Cuando creímos conocernos - 5

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Una de las conclusiones que sacó Marco después de la cena, es que Anna era una persona muy reservada. Lo único que había podido averiguar era que su madre emigró a Francia muy joven para trabajar y que en Perpiñán había conocido a su padre del que se enamoró perdidamente. Del padre no le había contado nada, por la cara que había puesto entendió que era un tema a evitar. No tenía hermanos, y poco más. No había insistido, no quería incomodarla.
Por su parte, Anna estaba satisfecha, había sido capaz de evitar todas las preguntas de Marco preguntando a su vez. No quería ser borde, ni mucho menos, pero no le gustaba recordar una vida de la que había tenido que huir.
—Ha sido una cena agradable, me ha gustado mucho conocerte pero debo irme. Mañana no trabajo pero tengo que organizar muchas cosas—dijo ella mientras recogía el improvisado picnic.
—¿Ya te vas a deshacer de mí?
—No me deshago de ti, pero no tengo más tiempo. Lo lamento.
Marco sacó el móvil.
—Dame tu número de teléfono y dime cómo te agrego en las redes sociales. ¿Por qué nombre te busco?

Anna se quedó callada durante unos segundos, al fin dijo:
—No tengo perfil en ninguna red social y prefiero no dar mi número de teléfono. Dame el tuyo y prometo llamarte cuando vaya por Madrid.
Marco la observó como si estuviera viendo un extraterrestre.
—¿Qué no tienes Facebook?
—Todavía quedamos personas que no lo tienen.
—Pero, ¿por qué no?
—Eso no es asunto tuyo—Dijo ella tajante.
Anna se puso tensa y Marco no dijo nada más al respecto.
—Apunta mi número—Anna sacó su móvil. Era un modelo muy antiguo, sin conexión a internet—¿No tienes un smartphone?
—Me están empezando a hartar tus preguntas. No, no tengo. No me hace ninguna falta. Me das tu número o no—contestó Anna visiblemente molesta. Marco se sintió mal, se disculpó y le dio el número.
—Pero, no tengo forma de localizarte.
—Esa es la idea—dijo ella en un murmullo, pensando que él no la escucharía—¿Dónde te alojas?—Preguntó.
Marco le dijo el nombre del hostal y ella sonrió—Para ser un hombre sin límite de presupuesto has escogido un hostal muy barato.
—Era el único con habitaciones libres, al verlo entendí por qué. No tenía pensado venir, fue una decisión de última hora. Aun así te aseguro que esa habitación es un palacio comparado con la tienda de campaña.
—Visto así, sí. Vamos te acompaño, me pilla de camino a casa.
—No prefieres que te acompañe yo primero, ¿cómo un caballero?
—Tengo poco de princesa, nada de caballeros.
—Tenía que intentarlo—Anna encogió los hombros, y caminó por la arena.

Llegaron a la puerta del hostal, por el camino ambos habían permanecido en silencio. Ella pensando su nuevo destino, él por su parte comprendiendo que Anna se escondía de algo o alguien. Sin presencia en Internet, con un teléfono difícil de rastrear, siempre tan evasiva en las respuestas. Pero, ¿de qué huiría? ¿Un acosador? Deseaba saberlo, deseaba protegerla. Aunque sabía que Anna no era del tipo de mujeres que piden ayuda. La frustración se iba apoderando de él. Taciturno y cabizbajo había llegado hasta la puerta con un leve dolor en el pecho. No quería despedirse, intuía que sería la última vez que la vería y era algo que le hacía sumirse en una desesperación profunda.
—Ha sido un placer conocerte.
—Para mí también—dijo él intentando parecer distante. Ella se acercó para darle dos besos y él la abrazo en un acto reflejo. El olor de su pelo le hizo estremecerse. Anna se sorprendió por el abrazo pero se entregó a él, llevaba tanto tiempo sin tener contacto físico con nadie que no recordaba lo reconfortante que era.
—Acompáñame, por favor—ella le miró con desconfianza—No, no es lo que piensas, ven.
Entraron en el hostal y Marco le pidió al recepcionista la llave de su habitación, papel y un bolígrafo. Escribió algo en el papel y se lo dio a Anna.
—Estos son mis datos, mi dirección en Madrid. La dirección de una casa familiar que tenemos en Gijón y la dirección de unos apartamentos que alquilamos por temporadas en un pueblo de Cantabria. Si alguna vez necesitas algo, por favor ponte en contacto conmigo. Lo que haga falta, Anna.

Ella leyó el papel y le miró desconcertada. No estaba acostumbrada a que le ofrecieran ayuda sin esperar nada a cambio. Siguió mirándole unos segundos y se fue a paso ligero. Consiguió girar en la siguiente calle sin darse la vuelta. Tenía la respiración agitada y sintió ganas de llorar, aunque se contuvo. No podía abandonarse a las emociones. Regresó a casa y agradeció que su compañera de piso no estuviera. Los muebles eran del propietario de la vivienda. Tenía la ropa justa para preparar la maleta y salir corriendo. Había cogido todo el dinero de la caja en concepto de finiquito y dejado a la dueña del café una nota explicando el por qué de su inminente partida. Urgencia familiar, siempre funcionaba. Le explicaba también que había cogido el dinero y poco más. No podía obviar que en el pasado había tenido que delinquir pero en estos casos no lo consideraba robar. Ellos se ahorraban los papeles de contratar a alguien de manera legal y ella se cobraba el salario que le correspondía y que la mayoría de empresarios no le pagaban. También le dejó una nota a su compañera de piso con su parte del alquiler del mes siguiente y salió a la calle. Se había demorado más de lo que imaginaba y se vio en la calle de madrugada. Hacerlo por la mañana le hubiera supuesto explicaciones en persona y no estaba por la labor.

Puso rumbo a la estación cuando la imagen de Marco se coló en sus pensamientos. El abrazo había conseguido desequilibrarla, romper alguno de los muros construidos con tanto esmero. Sentir la piel de otro tan cerca, su aliento. No podía dejar de pensar en ello. En los últimos años nadie había llegado tan lejos, salvo los clientes de los bares dónde había trabajado, con los que mantenía conversaciones insulsas y sin contenido, nadie se había acercado tanto. Ni siquiera las compañeras de piso. Caminaba mientras pensaba hasta que se dio cuenta que estaba delante del hostal donde se alojaba Marco. Miró la puerta un instante valorando lo positivo y lo negativo de la situación. Pensó un rato más con la maleta en la mano y como si de un dibujo animado saliera, una bombilla imaginaria se le encendió en la cabeza, como si hubiera tenido una revelación mística, y entonces supo perfectamente qué debía hacer.

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2 comentarios

  1. Con permiso de la autora, me dirijo al protagonista…
    Marquito, ya te midieron… Por tus ropas, gustos, hospedaje y celular, sabe cuánto efectivo manejas. Por tus direcciones sabe que tienes una familia unida (hijito de papá) también sabe que estás enamorado de ella y por tanto, eres presa fácil (te pusiste en bandeja titán). La buena noticia para ti, es que al parecer, tú también le gustas (dije gustas, no que te ama). La cuestión es… ¿Qué tanto quiere abandonar la vida agitada que lleva? Si acaso sus delitos menores, son parte de su personalidad, de su necesidad, de su frustración o es consecuencia de su ambiente y finalmente su forma de vida.
    Quizás se enamore de ti y tu presencia se vuelve ese punto de ruptura que necesita para llevar una vida más tranquila. Quizás solo te usará para escapar del momento. Quizás cuando tú conozcas su vida, te dejará de gustar (porque solo conoces su “pinta” no su persona). Quizás ella te verá como una posibilidad de salir de sus problemas económicos. Quizás tu familia si detecte ese perfil sombrío de Anna y tengas que elegir… Hay muchas rutas que puede tomar este relato y que la autora (con mucha pericia) ha colocado. Ya veremos qué pasa más adelante (y eso depende no de Anna, ni de Marco, sino de Martina y su pluma mágica).

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    1. Ahh, no puedo comentar nada del argumento, Jajajaja. O puedo revelar intenciones... Gracias por estar ahí al pie del cañón. Un besazo!

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