Cuando creímos conocernos - 10

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—Es cierto eso que dicen: con el estómago lleno, todo parece mejor—Confesó Anna después de comer.
—Mira, yo sé que no es el momento, y que voy a correr el riesgo de parecerte un auténtico cretino, pero cada vez que te veo hablar en francés se me baja toda la sangre a la zona del bajo vientre y pierdo toda la concentración.
Anna se quedó mirando a Marco con la boca abierta y se puso a reír. No esperaba ese tipo de confesión en aquel momento.
—¡Anda ya! —Dijo al fin.
—Ríete, ríete, cuando me dé un colapso o una lipotimia dejarás de reírte. Bueno, cuéntame: ¿A quién buscamos?
—A un amigo y compañero de trabajo de mi padre. Una persona de su confianza. Estoy segura de que tiene información que puede ayudarnos a encontrar lo que sea que abra la llave.
—¿Vive aquí? —Preguntó Marco, tratando de mantener la compostura, mientras la mirada cobraba vida propia, bajaba despacio desde el lóbulo izquierdo de la oreja de Anna, por el cuello, despacio, memorizando cada centímetro de piel. Cada lunar era estudiado como si sus ojos fueran un escáner. Continuó bajando lentamente, saltando hasta el hombro descubierto, para terminar, escabulléndose a través del canal que separaban sus dos hermosos senos. Marco sintió que el sudor le resbalaba por la sien. Anna captó la tensión.
—¡Marco! ¡Esto es muy serio!
—Esto también—Dijo mirándose la entrepierna—No puedo ni moverme.
—Hasta que no liberes esa tensión, ¿no vas a poder concentrarte?
—Me temo que no—Confesó Marco fingiendo pesar.
—Está bien, el bar está vacío y los baños limpios. Voy a la barra a pagar, ve al baño de señoras y enciérrate en uno de ellos. Ahora voy.
—¿Aquí? ¿Ahora? —Preguntó nervioso.
—¿Tienes un plan mejor? Mientras buscamos hotel, nos registramos, subimos a la habitación, descargas tensiones y nos vamos, hemos perdido la mañana entera.

Marco asintió nervioso y se levantó tratando de ocultar lo evidente, y más, después de la conversación que acababan de tener. Los servicios se encontraban al final de un largo pasillo. Se aseguró de que nadie le viera y entró en el baño de señoras. Le temblaban las manos como si estuviera a punto de cometer un delito. El baño tenía cuatro puertas de madera maciza que cerraban completamente los habitáculos. Se sintió aliviado. A pesar de la excitación, no podía obviar su talante precavido. Abrió las tres puertas en orden, y se metió en la última. Volvió a respirar al comprobar que el servicio estaba impoluto, y era bastante amplio. Se sentó en la taza del inodoro y al segundo se levantó. Volvió a sentarse y trató de poner una expresión sensual, pero estaba completamente desubicado. Aun así, mantenía la erección intacta. Comprobó que está era aún más intensa, si eso era posible, cada vez que escuchaba un ruido cerca, aquello crecía un poco más, al imaginar a Anna entrando al baño.

Escuchó la puerta y el pulso se le aceleró. Supo que era Anna porque arrastraba la maleta y una de las ruedas chirriaba levemente. Abrió la puerta y entró. Colocó la pequeña maleta en un lateral y se puso el dedo en los labios indicándole a Marco que debía estar en silencio. Aquel simple gesto hizo que Marco enloqueciera. Anna se quitó la camiseta y se desabrochó el sujetador. Dejó la ropa con cuidado en la percha. En un movimiento rápido, se deshizo de los pantalones y la ropa interior. Completamente desnuda, ante la mirada atónita de Marcó, le empujó la espalda hacia atrás y se sentó encima.

Trataron de ser silenciosos y rápidos, pero no consiguieron ninguna de ambas cosas. Anna despertaba en Marco sensaciones que jamás había experimentado. Cuando por fin terminaron, él extasiado sujetaba su espalda, incapaz de soltarla. Anna tenía la piel llena de gotas de sudor salado y él no era capaz de dejar de besar cada centímetro que tenía a su alcance.
—Tenemos que irnos—Dijo ella cuando recuperó el aliento.

Se vistieron, comprobaron que no había nadie en la parte de los lavabos. Ambos se refrescaron y decidieron salir juntos, intentando hacerlo con toda la premura que pudieron. Al salir, Marco miró de reojo al camarero que le miraba a su vez con absoluta admiración.

Una vez en la calle, Anna volvió a adoptar la pose de seguridad y rudeza que había perdido por las circunstancias y le dijo:
—¿Podemos centrarnos en aquello que nos ha traído hasta aquí?
—Eres maravillosa.
—¡Marco! ¡Concéntrate!
—Sí, sí, sí, ¡tienes razón! ¡Vamos a buscar al tío ese! —Y echó a andar con determinación.
—¡¿Marco?! Pero, ¡¿Dónde vas?!
—¡Mira, yo que sé! ¡Me has dejado sin fuerzas! Y sin la capacidad de resolución de acertijos…
—Madre mía, anda vamos a buscar un taxi—Dijo Anna con una mezcla de desesperación y ternura.
Anna contemplaba las calles de su ciudad natal sintiéndose una extraña. La ciudad había crecido considerablemente, eso unido a los años que había tratado de olvidarla, le costaba reconocer las calles. El taxista empezó a cansarse de dar vueltas, sin tener un destino claro.
—¿Qué es lo que busca, señorita?
Anna comprendió que no tenía más remedio que ir a la casa de su infancia, y desde allí podría ubicarse para encontrar la casa del amigo de su padre. Había intentado evitar ir allí, pero cuantas más vueltas daban dentro del coche, más perdida se sentía. Al final se resignó y le dio la dirección al taxista, que se mostró visiblemente aliviado.

Cuando el taxi paró delante de la que había sido su casa. La casa donde sus padres habían tratado de criarla con amor y hasta aquel fatídico día lo habían conseguido. La única época de su pasado que se recordaba feliz. Sintió una rabia interior que hizo que se enfureciera. El desahogo en la estación había conseguido vaciar la tristeza de su alma, al menos en ese día. Y el desahogo del bar le había otorgado fuerzas para enfrentar demonios del pasado. El estado de la casa era lamentable. La puerta envejecida con los años, y la falta de cuidados estaba llena de malas hierbas. El balcón del piso de arriba ofrecía el mismo aspecto. Anna apretaba los labios, incapaz de decir nada. Marco sostenía la maleta hasta que dijo, al ver que Anna no se movía.

—¿Vamos a entrar? —Preguntó preocupado por el estado de las paredes.
—No, no hace falta. Dentro no hay nada que quiera coger o revivir.
—Entonces, ¿Qué hacemos aquí?
—Necesitaba un punto de referencia. Ahora sé dónde tenemos que dirigirnos.
—Pues, vámonos ya. No te hagas más daño.
Anna miró a Marco, y agradeció tener su apoyo.
—Está bien, continuemos con esta locura.

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