Cuando creímos conocernos - 3

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Anna terminaba de recoger el bar mientras tarareaba distraída. Los mismos clientes de siempre, el evento en el pueblo no había provocado una avalancha de gente en el local. Llegaba la hora del cierre y pensaba cuál sería su próximo destino. Tenía una visita pendiente a su pueblo natal, pero no veía el momento. Esos demonios por ahora quería conservarlos en el baúl donde se encontraban. Sin permiso se coló en su mente la imagen del tipo desaliñado y lleno de barro. Algo en él se había alojado en sus pensamientos sin que pudiera controlarlo. Pero, ¿qué? No había sido especialmente ingenioso, ni era excesivamente guapo. Cuanto más lo pensaba, menos lo entendía. Si algo le molestaba profundamente era tener un pensamiento en forma de bucle ocupando su mente. Por lo general intentaba ser pragmática y no dar demasiadas vueltas a las cosas. Era evidente que su mente le enviaba señales, pero no sabía de qué. La única manera de solucionar el runrún era volver a verle. Pero, ¿cómo?, no se habían intercambiado los números de teléfono y no podía ir a buscarle al festival, sería como buscar una aguja en un pajar. De repente se dio cuenta que tenía la solución perfecta a su embrollo mental. Era imposible localizarle y volver a verle, solo tenía un nombre y poco más. Fin del pensamiento.

Por su lado Marco no era capaz de concentrarse en lo que hacía, ni disfrutar de la música, ni de la compañía, nada. Los colegas se reían de él. “Estás empanao tío”, era la frase recurrente que utilizaban para atormentarle. Estaba harto de los empujones, los borrachos y el barrizal. Se despidió y se marchó al hotel. Había viajado en el coche con uno de ellos, pero no se preocupó, ya encontraría la forma de volver a casa. Una vez duchado y sin restos de barro por ningún sitio, decidió ir a buscar a Anna. No había preparado ningún emotivo discurso, esperaba poder hablar con ella e invitarla a cenar, sin más. Por lo poco que había observado intuía que Anna no era de lindas peroratas.

Llegó a la puerta del café y sintió una decepción profunda. Tan solo eran las nueve y estaba cerrado. ¿Quién cerraba un bar a esa hora? ¿Quién cerraba un bar en un paseo marítimo lleno de turistas a esa hora? Se puso a maldecir sin darse cuenta que lo estaba haciendo en alto.
—¡Ya te vale! ¡Joder! Podía haber venido antes. Podía haberme quedado hasta que hubiera aceptado una cita. ¡Ahora no volveré a verla! ¡Me cago en mi sombra!

—Que fino—Escuchó decir a alguien justo detrás de él—Pobre tu sombra, no creo que se merezca tal honor.
Se dio la vuelta y vio a Anna, mirándole con sorna. Se sintió avergonzado y emocionado.
—¿Qué hace el bar cerrado tan temprano?
—¿Estás seguro que esa es la pregunta que quieres hacerme? —contestó ella.
—Me intriga, la verdad. Estamos en España, aquí los bares no cierran tan pronto.
—La dueña no es española y esto es un café, no un bar. No servimos cenas.
—Y, ¿Por qué has vuelto?
—¡Já! Mira que eres cotilla. ¿No?
—Quiero saber si ha sido el destino quien ha vuelto a unirnos—Contestó él.
Ella le miró esperando algún gesto que indicara que lo que acababa de decir era broma. Gesto que no encontró.
—Más bien ha sido mi despiste. He perdido las llaves de casa y vengo a comprobar si las he dejado dentro.
—¡Ah! El destino me echa un cable, pues. ¿Puedo acompañarte mientras las buscas? —suplicó Marco, poniendo cara de persona inofensiva. Ella sonrió, vaciló unos segundos y finalmente contestó: —¿Por qué no? —pensando en quitarse el runrún que no había podido acallar.

Mientras ella abría el cierre del local, él se limpiaba disimuladamente el sudor de las manos. No dejaba de mirarla. Su forma de moverse, con seguridad y aplomo, pero con una sutil elegancia que le tenían hipnotizado. Era como si danzara en vez de caminar.
—¿Podrías cerrar la boca mientras te quedas embobado? —Espetó ella mientras se movía por el bar buscando las llaves.
—¡Qué borde! Esas cosas se piensan, pero no se dicen. Perdona, no pretendía incomodarte. Es que no puedo evitarlo.
—Perdóname tú, me aburren mucho los protocolos sociales. Lo que se supone que debes o no decir. Siento si te he parecido engreída o cortante, pero es que me estás poniendo nerviosa y no puedo encontrar nada si cada vez que te miro de reojo parece que te has quedado lelo.
—Ósea que me miras de reojo, ¿eh? —Contestó él sonriendo.
Ella le observó, sentado en la barra, con el semblante burlón, intentando averiguar si le gustaba o le ponía de los nervios.  Pero desechó el pensamiento, era demasiado pronto. Además, el hecho de no encontrar las llaves empezaba a inquietarla. Si no estaban detrás de la barra, ni en la pequeña cocina, ni en el cuartucho que hacía de almacén significaba que las había perdido. Suponía pedirle a su compañera de piso un favor para hacer una copia. Pero sobre todo suponía perder una llave importante y sin repuesto. Una llave que no se atrevía a dejar en casa y que siempre llevaba consigo. Recordó el sobre y la carta que acompañaban la llave. Recordó a la persona que se las dio con la condición de que nunca las perdería. Con la promesa de volver para recuperarlas. La angustia se apoderó de ella.

—¿Son estas?
Se dio la vuelta y contempló a Marco con el llavero en la mano. Se había olvidado de su presencia mientras su mente viajaba por rincones de un pasado que intentaba olvidar.
—¿Dónde estaban? —Preguntó ella presa de la emoción.
—Pues te vas a reír, pero estaban en la máquina de tabaco. Ahora dirás que no es cosa del destino. Así que como veo que te has puesto contenta, como prueba de tu profundo agradecimiento estás obligada a cenar conmigo. Sigas o no los protocolos sociales, me lo debes.
Ella sonrió aliviada, pensó que era por tener de nuevo las llaves, pero se dio cuenta que la compañía de Marco la reconfortaba, al menos en ese momento de apertura de la caja de Pandora que había vivido. Le miró y finalmente dijo:
—Estaré encantada de pagar esa deuda.

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2 comentarios

  1. Ella (Anna), me parece que tiene la calma de quien lleva en el alma un saldo por reacomodar y espera el momento oportuno para hacerlo. Mientras él (Marco), es un muchacho buena onda, pero a la vez es un "despistado" con poco tacto, pero con una suerte cinco estrellas.

    Vamos Martina, siga,siga… no pare…siga, siga.

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