Cuando creímos conocernos - 12

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Anna contemplaba de nuevo la fachada de la estación de tren de Perpiñán, le resultaba imposible no sentir nostalgia y cierta incredulidad. Después de tantos años sin ir, volvía a marcharse. Los restos de su madre permanecían en el cementerio de Roses, un pequeño pueblo costero de la provincia de Gerona, es por eso que no sentía la necesidad de ir a despedirse de ella a un emplazamiento en concreto, pero su recuerdo estaba allí. En cada rincón, recordaba las veces que iban a la estación para esperar a algún familiar que venía de tierras catalanas. La seguridad que suponía ir de su mano sin preocuparse de nada más. Perpiñán y sus calles le devolvían el aroma de la niñez, la sonrisa de su madre, los juegos y las bromas de su padre. Era cierto que nunca había confiado en la suerte, pero en el fondo pensaba que en aquel viaje la estaba disfrutando, aunque fuera en pequeñas dosis. Agradeció qué al llegar a la ventanilla, el vendedor de pasajes le dijera que en apenas veinte minutos llegaba el tren que viajaba con destino a París. Compró dos billetes sin consultar con Marco. Se sentía abrumada con su generosidad, no estaba acostumbrada al altruismo ajeno, se había asegurado de que los pagos en el viaje fueran lo más justos posibles. Aun así, había gestos que Marco tenía con ella que no podía controlar. Está vez se adelantó y compró los billetes.
—¡Ya los tengo! —Dijo con tono triunfal—Veinte minutos y nos vamos. El oxígeno que respiro en esta ciudad me quema el alma.
—No puedo hacerme a la idea de lo mucho que debes haber sufrido—Dijo Marco al tiempo que intentaba abrazarla.

Ella agradeció el abrazo y se dejó caer en sus brazos. Era reparador, en aquel momento, recibir algo de cariño. Mientras disfrutaba del contacto y la ternura de Marco, sintió que él a su vez disfrutaba de otro tipo de sensaciones. Se apartó de golpe.
—Pero, ¡tú estás fatal! ¿Es que vas a cargarte todos los momentos románticos?
—¡Joder! Lo intento, pero no puedo controlarlo, Anna. Es algo químico. No sé, tú olor, tu piel, tu pelo, tus tetas apretaditas contra mi pecho…
—¡Arghhhh! No puedo contigo, de verdad. Vamos al andén anda, que al final con la tontería perdemos el tren.

El obedeció sumiso. “Venga Marco, piensa en la abuela y el cocido que ponía los domingos en casa” se decía para sí mismo mientras seguía a Anna por la estación. De pronto sus ojos se posaron en la línea que bajaba por la espalda, en la perfecta redondez de su trasero, y en lo bien que le sentaban los vaqueros cortos que llevaba. “la abuela, la abuela, la abuela” “Vaya viajecito me espera”
El tren hizo su aparición justo cuando llegaban al andén. Tan sólo llevaban una pequeña maleta con lo esencial, subieron y fueron directamente a comer algo. Después de comer, localizaron los asientos e intentaron descansar el resto del viaje.

—Tenemos que buscar alojamiento en París. Yo conozco un hostal que no es muy caro, céntrico y bastante decente—Dijo ella distraída, ojeando una revista.
—Hostal barato y céntrico en París, suena a cucarachas aseguradas. Decentes, pero rondando a tu alrededor.
Ella sonrió—No estamos de vacaciones, y tengo que controlar los gastos.
—Déjame hacer una llamada, ahora vuelvo—. Marco salió del vagón y Anna se puso tensa. No terminaba de confiar en él, ni en nadie.
Al cabo de un rato, Marco entró de nuevo en el vagón sonriendo, desprendiendo un halo de satisfacción.
—Arreglado el asunto del alojamiento—Dijo mientras le guiñaba un ojo.
—¿A sí?
—Sí. Mi padre nos va a reservar una habitación en el hotel donde se aloja en Paris cuando tiene que ir por negocios. Me mandará un mensaje cuando esté todo listo.
—Tiene que ser increíble.
—¿El qué? —preguntó él contrariado.
—Descolgar el teléfono y que al otro lado haya una persona dispuesta a ayudarte. Voy al servicio ahora vuelvo.

Anna se levantó y Marco se quedó reflexionando. Sí, sí lo era. Era increíble contar con alguien como su padre. También con el amor incondicional de su madre. Se sintió terriblemente egoísta, viajaba con una persona huérfana. La cual, acababa de visitar la vivienda donde había vivido el horror más inhumano. Y él no dejaba de mostrar lo afortunado que era por tener la familia que tenía. Anna regresó y le sonrió cansada.
—Lo siento, Anna, yo no pretendía…—Ella lo interrumpió—Tranquilo, no debes sentirte mal. Estoy muy agradecida por todo lo que estás haciendo. No me debes ninguna explicación.
El resto del viaje permanecieron en silencio. Por el camino Marco recibió el mensaje de su padre, confirmándole que todo estaba organizado. El megáfono anunció la llegada del tren a la estación Gare de Lyon, por fin habían llegado a París.
—Es tarde para presentarnos en casa de este señor. Quizá deberíamos llamarle desde el hotel y concertar una cita para mañana—Dijo Marco, visiblemente cansado.
—Me parece buen plan—Contestó ella a su vez, agradecida de poner fin a un silencio incómodo y demasiado largo.
—Busquemos un taxi.

Ellos no lo sabían, pero una mujer grababa con una cámara oculta en un maletín todos sus movimientos.
—¿Has podido averiguar dónde van a alojarse? —Preguntó el hombre al otro lado del teléfono.
—No, pero tengo un coche esperando cerca de la parada de taxi—Contestó la mujer sin perderlos de vista.
—Consigue el nombre del hotel y el número de la habitación. No te demores en darme los datos, los están esperando.
—Sí, señor.

El taxi paró y Anna observó la entrada del hotel sobrecogida.
—No vas a creerme, pero me siento fatal, ¿prefieres que le diga al taxista que nos lleve al hostal que decías?
—¡Já!, ¿Te crees que soy idiota? No tengo tanto orgullo como para cambiar esto por una habitación compartida con seres marrones y asquerosos.
—Uf, menos mal. ¡Entremos entonces! París es una de mis ciudades favoritas de Europa, mañana después de la cita intentaremos disfrutar un poco de su encanto.
—Genial, esta noche te haré disfrutar un poco del mío—Dijo Anna.

Marco puso los ojos en blanco, cogió la maleta y entró corriendo al hotel. Anna se reía en la puerta, sin reparar en la mujer que acababa de entrar detrás de él, con un maletín en la mano…

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