Cuando creímos conocernos - 2

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                                                                                            Pixbay
         
Anna llevaba desvelada desde las cinco de la mañana, algo habitual las últimas semanas. Ella sabía que cuando el insomnio visitaba su cama era hora de partir. En esta ocasión había sido de las estancias más largas en los últimos años. Aquel pueblo costero, tranquilo y monótono había conseguido calmar su ansiedad. Pero la rutina le producía una pequeña dermatitis detrás de la rodilla derecha. Era el momento. Escuchó gritos en la habitación de al lado:
— ¡No! ¡Estoy harta de ti y tus excusas de mierda! ¡Esta vez quiero que te vayas!

Las palabras sonaban nítidas como si estuviera en la habitación con ellos. Ya conocía lo que sucedería a continuación, él se la camelaría, ella perdonaría una vez más y seguirían hasta la siguiente. No eran amigas, eran compañeras de piso, hacía mucho tiempo que Anna había dejado de cultivar amistades. Su compañera de piso trabajaba en un restaurante, intentaba ser cocinera. El ingrato de su novio se aprovechaba de la habitación gratis que ella le ofrecía y en cuanto podía retozaba con cualquier turista que estuviera disponible. Anna se alegró de no depender de nadie, se vistió y salió sin hacer ruido a la calle. Tenía turno doble en el café y le esperaba una larga jornada de trabajo. Se celebraba en el pueblo uno de los festivales de música más conocidos del país y la dueña del café le pidió que abriera antes para ofrecer desayunos. Anna intuía que los asiduos a ese tipo de eventos no suelen salir del recinto para desayunar en el pueblo, aun así, acató las ordenes sin protestar. La vida le había enseñado que era mejor oír y callar.

Llevaba casi dos horas en el café, distraída limpiaba la máquina de café, cuando escuchó a sus espaldas: —¿Perdona tenéis tabaco?
Al darse la vuelta sus ojos se encontraron con los de un joven que la miraba embobado. Lleno de barro y de aspecto desaliñado la observaba intensamente. Anna se sintió incomoda y le indicó donde estaba la máquina de tabaco. Él no hizo ni un amago de moverse, seguía mirándola, como si la estudiara por completo. Como quien contempla por primera vez La Piedad de Miguel Ángel. “Será raro el tío este” Pensó y le señaló de nuevo la máquina con mala cara. Intentó seguir con las tareas de la barra, pero no dejaba de sentir las miradas furtivas de aquel chico. Empezó a preocuparse. “Ya me ha tenido que tocar el rarito” Cogió el móvil mientras le veía salir, cabizbajo y avergonzado. En ese momento la desconfianza se convirtió en ternura por unos instantes. Con el pelo revuelto, sucio de arena y barro, ruborizado, caminando rápido hasta la puerta le pareció adorable. Salió por la puerta y Anna se dio cuenta que se había dejado el paquete de tabaco en la máquina. Lo cogió y salió a la calle a su encuentro.

—¡Tú!, ¡el que va lleno de barro! —Gritó mientras él paró en seco, se giró y dijo—¿Sí?
— ¡Te has dejado el tabaco! —Volvió a gritar ella.
Él se acercó, tímidamente extendió la mano para coger el paquete de tabaco. La mano temblaba ligeramente. Ella entornó los ojos y le observó unos segundos.
—¿Cómo te llamas?
—Marco.
—No deberías fumar Marco. Mata—Dijo mientras le daba el tabaco.
—No fumo, es para mis amigos—“Y este es el ejemplo de respuesta absurda” pensó él.
—Qué majo—Contestó Anna con sarcasmo—Encantada, pero tengo que volver.
—Y tú. ¿Cómo te llamas?

Anna ya se había dado la vuelta camino del café. Se giró y contestó en un susurro: Anna. Marco no sabía si había sido la forma de recalcar la doble ene, o la mirada mientras decía su nombre o el movimiento de caderas mientas caminaba, pero sintió una flojera repentina.
Allí de pie, dudaba: ¿Qué hago? ¿Qué hago? Estoy seguro de que ella ya piensa que soy un imbécil. ¿Qué tengo que perder?

Decidido entró de nuevo al café. Se sentó en la barra y dijo:
—Mira, no he desayunado y esto es un bar, así que quiero desayunar—“¡Te estás luciendo! Caerá rendida a tus pies” Se burló de sí mismo mientras ella sonreía.
—¡Ah! Muy bien. Y, ¿qué te apetece?
—Un café con una tostada y tu número de teléfono.
— ¡Vaya! Directo al grano sin cortejo previo. Como quién apuesta todas sus fichas en la ruleta a la desesperada, esperando un golpe de suerte en el último momento. Y, ¿si cuela? —espetó ella mientras se alejaba a preparar el desayuno.
Le sirvió el café y la tostada y se fue a colocar los servilleteros en las mesas, ignorando por completo a Marco. Él confundido no sabía qué hacer. Terminó el desayuno y se despidió de ella.

—Ha sido un placer conocerte bella Anna. Espero que volvamos a vernos.
—¿Conocerme? No me conozco ni yo. Disfruta del festival y de la vida Marco. Hasta siempre.

Salió aturdido a la calle y volvió al recinto del festival para reencontrarse con sus amigos. No podía dejar de pensar en ella. Esa noche era la última que estarían allí. No podía darse por vencido. Ella valía una última apuesta…

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2 comentarios

  1. Anna se nota con mayor madurez, con “más cancha, con más calle” (así dirían en mi tierra). Marco es más “inocentón”, con menos recorrido. Se le nota la inseguridad del novato, o lo que es peor, la ansiedad del desesperado. Ya veremos que viene más adelante para ambos. Por lo pronto, Marco se da ánimos a sí mismo para volver a intentar….

    A ver Martina, sorpréndeme con otro capítulo, que ya encendiste mi curiosidad.

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    1. A ver, a ver por dónde va la cosa... Me alegro que te intrigue. Un abrazo!

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