Cuando creímos conocernos - 4

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Marco sentía como si hubiera regresado a la adolescencia, cuando las hormonas revolotean y los nervios nos impiden actuar con tino. Intentaba comportarse con naturalidad, pero a su vez intentaba medir cada gesto, tratando de no espantar a Anna. Su halo de misterio, su inmensa belleza, el saber con total seguridad que era mucha mujer para él, le tenía poseído por la congoja. Solo contaba con una noche. Una noche para dejar en ella una huella imborrable. Un milagro. No podía explicarlo de manera racional, pero quería compartir con ella cada minuto que restaba de su existencia. Eran pensamientos imposibles de confesar, sobre todo a sus amigos que conocían su alergia al compromiso y su falta de lealtad femenina. Había intentado no dejar por el camino corazones rotos, pero había sido imposible. La mayoría en algún momento querían dar un paso que él no estaba preparado para dar, era entonces cuando aparecían los reproches y las falsas deudas. “Con lo que he hecho por ti”, y un largo etcétera. Así que, en cierta manera había renunciado a la relación de pareja convencional y suplía esa carencia afectiva con otros placeres. A sus treinta años vivía como uno de veinte y hasta aquel momento no parecía que su estilo de vida fuera a cambiar. Económicamente autosuficiente, gracias al fulgurante negocio de su padre, en el cual participaba activamente. Sin grandes problemas alrededor, vivía como quería, hasta el preciso instante que Anna apareció frente a sus ojos y todo dejó de tener sentido.

Sentado con ella en la barra del café, la observaba incapaz de retirar la mirada de su piel, de sus labios, de su hipnótica sonrisa. Ella por su parte se comportaba como si no notara nada. Si se hubiera tratado de una partida de póker, ella estaría haciendo gala de la archiconocida “poker face”, imposible adivinar sus cartas, imposible acertar si era una mano cargada de buenas cartas, un farol enorme, o simple desidia en el juego, y eso le tenía completamente perturbado. Era un muro infranqueable que tenía que atravesar como fuera.

—Bueno y, ¿dónde me vas a llevar a cenar? —Preguntó ella.
—Sinceramente, llevo un rato pensándolo y no acertaría tus gustos. Ya que este es tu pueblo, podrías hacerme el favor de elegir tú el sitio.
—Bueno, me parece bien. Agradezco infinitamente tu búsqueda fructífera de mis llaves, así que te echaré un cable.
—Genial.
—¿Presupuesto?
—¿Cómo? —Preguntó él incrédulo.
—A ver, no te conozco, si tengo que juzgar por tu apariencia observo que vas bien vestido, ahora. Hace unas horas venías de un festival adolescente cubierto de barro.
—Adolescente no. Festival juvenil.
—Bueno, lo que sea. Así que por tu indumentaria no puedo adivinar si me puedes invitar a un restaurante con Estrella Michelín o a un restaurante de comida rápida. No quiero elegir un sitio fuera de tu alcance o un sitio demasiado cutre y hacerte sentir incomodo en ambos casos.
Marco se quedó completamente absorto con la argumentación de Anna.
—¿Siempre eres tan sincera?
—No siempre, pero intento ser práctica.
—Ya veo. Bien—dijo Marco cavilando su respuesta— sin límite de presupuesto, pero sin ganas de etiqueta, así que descarta las Estrellas Michelín. No tengo ganas de protocolos excesivos— concluyó al fin.
—Respuesta perfecta. Punto para ti.
Una ráfaga de orgullo invadió a Marco que no pudo reprimir una mueca de satisfacción. Anna cerró el bar y caminaron por el paseo marítimo. El sol descendía y el mar estaba en calma. La imagen parecía sacada de la típica postal de tienda de recuerdos. Marco sonreía levemente intentando parecer tranquilo, pero lejos de conseguirlo la sonrisa que mostraba era espantosa. Tanto que Anna le cogió del brazo para que se detuviera y le dijo muy seria:
—Oye, te pido por favor que dejes de poner esa cara de panoli que me da la risa. Relájate o no voy a poder tomarte en serio. Y de verdad me apetece que pasemos un rato juntos. Deja a un lado la conquista.

Anna siguió caminando, Marco fue a decir algo, pero las palabras no salieron de su boca, así que se resignó y apretó el paso para volver a caminar a la altura de Anna. No tuvo más remedio que seguir su consejo. Anna le miraba de reojo intentando adivinar sus pensamientos, realmente esperaba que su consejo surtiera efecto, pues verle con pose de galán conquistador le resultaba desquiciante, pero algo tenía ese chico que la inquietaba y sentía la necesidad de averiguar que era.
Llegaron al final del paseo marítimo y Marco esperó prudente a que Anna guiara sus pasos. Ella le miró con picardía y finalmente le dijo:
—Dame veinte euros y espérame aquí.
—¿Cómo?
—Tendrás que confiar, lo peor que podría pasarte es que perdieras veinte euros—contestó ella con sorna.
—Te equivocas, eso no sería lo peor—Dijo Marco al tiempo que sacaba su cartera.

Anna cogió el billete y desapareció por una de las calles de daban al paseo. Marco se quedó perplejo esperando. ¿Dónde habría ido? Se la imaginaba cogiendo un taxi, o peor, buscando un camello. A los veinte minutos Anna volvió con una bolsa de un supermercado y lo que parecía un pañuelo o una toalla, no alcanzaba a verlo.
—Vamos, sígueme—le ordenó.
Él obedeció sin comprender todavía que estaba pasando.
—¿No vamos a ir a un restaurante?

Anna caminó por la blanca arena de la playa sin contestar hasta que llegó a la orilla. Se descalzó y continuó caminando hasta el final de la playa. Colocó la toalla en el suelo. A pesar de que el cielo se estaba oscureciendo, la zona estaba iluminada por un imponente faro que lucía en lo alto de un peñón cerca de la playa. La luna poco a poco ocupaba su privilegiado lugar y unas tímidas estrellas empezaban a hacer su aparición.
—¿Conoces algún restaurante más bonito que este? —Preguntó ella mirando desafiante.
Marco contempló la escena y sintió una punzada, no sabía si en el corazón o en el estómago, pero había sido tan fuerte que le provocó un escalofrío.
—No—Se limitó a decir, incapaz de añadir nada más.
—Cenemos entonces y conozcámonos un poco. ¿Te parece bien?

Marco asintió entendiendo que por fin sabía lo que era estar enamorado.

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4 comentarios

  1. Hola Maria, soy Maria (te seguia cuando escribiste Martina y su caja de zapatos, que por cierto vas a sacar libro?), me encanta esta nueva historia

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    1. Hola María! Bienvenida de nuevo. Todavía no tengo noticias que daros sobre la historia de Martina. Sigo enviándola a las editoriales, pero tardan meses en contestar y no todas contestan, así que mientras Martina conquista algún corazón voy a volcar mis esfuerzos con esta nueva historia. Gracias por volver!

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  2. A Marco se le nota muy seguro de lo que quiere con Anna, pero muy inseguro del cómo lograrlo, o incluso del cómo proceder. Esto demuestra, que ser un experto en amoríos, no es lo mismo que ser un experto en el amor, porque los primeros solo coleccionan aventuras, mientras que los segundos escriben historias que marcan sus vidas por siempre.
    Marco, es un nene de pañales comparado con Anna (el viento del amor lo hace volar como un barrilete, pero es ella la que lleva el pabilo en sus manos).

    Dale Martina... que la cosa se va poniendo cada vez mejor

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