Cuando creímos conocernos - 11

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—¿Han estado allí?
—Sí, señor. Pero, no han entrado.
—¿Cómo? Y, ¿entonces? ¿Para qué han ido?
—Lo ignoro, señor. Tengo a dos personas controlando el lugar y siguiéndoles sin levantar sospechas.
—Empiezo a arrepentirme de confiarle la búsqueda a ella. Por favor, llámame en cuanto sepas su próximo destino.
—Por supuesto, señor.

Anna se detuvo delante de una de las casas de su antiguo barrio. Los más afortunados habían conseguido remodelar las viejas casonas de entonces. No era el caso de Gérard, el amigo de su padre. La vivienda estaba en mejores condiciones que la suya, pero se notaba que la inversión había sido la justa y necesaria para conservarla en un estado habitable. Llamó al timbre, nerviosa, no sabía exactamente qué se iba a encontrar tras la puerta. Conservaba el vago recuerdo de un hombre joven que siempre tenía una sonrisa. Nada más. ¿Qué podía recordar una niña con nueve años?
Esperaron unos segundos y por fin, se abrió la puerta. Una anciana los miraba con suspicacia.
—Buenos días, estamos buscando a Gérard. No recuerdo el apellido—Le preguntó Anna, con el tono de voz más amable que le salió.
—¿Gérard? No conozco a ningún Gérard—Dijo la señora mientras hacía el amago de cerrar la puerta.
—Por favor, no cierre. Vivía aquí a principios de los años noventa.
—Perdonen, pero no tengo tiempo. Hagan el favor de marcharse. Está usted confundida, aquí no ha vivido nunca ningún Gérard—Dijo la señora, visiblemente molesta al tiempo que cerraba la puerta.
—¡No! ¡No cierre! ¡Por favor! —Gritaba Anna mientras golpeaba la puerta.

Marco decidió que era el momento de intervenir. Cogió a Anna del brazo y las arrastró a la acera de enfrente.
—Es evidente que sabe algo. ¡Volvamos!
—Sí, es evidente. Como también es evidente que no tiene por qué contárnoslo—Dijo Marco pensativo.
—Y, ¿qué hacemos? —preguntó Anna ansiosa.
—Esperar. Es lo único que podemos hacer. Necesitamos saber si vive sola, o hay alguien más en esa casa a quien podamos consultar—concluyó Marco mientras se sentaba en el suelo.
—¿Aquí? —Dijo ella extrañada.
—¿Ves algún otro lugar? Aquí solo hay casas. La acera está limpia, da la sombra. A mí me parece un lugar perfecto.
Ella le miró, sentado en el suelo, tranquilo y se puso tensa.
—Tú sabes algo qué no me cuentas.
Él se rio y le dijo:
—Venga, Anna, déjate de intrigas y misterios. No sé nada, pero tengo una corazonada. Siéntate.
—¿Qué corazonada?
—Nos observan desde la ventana. No logro ver si es la señora u otra persona. Si ven que nos vamos a quedar aquí es posible que consigamos algo. Así que siéntate y esperemos.
Ella se sentó admitiendo para sí que tenía su lógica. Estuvieron veinte minutos sentados, esperando hasta que la puerta se abrió y la señora salió al umbral. Con la mano en los ojos tapando el sol, les hizo una señal para que se acercaran.
—Chico listo—murmuró Anna. —Sólo a veces—murmuró él.

La señora les hizo pasar por un estrecho y lúgubre pasillo hasta una habitación. A pesar de estar en verano, la oscuridad de la casa mantenía el ambiente fresco. Les mostró una mesa para sentarse y les sirvió una bebida en dos vasos de hielo.
—¡Limonada! ¡Me encanta la limonada! —exclamó Marco.
—Me alegro—Contestó la señora en castellano.
—¿Habla español?
—Viví en Barcelona muchos años—Contestó mientras se sentaba con ellos—Eres Anna, ¿Verdad? —Le preguntó mirándola fijamente. Anna se sobresaltó al escuchar la pregunta. Asintió con la emoción latiendo en su garganta. No esperaba que la señora la reconociera—Han pasado tantos años, pero sigues teniendo ese brillo en los ojos, ¿no te acuerdas de mí? —Anna negó con la cabeza. —Soy Agnès, la madre de Gérard. En aquellos años, vivía en Barcelona, aunque la mayor parte de mi familia vivía aquí. Mi marido era catalán. Veníamos en verano, navidad a pasar las vacaciones, cuidar de los nietos.
Anna trataba de recordar, pero los recuerdos se mezclaban en su cabeza junto con el horror. Se disculpó con la señora, pero no era capaz de recordar nada antes del fatídico día.
—Pobre niña. No te disculpes. Después de aquello, Gérard se mudó y la casa ha estado vacía durante años. Tenía miedo de que vinieran por él. Nosotros sabíamos que la versión oficial no era real. Intentó hablar con la policía, pero no nos hicieron caso. O eso me contó.
—¿Dónde podríamos encontrarle? Me gustaría hacerle unas preguntas—Dijo Anna.
—Ahora vive en París. Tiene un periódico de esos por internet. No entiendo mucho. Le he llamado y me ha dicho que te dé su dirección. Tenéis que ir allí, hace años que no pisa esta ciudad.
—Y, ¿usted vive aquí sola? —preguntó Marco.
Agnès le miró sorprendida, como si hubiera olvidado que estaba allí. —Me quedé viuda, y nada me retenía en España. Mi hijo me pidió que no volviera a esta casa, pero jamás ha venido nadie buscándole, hasta hoy. La única hermana que me queda vive dos calles más abajo. Dicen que, en el final de nuestra vida, uno vuelve al lugar donde empezó todo. A las raíces… ¡Qué sé yo! Tomad la dirección. El calor me agota y no tengo mucho más que contaros. Tened buen viaje—Dijo al tiempo que se levantaba.

Una vez en la calle, Anna guardó el papel que le había dado Agnès.
—¡Vaya manera de echarnos! —Dijo Marco.
—Bueno, al menos tenemos un lugar donde ir. Creo que con la edad la paciencia va desapareciendo.
—Puede ser. ¡Oh lá lá! ¡Nos vamos a la ciudad del amor!
—Shhhh. Publícalo en Facebook, es lo que te falta—Dijo ella susurrando.
—Uy, es verdad, que estamos en misión secreta.
—Que tonto eres.
—Sí, pero te gusto.
—Porque debo ser tonta también.
—Bueno, pues somos dos tontos que se gustan y se van a París—Dijo Marco mostrando una amplia sonrisa. Ella sonrió a su vez.
—Vamos a la estación, a ver a qué hora sale el próximo tren—Anna miró a su alrededor desconcertada—Qué raro que ya no nos sigan. No entiendo nada.
—Mejor, disfrútalo. Es una suerte.
—Yo no creo en la suerte…

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