.
—¡Serás bruta! Pero, ¿Qué te pasa? He ido a buscarte una flor después de una noche tan mágica. Hacer el amor contigo es lo mejor que me ha pasado en la vida.
—¡Vete a tomar por culo! ¡¿tú te crees que estamos de escapadita romántica?! ¡Nos persigue gente peligrosa!
—Ya no—Dijo él intentando mantener la calma.
—Que no los veas no significa que no estén. Creí que te había pasado algo, no puedes irte sin avisarme. Sea lo que sea que buscamos, les costó la vida a mis padres. Puede ser que para ti sea una aventurita de niño rico aburrido de tenerlo todo, pero para mí es algo que destrozó mi vida. Es algo que quiero zanjar de una vez por todas. ¿Lo entiendes? Prefiero seguir sola, te has convertido en una distracción y no puedo permitírmelas.

Marco se quedó plantado en la puerta, con la rosa en la mano sin saber que decir. Miraba a Anna cerrar la maleta con la poca ropa que llevaba él, fuera.
—Tienes razón, lo siento muchísimo. Me he venido arriba como suele decirse. París, la Torre Eiffel que se ve desde la ventana. El hotel, tu cuerpo, se me ha juntado todo y no he sabido manejar la situación. Por favor, no me dejes al margen de esto. No pienso regresar a casa sabiendo que estás en peligro. Te seguiré donde vayas.

Anna contempló a Marco, con la frente colorada por el golpe, la rosa en la mano y la forma en la que le brillaban los ojos, y se derritió por dentro. Era como si en su interior convivieran dos Annas; la mujer solitaria y dolida; y la mujer que empezaba a querer a otra persona. Se sentía una discapacitada emocional. ¿Cómo se suponía que tenía que comportarse? Había tenido experiencias sexuales, pero ¿cómo se comportaba alguien en pareja? ¿Qué era lo normal? Desconocía qué iba a encontrar, qué abría la llave, qué le iba a contar Gérard. Pero sí sabía algo con total seguridad, no quería seguir sin Marco. Quizá no podía, pero eso era algo que su yo interior jamás reconocería.

—Está bien—dijo finalmente—Vamos a desayunar y buscamos la dirección que nos dio la madre de Gérard. Tengo muchas preguntas que hacerle. Por favor, no vuelvas a irte sin avisarme.
Marco respiró aliviado y asintió. Desayunaron y pusieron rumbo a casa de Gérard. Al salir a la calle, encontraron en la puerta un taxi. Ninguno de los dos lo encontró sospechoso, era algo habitual en la puerta de ciertos hoteles. Montaron y le dieron la dirección al conductor. Éste marcó la dirección en el GPS y a su vez envió la ubicación, sin que ellos se percataran.

Anna viajaba tranquila en el asiento, contemplaba las calles de París, había estado anteriormente, pero no recordaba nada. Sus padres la llevaron siendo ella muy niña y no conservaba ningún recuerdo.


En ese mismo instante, pero en la recepción del hotel que acababan de dejar se producía la siguiente conversación:
—¿Esa es la dirección dónde van?
—Sí, señor—Contestó la elegante mujer.
—Vaya, sí que ha prosperado el amigo Gérard. Buen barrio sin duda. Me encantaría saber que va a contarles.
—Podemos intentar poner un dispositivo con un falso comercial.
—Por algo eres mi mejor agente, pero no. Es demasiado arriesgado. Sé más o menos cual es la versión que va a contarles. Recuerda que nosotros sabemos qué abre la llave, pero no podemos abrirlo sin ella.
—Sí, señor. ¿Por qué ha esperado tanto?
—Esa pregunta es personal y no le interesa la respuesta. Limítese a seguir las ordenes, no haga que me arrepienta del título que acabo de otorgarle.
—Disculpe señor—Contestó la mujer avergonzada. Pero la llamada ya se había cortado. Se levantó, se ajustó la falda y caminó lentamente hasta la puerta.

En la puerta del hotel la esperaba el hombre del maletín en un coche. Montó y el vehículo arrancó hacía la casa de Gérard. Las ordenes eran precisas: seguimiento, pero no actuación.
—¿Por qué nos tomamos tantas molestias? ¿Por qué no secuestrarla directamente y qué nos abra la caja de depósito? —Preguntó la mujer con voz cansada.
—Haces demasiadas preguntas y eso en esta profesión es peligroso. Todos conocemos ese vicio tuyo por la tortura y la sangre, en esta ocasión no nos es necesario. Sólo necesitamos que pases desapercibida, como una turista más.
—De acuerdo.

El taxi paró en un edificio de viviendas en la Isla de San Luis, a la orilla del Sena.  Para acceder a la vivienda, había que entrar por el paso de carruajes, imposible no viajar al París del siglo XVII.
—Vaya choza, ¿No? —Preguntó Marco sorprendido—Vives en un sitio así y ¿dejas a tu madre en una casucha en Perpiñán?
—No juzguemos sin saber. Vamos, el portero dice que nos está esperando. Estoy impaciente por saber qué tiene que contarnos.
—Pues viendo donde vive, ¡Yo también!

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